28 de julio de 2012

Ave Fénix

Cierro los ojos. Concibo una idea. Sí, tan fácil como eso. Aún sigo teniendo la misma imaginación que hacía tomar vida a mis soldados de plastilina y que los llevaba a través de interminables campañas que siempre acababan victoriosas en el más épico de los escenarios. Esa idea deambula por los tortuosos caminos de todas las cisuras más profundas de mi cabeza, ensuciándose a la par que resbala por entre las podridas entrañas que posee todo aquel que, como yo, esconde mucho más de lo que deja ver. La idea ya es más grande que yo. La idea ya es una historia. Una historia que nunca, por muy tardío que sea su alumbramiento, nunca es feliz. Porque siento que no sé dominar ideas positivas, pero sí moldear las negativas. Porque me gusta provocar algo, y la vida me enseñó que provocar dolor es más barato y sencillo. Porque si lees mi idea, y te produce tristeza, contribuyes a una falsa ilusión de soberbia que levanta apenas un par de milímetros la comisura izquierda de mis labios.

Pero llega la hora de trasladarla a vosotros, y mis dedos se vuelven etéreos. Intento pulsar con fuerza todas y cada una de las teclas y no lo consigo. La idea ruge por salir al exterior, transformando mi pueril método tipográfico de seis dedos a pulsaciones que línea tras línea acaban siendo devoradas por el cursor. Un bucle infinito de ensayo y error. Y así, noche tras noche, me regocijo en el fracaso de mi yo escritor, la supremacía de mi ello imaginario y el dolor sin causa de un desvencijado superyo.

Y ahí, en mitad de esa lucha desigual, es donde entráis vosotros. Sí. Vosotros. Los que leeis esto, y los que no. Los culpables de mi sequía literaria. Porque si disfrazáis vuestro miedo y tristeza con una máscara de indolencia, ¿ para qué voy a intentar revertir vuestro estado?. Os habéis conformado con un halo de esperanza mientras intentáis ignorar la cada vez mayor certeza de un pasado mañana donde no tengáis más recuerdos que aquéllos que quepan en un carrito de supermercado. Os ilusionáis con revolucionar un mundo que os viene grande, cebados con una esperanza de cambio social convergente hacia una supuesta democracia real que nunca llegará, porque como todo rebaño de ignorancia siempre necesita una cabeza visible que pueda rodar. Porque cuando va todo bien todos queremos tajada, y cuando va todo mal queremos responsables. Vosotros habéis hecho que mueran las ideas, transformándolas en una dicotomía que por su peso nunca acabará equilibrando una balanza que necesita a todos los remeros trabajando en una dirección. Se os llena la boca con deseos de una violencia pasada inaplicable a un tiempo presente, demostrando que tenemos memoria, que tenemos historia, pero que, fíjate que casualidad, es selectiva.

Vosotros habéis hecho morir a las ideas, porque las habéis asociado a personas. Y las ideas deben ser eternas, incorruptibles, inalienables. A prueba de toda herrumbre, de todo desgaste que el tiempo, el ser humano y su propio germen pueda ocasionarle. Es por eso por lo que las personas mueren, y las ideas; por desgracia, se corrompen escondidas bajo el enjironado manto de una oligarquía política pasada, presente y futura.

Por eso os pido a vosotros ayuda. Os pido que no os engañéis. Frotad vuestros ojos a ver si así esa maraña de felicidad autoimpuesta os deja ver la realidad. Una realidad que va más allá de que haya salida o no. Una realidad que se plantea si queremos que la haya. Una realidad que devora al que menos tiene, y engorda al que más. Una realidad que nos importa poco mientras la pelota ruede, mientras esté ahí impresa en rotativas, mientras no nos toque. Y es que este escritor fracasado no puede competir con vosotros, los que vivís ahí, los que con vuestra realidad superáis el peor de mis pensamientos.

Siempre recordaré cierta frase de una ex. No puedes salvar el mundo tú solo. Tenía razón. Hoy día incluso diría que tampoco quiero hacerlo. Quizás si dejamos que esto muera, de las cenizas podamos recuperar todo lo bueno. Aunque eso implique, por etimología, la autólisis del ser humano.

