27 de octubre de 2010

Y Dios estaba de vacaciones


Puso su mano en el pecho. Sólo podía sentir el plañidero sonido grave, de pálpito intenso, ralentizado, acompasado, de su corazón. Parecía por momentos pararse, para a continuación bombear con todas sus fuerzas otro soplo más de vida a su desgastado cuerpo. Y aquel renovado hálito de existencia, con forma globular; oxidada, fluía siguiendo su métrica hemodinámica hasta la última arteriola de su cuerpo desvencijado. El milagro de la vida, que se hacía patente en cada latido, en cada fotón captado de aquel dormitorio, había comenzado a sobrarle. Setenta y seis inviernos había contemplado hasta la fecha, sin haberse parado un sólo segundo a pensar que llegaría aquel día en el que sentado, sobre los pies de la cama, a los ojos de aquel espejo de pared, acabara por darse cuenta que no hay golpe más duro que el último; el que te acaba tumbando a la lona, el que te obliga a pedir desde el suelo que se inicie la cuenta y que, aún así, seas consciente de ella y no veas llegar el final. Por eso ahora entendía que todo lo que tuviera un principio conllevara un final; estudiado y comedido, sobre el que aceptamos y llenamos toda una vida de recuerdos empeñados en marcar esas hojas del libro que nunca podría volverse a abrir.


Perdió la cuenta de las horas que allí llevaba, desde que volvió del tanatorio, rezando a Dios para no sentir otro latido más; suplicar a la naturaleza que le permitiera dejar aquella habitación en la misma condición que su mujer la abandonó dos días atrás. Porque los insuficientes cincuenta años juntos habían convertido en excesivos sus setenta y seis vividos. Porque cada mañana volvería a oscurecer al no verla junto a él. Porque ahora, al apretar su mano, sólo sentiría el aire que aún su cuerpo seguía aspirando como buen mártir. Porque a partir de aquel momento, estaría solo.


Sin embargo, Dios estaba de vacaciones. Aún le condenó a seguir viviendo otro minuto más. Y ese minuto llevó a otro. Tiempo suficiente para gastar las últimas lágrimas que aún le quedaban. Se resignó, y apoyándose sobre las rodillas, logró erguirse. Volvió a mirarse al espejo. Seguía estando solo. Su consuelo que quizás, pero sólo quizás, su final también había comenzado.




11 de octubre de 2010

Porque acabamos dándonos cuenta

"Las cuatro y cincuentaséis por mi reloj... y aún no le habían dado un nobel a Dios. Tantos jodidos premios a los putos científicos, tantas menciones a putos parcheados de laboratorio sobre la creación que nadie podría imitar nunca, y absolutamente nadie, nadie, nadie, se había planteado darle un jodido premio al artífice de que yo pudiera respirar, de que mi jefe pudiera seguir jodiéndome la vida y que pudiera percibir hasta la última bocanada de este aire de mierda enrarecido, de habitación sucia, de sudor, de la miseria que va dejando tu puta sarta de mentiras. Porque las personas somos listas. Nos damos cuenta de las cosas. Pero joder, a ti eso te da igual tía, porque sólo piensas en follarte a todo al que se te cruza entre las tetas. Que sí joder, que me doy cuenta de todo, o acaso te crees que soy gilipollas cuando veo cómo apartas la mirada de los hombres cuando estás conmigo, cómo pones la mano para recibir la vuelta del panadero, cómo vas contoneando por la calle con la cabeza baja y el culo arriba... Pero, a ti no te importa que yo me de cuenta. A ti te importa una mierda la creación, te importa una mierda esperarme todas las noches dormida, te importa una mierda dejarme madrugadas enteras en el salón sólo porque vengo bebido para poder olvidar el día en el que decidí casarme contigo y toda la vida se me fue al carajo... ¡ Te importa una mierda todo; zorra!. Pero menos mal que Dios es justo. Me va a hacer olvidar esta noche. Me va a borrar de la memoria el polvo de esta madrugada y el registro de llamadas enviadas a tu compañero de trabajo de la mañana, para quedar con él y follártelo mientras yo colecciono hernias por tal de que puedas gastártelo en esos vestidos que te prohibo ponerte; porque así pareces más zorra de lo que eres. Pero joder, qué tienes que decirme,... ¿ no vas a decir nada, ni defenderte ?, ¿ no vas a llamar a la zorra de tu madre para que te refugie un mes ? , ¿ no vas a irte para volver cuando te des cuenta que no puedes vivir sin mí ?. Joder, ¡ que te muevas!. ¡ Di algo!, ¡ llórame al menos!, ¡ corre a esconderte como haces siempre!. ¡ Muévete!... Joder... Mierda... Nena, oye, nena, escucha, ¿ de donde cojones sale toda esta sangre?. Joder nena, despierta,... ay que no tienes pulso... ay que te he matado. Que sólo quería darle una lección y me la he cargado. Joder que me la he cargado. Joder qué hago. Qué mierda hago. El teléfono. Mierda, mierda, mierda, dónde está el puto teléfono... En el salón. Ahí está. Joder está manchado de sangre... ¡ Pero qué coño ha pasado aquí!. Tranquilo... Respira hondo... No puedo... Como coño voy a estar tranquilo si me he cargado a mi mujer. Jeje. Jeje. No. El puto teléfono tiene sangre por todos lados. No da linea. Cientodoce. Quiero decirlo; que he matado a mi mujer, vengan a por mí. Pero el teléfono no tiene linea. Qué coño pasa. Las cuatro y cincuentaséis... El reloj no se mueve. ¡ Pero qué mierda está pasando aquí!. Y la puerta de la calle no se puede abrir... Está atascada... ¡Pero qué está pasando aquí!... Dios ayúdame".


Al darse la vuelta, pudo observar el salón completamente revuelto. Todos los recuerdos de aquella casa yacían rotos por el suelo. Figuras, cristales, vajillas, fotos,... Observó dos siluetas marcadas con cinta de embalar en el suelo. Ambas a escasos metros una de otra. Una de ellas se encontraba manchada por un gran cerco rojo oscuro; espeso, alrededor de la cabeza. Ya no podía articular palabras. Tan solo sollozos. Se acercó a dicha silueta y, gimiendo como un niño pequeño, se acomodó en ella. Cabía perfectamente en ella. Junto a él, un marco roto; adornado de tinte macabro con salpicaduras de sangre, con la foto de su mujer y él a la salida de la Iglesia. Apartó la vista. Las lágrimas apenas le dejaban ver el techo, también ornamentado con proyecciones de sangre. No podía parar de llorar. Y de reir. Porque consideraba justo su castigo. Porque no podía dar marcha atrás. Porque Dios merecía ese puto Nobel. Porque las personas, tarde o temprano, acabamos dándonos cuenta de todo.



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