12 de febrero de 2011

El último hombre


Desde el día que acabó por ponerse el Sol para no volver a salir, había dejado de marcar los días en la pared de su habitación. Aún podía aguantar la noción del tiempo por su reloj de pulsera para saber más o menos cuándo debía descansar, manteniendo con aquel pequeño engendro mecánico la cordura necesaria para sobrellevar los casi cinco años que llevaba solo en aquella habitación fortificada. Y la única explicación que le encontraba era la cobardía que saturaba hasta el último recoveco de su alma, la falta del coraje necesario para acabar con aquel sufrimiento; puesto que tenía a su mano todas las posibilidades para dejar de vivir, y nadie iba censurarle por ello. Cinco años desde aquel Viernes en que se levantó solo. Porque nadie más lo pudo hacer. Toda la humanidad, o al menos toda la que podía abarcar con los medios que disponía, había muerto. Su familia, su mujer, sus hijos, sus vecinos, el portero del inmueble, el panadero, la policía, los presentadores de las noticias, los controladores de la energía eléctrica, los operarios de carreteras,... Todos; sin excepción, no habían podido levantarse de la cama. Y aquellos a los que no les pilló durmiendo igual, a tenor de los vehículos accidentados por las carreteras, y por los meses que la televisión; mientras pudo mantenerse el sistema informático que abastecía la electricidad, estuvo enfocando a un cadaver que yacía sobre la mesa de los informativos. Había permanecido varios días en shock, intentando encontrarle un por qué a la situación. No al hecho de haber encontrado a la humanidad muerta, sino al por qué él tenía que seguir vivo. Y quizás aquella incógnita; la madre de todas ellas, era la excusa perfecta a la cobardía que le había llevado varias veces a intentar dar el paso y ahorcarse de la soga que había instalado en aquella habitación, sin llegar a culminar el acto. Quizás era el único hombre que quedaba sobre la Tierra. Porque no había epidemia alguna, puesto que era imposible tal celeridad en su resolución, además del hecho incontestable sobre la continuidad de su existencia y la transformación de la ciudad en un bosque poblado de animales silvestres a los que Dios había decidido perdonar. Era el único; un ciudadano de segunda aficionado a la caza y a la pesca, sin estudios universitarios y que gracias a su dominio de la cinegética llevaba día tras día, marca tras marca, sobreviviendo en un mundo que paradójicamente se había vuelto más seguro. Tan sólo debía preocuparse de los perros salvajes; aquéllos que se alimentaron con la carne de los cadáveres hoy convertidos en esqueléticas reminiscencias de los primeros días del caos, y de algún que otro animal celoso de su espacio territorial. No debía preocuparse de buscar un trabajo, pues no lo necesitaba. Tampoco debía preocuparse de repostar el vehículo, tenía cientos a su disposición que aún seguían funcionando y gasolineras cuyos depósitos aún rebosaban esperando su avidez de seguir recorriendo terreno. No había robos, facturas, discusiones, televisiones de plasma, ordenadores portátiles, políticos falsos, envidias, contaminación, guerras. Solo había silencio. El discreto balanceo de aquella soga de emergencia y el sonido más puro del entorno rural donde antaño la ciudad había erigido su dominio sobre la Diosa Gea.
Todas las noches, solía subir a la azotea del edificio para contemplar el atardecer. El Sol también había empezado a morir el mismo día que todo comenzó, apenas llegando una tenue luz de atardecer durante el día, y ofreciendo la más completa oscuridad cada vez con mayor antelación. Sin el reloj quizás no se habría dado cuenta jamás. La temperatura cada vez era más baja, y en el momento de mayor claridad podía ver como allende la urbe; en las montañas que la rodeaban, hacía cientos de marcas que la nieve cubría toda su orografía. Todas las noches recordaba aquello de la glaciación, del meteorito y de los dinosaurios. Quizás aquellos millones de euros invertidos en investigar nuestra raza no valieron para nada. Que el espacio no fue el culpable de una extinción. Que quizás a los dinosaurios les pasó lo que a nosotros pero, a qué científico creerían si dijera " Los dinosaurios se murieron porque sí, porque se tenían que morir ". Que afirmación tan simple. Y verídica. Muchos atardeceres se imaginaba recogiendo el Nobel de Ciencia solo, en un auditorio repleto de aire, por su contribución a la ciencia en la explicación de la aniquilación de la raza humana. " Nos hemos muerto porque sí "; concluiría en su discurso aplaudido a rabiar por el más inmenso de los vacíos. Porque sí. No porque se había desperdiciado toda una genética evolutiva en precisamente lo contrario, una involución de todos los valores éticos, económicos, sociales y morales. No porque el ser humano habría llegado a ser el más despreciable de todos los que poblaban la faz de la Tierra. No porque la ley impuesta obligaba a pisar al prójimo hasta oir crujir sus huesos, escondidos tras la cortina del consumismo, guiados por las anteojeras del camina o revienta. No. Todo el mundo había desaparecido porque sí, y él lo había descubierto.
Su última reflexión había hecho mella en aquel concepto del valor que poseía. Probablemente ahora estaba comprendiendo su castigo. El último ser humano, condenado a darse cuenta del motivo de la extinción de su raza. Hasta en su última expresión había negado la evidencia; había exonerado de toda culpa al ser humano de su propia destrucción. El hombre era un lobo para el hombre. Con paso firme y decidido abandonó la azotea de su apocalíptico palacio. Quizás aquella era la noche para decidirse y acabar; toda vez que un nuevo comienzo resultaba a todas luces imposible. O mejor aún. Innecesario.

7 de febrero de 2011

Error de puntuación


Pérfida condición del destino, la que nos trajo a este momento, en este lugar, en este punto; punto aparte de mis esperanzas. Punto y seguido de mi locura. Puntos suspensivos de tu sinceridad. Punto y final de lo nuestro.
Porque esta mañana no pude ver el Sol aparecer tras la montaña de tu espalda. No pude notar la espuma dorada de la cascada que forma tu pelo sobre la almohada. No pude perderme en el lago azul de tus ojos. No pude hacer más que añorar noches pasadas donde compuse notas de pasión irrefrenable sobre la guitarra de tu cuerpo, pensando en la ilusión de verte envejecer cabalgando sobre mi cuerpo; hacer de las noches días y de los días un eterno recuerdo enmarcado en los dos metros cuadrados de nuestro colchón.

Porque hoy nuestro cuarto no huele a dos, no oigo tu suspiro al abrazarte, no puedo fingir seguir dormido para ver cómo te arreglas y aún espero cinco minutos antes de entrar al baño por si aún sigues dentro. Porque para mí siempre es ayer, sin ti.

Y aún puedo verte, amor. En cada esquina de la habitación, en cada dobladillo del pantalón, en cada horrendo cuadro del pasillo, en cada espejo colocado en el salón producto de tu absurda vanidad existencial. Porque es a ti a quién sólo puedo ver. Porque siempre me cobijé a la sombra de tu exultante seguridad; la misma que consideró que era el juguete de tus fantasias sexuales más desgarradoras pero no el bastón con el que apoyarse el resto de una vida. Y por eso ahora me veo, con mi barba de siete días, con el suelo de mi cuarto haciendo de armario y el armario haciendo de trastero. Con mis defectos. Con mis consecuencias. Sin el yugo de tu dominancia. Sin el gancho de tus deseos. Sin la miel de tu sexo. Con las ganas de poder sentirte una vez más ardiendo sobre mi pelvis, pero con la desgracia de no haber comprendido que fui tu descanso de la rutina, tu tiempo muerto... Tu punto y coma.