11 de julio de 2012

Un baño relajante

El armonioso repiqueteo del agua al estrellarse contra el metal del sanitario producía una acompasada reverberación entre la oquedad de encastre de la bañera y el frío metal de la misma, semejante al constante discurrir del agua por aquellas fuentes japonesas que tanto llegaban a llamarle la atención. El calor del líquido elemento saliente, reflejado en la constante profusión de vapor que había conquistado casi la totalidad del volumen de la estancia, se había convertido en el único velo que cortejaba su desnudo cuerpo de apenas dieciocho otoños; el cual era reflejado en una lacónica silueta de curvas definidas en la sinuosidad: caderas acompasadas en la alineación aún virgen de ensanchamiento perinatal; sexo guarnecido por simétrica musculatura pélvica lisa, sin átomo de grasa que pudiera desviar gota de agua desde su ombligo al encuentro de mil pasiones aún debatiéndose entre el instinto y la madurez necesaria para gobernarlo; que se ponía de manifiesto en la erección de sus turgentes pechos, de areolas pequeñas y oscuras, como las motas de una joven mariposa. Sin embargo, todo ese paraíso apenas explorado, se veía ensombrecido por un rostro mustio; tejido por pecas esparcidas al azar y el semblante de la espera interminable.

Bajo sus pies quedaron las imperceptibles braguitas infantiles y un albornoz rosado, formando un pequeño círculo testigo de su posición inicial. Alzó una de sus piernas y con movimiento solemne introdujo su cuerpo en la bañera. Conforme su volumen iba acaparando el espacio, la cálida sensación del agua invadía su cuerpo. Su mente se abría cada vez más, con la intención de imbuir aquella sensación sobre todo pensamiento. Sólo la diferencia térmica percibida al apoyar el cuello sobre el borde del frío metal la distrajo de su cometido. Lo suficiente para recordar por qué estaba allí, y por qué no estaba con él. En su cabeza rondaban los seis interminables meses en los que descubrió la amistad bajo sus confidencias, el amor al coger su mano por primera vez, y el deseo al sentir sus labios percutir la cartografía de su cuello. Y no había forma de eliminar aquellas tres sentencias, que se repetían como la canción del grupo de moda, entre anuncios publicitarios de amigas confidentes que te dan todo su apoyo, frases de madres del tipo "es el primero de muchos" y una falsa sensación de normalidad egoísta de aquel que no quiere entender que aunque su mundo seguía dando vueltas, el suyo se había parado el día que una red social había hecho oficial que su historia de amor había pasado, precisamente, a la historia.

Las lágrimas, que tanto trabajo le habían costado retener durante toda la tarde, ahora tenían permiso para recorrer su rostro. Porque era consciente que la vida sin él no tenía sentido. Porque era consciente del error que había cometido. Sus sollozos eran cada vez más evidentes y fuertes. La ansiedad había comenzado a dominar su cuerpo. Se reincorporó, y tapándose la cara con ambas manos rompió a llorar. El dolor del agua; aderezada con sales de baño como mortaja, sazonaba sus cortes verticales en ambas muñecas. A la margarita se le acabaron las hojas dictaminando que su vida era más importante, cuando había obrado de manera contraria. Intentó por todos los medios levantarse de la bañera. Quería gritar. Quería pedir ayuda. Quería morir de verguenza por haber segado de dos cuchilladas el mayor regalo que su madre le había dado. Quería volver a levantarse mañana y saludarle al Sol, a la vida, a todas esas pequeñas cosas que tanta gente le había dicho en esos días y que ahora, con aquella inestabilidad física cada vez más acuciante que sentía, podía ver con nitidez. Quería seguir aprendiendo cosas, seguir descubriendo el camino de lo prohibido, seguir disfrutando el miedo de masturbarse con la puerta entreabierta, seguir guardando y escupiendo confidencias según su interés y seguir sin preocuparse de los veinte, treinta y cuarenta años que aún veía tan lejanos, y que se perdían en aquella marejada espumosa que tornaba ya de color vinotinto. Intentó apoyar las manos para salir de allí, sin poder conseguirlo. Algún tendon seccionado se lo impedía. Tampoco tenía las fuerzas suficientes para gritar, ahogándose en aquella espiral de ansiedad y flaqueza que la estaba devorando, por su culpa.

Lo último que pudo oir fueron unos golpes retumbando en su cabeza y una luz cegadora aparecer por la puerta que había acerrojado. No podía saber en aquel momento si salió o la sacaron. Si moría o volvía a nacer. Por ello, decidió por utilizar el último resquicio de fuerzas que le quedaban en cerrar los ojos. Quizás así cogiera fuerzas, para volver a abrirlos.