5 de agosto de 2010

Un minuto exacto

Una de las cosas que pueden aprenderse cuando no se ocupa el tiempo es que nunca transcurre de igual forma. Durante aquella hora había intentado concentrar su vista en el reloj del cuadro de instrumentos del vehículo, intentando sin exito contear los segundos que se sucedían entre minuto y minuto. Nunca eran iguales. Inicialmente intentó durante cinco interminables minutos contar de uno en uno, con un frustrante resultado. El error podía llegar a ser hasta de cuatro interminables segundos. Posteriormente, durante los diez siguientes intentó hacerlo de cien en cien, aprovechando la cadencia silábica para paliar el margen de error posible. Consiguió reducir dicho margen a dos. Suficiente podría ser - pensó. Y así pasaron los siguientes cuarenta minutos, contando segundos con el fin de afinar lo máximo posible la cadencia. Sobre la luna delantera del vehículo los elementos intentaban distraer su tarea. La fina lluvia que había amenazado todo el día con ensuciar las calles de la urbe tornó agresiva, distorsionando la visión del exterior. Por un momento dejó de contar. Volvió en sí. Apreció que llevaba rato apretando inconscientemente los dientes y entreabrió la boca. En segundos, un suspiro anegó el habitáculo. Entonces fue cuando lamentó su mala cabeza. Ahora no sólo tenía el handicap del tiempo. Además tendría a la lluvia como cruel enemiga y aliada. Tendría que luchar no sólo contra el inexorable devenir del Dios Cronos, sino también con la legión de paraguas que le esperarían fuera intentando frustrar su misión. Pasó sus manos por la cara. Barba de semanas, sin recortar. Su lengua podía sentir el sarro acumulado de días sin haberse cepillado los dientes. Su aliento rezumaba por entre sus dedos hasta llegar a su nariz. Casi podía notar físicamente las bacterias bien rollizas de putrefacción en aquella halitosis galopante; reptando por entre sus fosas nasales, infectando la pituitaria, anulando sus sentidos. En el espejo retrovisor interior podía ver sus ojos, consumidos por arterias henchidas de falta de descanso, al borde de la hemorragia petequial. Sin duda, llevaba el traje de piel de los grandes momentos. Cerró los ojos y, apretando las manos sobre el volante, dejó correr ese escalofrío que sólo podía sentirse en momentos como aquéllos. La chispa que avivaba los quince minutos de gloria a los que tenía derecho todo ser humano. Los quince minutos con sus novecientos segundos que estaba a punto de alcanzar.


Y cincuenta nueve minutos. A partir de ahí cuenta cero. Ciento uno. Ciento dos. Sus manos sufrían un ligero temblor. Nada podía fallar. Cinco segundos más en salir a la calle. Tres segundos para aclimatarse. Treinta segundos más que le separaban de la calle principal, consumidos exactamente con paso firme, sin detenerse, evitando el laberinto de paraguas que infectaban la ancha calle del vial. Cinco segundos para comprobar que estaba preparado. Diez segundos que tardó el director de la sucursal, como buen paciente obsesivo compulsivo, en abrir la puerta, mirar hacia ambos lados, y seguir su camino. Dos más para asegurarse que era él. Tres más para sacar el arma, montar la corredera y efectuar el disparo en la nuca. Imposible determinar el tiempo que tardó en caer al suelo, entre aquella turba despavorida al oir la detonación.


En ese momento, miró por primera vez su reloj de pulsera. Había transcurrido un minuto y tres segundos. Su rostro dibujó una macabra sonrisa. Era el amo del tiempo. Había conseguido dominarlo con maestría. Había decidido acabar con la vida de aquella persona en un minuto exacto, sin tener que esperarlo. Había dominado al tiempo invirtiendo otro tanto del mismo en una simple operación de observación y planificación. Aquel desalmado director de banco jamás podría imponer fechas límite de pagos y embargos, como había hecho con él. Un minuto y veintisiete segundos. Le sobraban aún tres. Uno para mirar al cielo conservando la sonrisa del triunfador, y dos para efectuar un nuevo disparo. Esta vez en su sien.


8 comentarios:

Tropiezos y trapecios dijo...

Me ha encantado el ritmo que le has dado al relato, contando los segundos desde el principio y manteniendo al lector en vilo preguntándose: "¿para qué?".

La respuesta llega justo al final, junto a un claro mensaje-moraleja. Incluso he sentido pena al saber que el próximo será él, porque llegas a empatizar con el personaje y te llega a caer bien...

Condenado por el sucio dinero y sus consecuencias. Todos somos almas marchitas por su culpa...

Un saludo.

Oski

Castigadora dijo...

Uff! Y luego la siniestra soy yo! Me pareció todo muy bien narrado, todo en su justo lugar incluso la alitosis que ya empezaba a dar por sentado que ese hombre podía estar empezando a "pudrirse" por dentro. El disparo en la sien no me lo esperaba y me dejó parca en palabras!

Un beso!
PD aun tengo que leer el trozo de tu novela (me llama pero hoy no es un buen día mi animo no está por la labor pero regreso!!)

eclipse de luna dijo...

Genial tu texto..sentir la cuenta atras...

Besos.
Mar

Suerte en el concurso.

Hasta los cojones. dijo...

Somos esclavos de nuestras decisiones.
Salu2.

gaviota dijo...

el tiempo avanza veloz o despacio es cauteloso y engañoso es un amelodia cual antaño besitos gaviota te espero en mis blogs

Yurena Guillén dijo...

El tiempo nunca es igual. Aunque a veces, creamos que se pueda repetir. Al leerlo he recordado a Borges... Escribió que al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías...

Un buen texto.
Un abrazo grande.

José Ramón Fernández de la Cigoña Fraga dijo...

He conocido tu blog a través de los premios 20 blogs y me ha sorprendido la calidad del relato que acabo de leer, aunque también su trágico final. Quizás te guste este post del mío, aunque el titulo habla de piratas, se habla de los bancos.

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Un saludo, tienes un seguidor más, te visitare de vez en cuando.

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