16 de julio de 2010

Spoiler ( fragmento de mi novela )

Pocas cosas podían compararse a las sensaciones que podían percibirse en aquel momento. Tenía cierta semejanza con el repiqueteo de llovizna que amenaza con apretar, pero se queda en una cortina fina y transparente, regalando un pequeño instante de placer a todo aquel que no ose repelerla. También podía ser asimilable a la salida de un largo examen parcial, a los acicalamientos previos de una cita, o hasta a los prolegómenos de un acto sexual que no acabe transformado en un largo minuto de violencia y despersonalización. Era como si pudiera sentirse en cada milímetro, en cada poro, en cada área epitelial un largo, suave y dulce beso. Y cada vez que abría los ojos, entre la acción defensiva de los lacrimales, podía ver de forma borrosa como la fuerza del líquido elemento arrastraba espumosa no sólo células muertas y suciedad, sino minutos amargos e interminables horas de conteo administrativo. Aquello que la esponja exfoliante no arrastró parecía irse en cada ligera exhalación de placer. Y por ello, aún sintiendo la pulcritud, dejaba correr el cálido discurrir del agua unos minutos más por entre sus turgentes senos; bien formados, señalando ambos direcciones opuestas con las oscuras pirámides de sus lindos pezones; enarbolados en pardas aureolas aún más detallistas al contraste de su blanca tez. Una piel que parecía no tener más imperfección que algún que otro grano vestigial erigido por la zona púbica, producto de una casera rasuración. Sus piernas, aún guardando cola para desgastar aquella cuchilla que vieron trabajar algo más arriba, parecían interminables en su extensión y firmeza; delatando en su inmaculada y clara superficie el incipiente entramado de varices legado de su sedentario trabajo y ocho largos meses de embarazo.
Al salir de la ducha, siempre dejaba la ventana entreabierta. Prefería así que escapara de esa forma los vapores condensados de la habitación. Así, mientras iba alisando su cabello azabache, el espejo salía del fundido en negro hasta dejar ver su imagen. No soportaba el pasar la mano sobre el mismo para verse de golpe, ya que su vida; hasta su trigésimo otoño, había transcurrido siempre de esa forma. Una forma en la que podía verse, difuminada, con la esperanza de la nitidez que le llevara al punto del hoy presente, y el defecto de carecer de la paciencia suficiente que requieren los cardinales de todo ser humano. Y así, cuando su mano pasó para acelerarlo todo, pudo ver un amor que nunca debió ser tal y una juventud dedicada a exhalar su aliento una y otra vez con el fin de revertir la dosis de paciencia que debió tener y que de una pasada eliminó quizás en el momento que menos visión debía haber tenido.
Cuando el baño se había despejado, sus verdes ojos inundaron el pobre alicatado blanco de toda la estancia. Su faz era el reflejo de la belleza simple, objetiva, de la mujer que no era exuberante ni prescindible. Era el paradigma de un atractivo que se abrió el paso a través de una vida maltratada por las causas, circunstancias y consecuencias. Una estética concentrada en un rostro ligeramente redondeado; tez blanquecina y poblada de ligeras imperfecciones estratégicamente situadas para dar un aire aún más inocente a todo aquel compendio de mujer.
Dejó caer suavemente el camisón a través de sus hombros. La seda de color blanco cerró el telón a la interminable llanura de su vientre; bien formado, liso, marcando con la musculatura el valle hacia la despoblada orografía de su monte de Venus. La discreción de aquella prenda, una vez colocada, tan sólo dejaba atisbar la figura de sus pechos y la generosidad de sus caderas. Ni un mísero escote, ni un solo resquicio a la impudicia del desnudo, y toda la sensualidad de aquello que no se ve pero sí se imagina. Su momento había acabado. Era hora de volver a la realidad.
El timbre sonó dos veces. No esperaba visita alguna. El reloj de pared del pasillo; marcaba un bien entrado atardecer con ambas agujas señalando a sus contrapesos. Bajó a la planta inferior y se dirigió a la puerta, asiendo el pomo de la puerta con curiosidad. A través de la mirilla tardó un poco en reconocer a la otra persona. Su mano pasó lentamente del asidero a su pecho. Aún le quedaban suspiros tras la ducha.
Espero que os guste. Se admiten sugerencias. Creo que conforme la vayáis conociendo, veréis como su personalidad queda resumida perfectamente en este pasaje.

3 comentarios:

María dijo...

Para cuándo otro fragmento? Éste promete.
Bs

SE dijo...

Interesante. Seguirás colgando partes?

eclipse de luna dijo...

Me ha encantado y esa forma tuya de comparar su vida con el vaho de aquel espejo....

Besos.
Mar