3 de marzo de 2012

Síndrome de Estocolmo

La herrumbre acumulada en el grueso pestillo del habitaculo saltó por los aires de un solo movimiento. Mientras una de sus rodillas aguantaba la vertical, propinó un golpe seco a la puerta ocasionando un estruendo sonoro, tétrico, rápido. La había despertado. Las ondas sonoras liberaron al exterior el suave murmullo de sus gemidos, desacompasados bajo la estrecha partitura de la mordaza que inundaba su boca. Accionó el interruptor, encendiéndose la única bombilla de la habitación. Había conseguido recrearlo como tantas veces había soñado. La perfección del cuadrado hecha estancia, sin adornos, sin enyesado, sin alisado, sin retoques de albañilería que pudieran estropear la intimidad que necesitaba. Y en el centro de la habitación, bajo aquella bombilla pendiente del cobre, una silla, donde día tras día bajaba para apreciar a su musa. Su pelo rubio; oscurecido por la falta de luz solar, mostraba un alisado casi perfecto producto de los cepillados frecuentes que él mismo le hacía cada atardecer. Y el olor que desprendía el fajín morado que cubría sus ojos; lavado cada mañana, inundaba la estancia disimulando la humedad de la subterránea posición en la que se encontraba.Se acercó hacia ella, y con una de sus manos desprendió suavemente la gasa que cubría su boca. Percibió la sensación de alivio que había ocasionado en el milimétrico esbozo de alegría que dibujaron sus labios. Tiró suavemente del pico que asomaba por entre su dentadura, sacando la mordaza que había colocado en su interior. Le gustaba el tacto mojado de aquel trozo de paño embebido en su saliva. Su voz, áspera, intentaba evocar con susurros al silencio con el que convivía en aquel lugar:
-Hola... -musitó. No podía darle buenos días, ni tardes, ni noches, puesto que hacía bastante tiempo que perdió la noción del paso de los días. Su cautiverio había sido tanto espacial, como temporal, como sensorial. Siempre atrapada en un constante paréntesis de iguales olores, de idénticas sensaciones fijas y sombras constantes.
- Hola mi amor.- le contestó. En su voz podía notarse algo diferente. Era como el sonido de la tela al desgarrarse en tres palabras que parecían perderse bajo los últimos restos de la apurada bocanada de aire insuflada para arroparlas, hasta su desaparición bajo la falta de convicción física. Quizás hoy no le había ido bien en el trabajo, o habían llamado a la puerta más veces de lo que solían hacerlo; cosa que tan nervioso solía ponerle y ella notaba en el día a día de su captor. Tal vez habría visto algún coche de policía rondando la zona, o simplemente lo único que pasaba es que había llegado el momento que había deseado tanto de perder la cabeza; ahora que más a gusto se encontraba en aquel cautiverio. Pero no. Su corazón comenzó a agitarse de manera súbita. Podía oirle sollozar. Nunca había sentido que él se encontrara así. Algo había cambiado en él que inquietaba la perfecta monotonía bajo la que vivía entre aquellas paredes. Su captor había tomado una decisión sobre su situación. Lo sabía. Igual todo había terminado. Podía sentir cómo intentaba tragar su llanto ahogado, e imaginaba las lágrimas resbalando por su anónima cara hasta perderse entre los abismos de sus rasgadas facciones. Debía ser un hombre maduro, de gesto curtido, y mirada lánguida; o al menos así ella lo imaginó día tras día, mientras él le contaba su día a día en el trabajo, entre pasadas del cepillo a través de su melena. Así debía ser, a juzgar por sus manos fuertes, bien definidas, de huellas digitales profundas, marcadas, capaces de hollar sus mejillas cuando suavemente la tocaba al preguntarle cada noche si quería algo más antes de volver a amordazarla.
Pudo oír la silla retirarse lentamente, y tras un silencio eterno, aquel sonido; aunque nuevo para ella, produjo un terrible sobresalto. Aquella conjunción de chasquidos que provocaron el deslizamiento de la corredera sobre el armazón finalizaron con el seco golpe que alojaba el cartucho en la recámara, poniéndolo en disposición de ser desvirgado por la aguja percutora. Aquello no podía ser otra cosa que el final de su cautiverio tal y como ella lo había pensado tantas veces. No quería preguntarle por qué. Igual que nunca se había preguntado por qué nunca la había violado, ni maltratado, ni vejado. En aquel mundo dominaba él, su captor, y por tanto era él, y nadie más que él, libre designador de su destino. Su llanto era ya indomable, y un pequeño tintineo insinuaba que la supuesta arma temblaba entre sus manos. No podía contenerse. Mordía su labio inferior para amortiguar el dolor de la muerte. Apretaba las pestañas para duplicar la oscuridad que le ofrecía la venda y la gélida certeza de la muerte contrastaba con el calor provocado en su entrepierna por la incontinencia urinaria del miedo. Sabía que iba a morir.
Tras un corto silencio, el disparo siguió a un fuerte olor a pólvora que invadió el cubículo. No pudo evitar un grito y llevarse las manos a la cara. Rompió a llorar. Seguía viva. No tenía ataduras. No estaba atada. Aquello era imposible. Siempre lo estuvo. Retiró la venda y vio bajo sus pies un incipiente charco de sangre sobre el que yacía su captor. Cada vez respiraba más rápido. La ansiedad la había devorado. Un cadáver. Y una puerta abierta. Y nadie que impidiese su salida hacia un lugar que quizás ya ni la esperaba. La puerta volvió a cerrarse con la misma partitura con la que se abrió. Volvió el silencio. Y con él, un nuevo disparo.