27 de abril de 2013

Carta al aire

Sé que no te gusta. Quizás porque te sientes observada, o porque turba la paz que todos necesitamos de vez en cuando, pero no puedo evitar seguir haciéndolo. Tal y como lo hacía antes de conocerte. Tal y como lo estoy haciendo ahora. No puedo evitar observarte, ahí sentada, enmarcada en la tenue luz vespertina de cualquier atardecer primaveral. Sentir que tu vida sigue, ahí, siendo el privilegiado espectador de esa sinfonía de sentidos que conjugan el embargo que te produce la abstracción de la novela que tanto te gusta y el suave olor de tu pelo recién lavado sobre el cabecero del sillón. Apenas puedo contener ese impulso que siempre me lleva a encarcelar tras la oreja ese rizo que siempre queda libre cuando inclinas la cabeza, pero sería desvirtuar la escena. Cualquier acción por mi parte no serían más que infantiles trazos en una obra maestra viva; con sus inmejorables defectos, con sus expresivas virtudes, con sus retales de realidad sumergidos en la naturalidad de poder verte así, sin más injerencia que la del tenue sonido acompasado del hojeo de cada página de la espesa novela de turno que, tarde tras tarde, amabas devorar desde que me alcanzan los recuerdos hasta que el sueño te acababa venciendo allí, en aquella mezcla sugerente de realidad provocadora, aprisionando el labio inferior y dejándolo resbalar suavemente al tiempo que el placer de la lectura se sumía al cansancio de una vista que se anteponía a la salud leyendo por encima de unas cada vez más necesarias gafas.
 
Pero no me mires amor, por favor. Sigue ahí, ensimismada en tu tarea. Sigue ahí porque no hay maravilla más grande que pueda disfrutar en el mundo que la de saber que tú sigues ahí, día tras día, como cada tarde, pudiendo sentir que el tiempo sigue pasando. Porque cada momento que tú pasas ahí me hace sentir vivo. Puedo aún notar cierta tristeza en tu rostro, pero no quiero que me digas nada. No rompas este momento como antaño hacías lanzando preguntas al aire, porque sabes de sobra que estoy aquí. Que aunque mi sillón esté vacío sigo sentado en él, y que a pesar de lo que tú puedas creer, jamás rompí mi promesa de estar juntos siempre. Porque sigo aquí y aquí seguiré. Al menos mientras sigas recordándome día tras día, algún que otro minuto, o simplemente antes de dormir.
 
Te quiero.

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