23 de abril de 2010

Oliver

Aún recuerdo cuándo éramos pequeños, y nos encantaba fastidiar a mi hermana con pueriles juegos de palabras, zahirientes comentarios, provocativas puyas y demás ocurrencias que pudieran provocar el sollozo fácil de la única pequeña de la casa en largos Domingos de ingentes raciones de arroz con pollo, decretos paternos de vasos de leche y docenas de bollos untados en Nocilla mientras veíamos la televisión.

También recuerdo que el paso de la edad nos separó, las reuniones familiares de Domingo desaparecieron y por aquellas cosas del destino; volvimos a reunirnos bajo una pelota a la que yo parecía condenado a no volver a patear. Me diste la oportunidad de arrojar tierra sobre una depresión que parecía no tener fondo, descubrir una vocación oculta, un trabajo posterior y unos amigos que aún conservo. Y todo ello gratis.

La memoria me alcanza a recordar que volvimos a perder el rumbo, que seguimos haciéndonos mayores, y que tus problemas seguían siendo los mismos. Tú nunca tuviste la culpa de haber nacido allí, ni en aquel momento. Simplemente tus padres te quisieron a su manera, y seguro que sufriste lo que ningún niño debería sufrir; pero te tocó vivir bajo dos techos, cada uno con sus reglas y sus problemas, y quizás porque esa dualidad muchas veces te obliga a elegir, nunca supiste quedarte con lo correcto.

Recuerdo que mi hermano me decía que no te encontrabas bien, que estabas "colgao" en sus palabras, y buen síntoma que yo respondía. Es común en la familia. Aún así, nos reíamos de las anécdotas y ocurrencias que vivíais en aquellos periodos que el péndulo de tu vida te acercaba a él, para después volver a desaparecer como siempre ocurría.

Nunca se me olvida aquel día que intentaste quitarte la vida en tu casa, cómo el amigo que quizás más tiempo había pasado a tu lado me llamó diciéndome que te encontrabas en el hospital

y que no tenía forma de localizar a familiar alguno para avisar del incidente. Recuerdo cómo tu madre me decía, en aquella sala de hospital de madrugada, que no comprendía cómo lo habías hecho, y que tu intento no era más que una muesca más en un apellido materno condenado a acabar con la vida tras una ingesta de pastillas o una caída de varios metros desde una ventana.

Todos son recuerdos, igual que cuando me llamaste para dar las gracias por haber estado allí en el Hospital, que no le contara a nadie lo que habías hecho y que había sido una tontería que no volverías a repetir en tu vida. Me recalcaste con un convencimiento tal que querías la vida, que incluso me lo creí; más allá de tu personalidad inestable, de tu situación angustiosa y de tu extraña percepción de lo que te rodeaba.

Me lo creí, hasta aquel día 3 de Noviembre, cuando la policía me llamó en plena noche para ver si podía reconocer tu cuerpo. Un día que no podré olvidar jamás, al ser el primero que recibió aquella noticia, tener que difundirla y sufrir por encontrarme a seiscientos kilómetros de un hecho que temes sea verdad, pero no puedes comprobar.


Y aunque haya pasado algún tiempo desde aquella noche, sigo pensando en lo que hiciste, que te equivocaste; que obraste de la manera más egoísta posible y que provocaste más dolor del que pudiste aliviar con tu muerte. Porque aunque nunca lo valoraste, había muchísima gente que te quería y muchas manos que podían haberte ayudado si ese hermetismo tuyo te hubiera permitido pedirlo. Aún así, seguro que todos aquellos que te queríamos te hemos perdonado y que descanses en paz.


Sabes que siempre he pensado que la inmortalidad es posible, siempre y cuando seas recordado por tus seres queridos. Y porque tengo miedo a que algún día alguien se le ocurra dejarte morir para siempre, aquí tienes estas lineas, para que cada vez que alguien las lea, puedas volver a la vida en sus recuerdos. He podido ver que había mucha gente que te quería, gente que aún te sigue recordando y te deberé siempre aquella oportunidad que sin querer, fue para mí la salvación de mi adolescencia.


Hasta Siempre primo. Un fuerte abrazo.