27 de febrero de 2010

Un pequeño consejo

Llega un día en el que nacéis; completamente indefensos, maleables, con débiles cartílagos protegiendo ese mísero cuerpo y usando de bastión las únicas defensas que vuestro torpe proceso de evolución ha conseguido preparar para seres que han sido capaces de sobrevivir con varios millones menos de células menos de las que necesitáis para cada órgano vuestro.


Se os dijo en vuestro momento que la Tierra era vuestra, y de ella os alimentáis, pero no podéis cesar en vuestro parasitario devenir y contamináis todo lo que encontráis a vuestro paso; no satisfechos con lo mínimo. Llenáis el depósito de vuestros vehículos con la sangre de muchos países del tercer mundo y de muchas guerras sin vencedor en pos del oro negro. Llenáis las piscinas con el agua a la que otros aún no tienen acceso. Coméis el marisco engordado en solares inundados donde antaño crecían grandes reservas forestales. Escribís sobre el cadáver de aquellos que os hicieron de pulmón, sombra y abrigo. Y nada os da verguenza porque hacéis negocio con todo ello, saqueáis, producís en un afán capitalista sin tener en cuenta que el día de mañana no haya peces que pescar, ni ríos sobre los que navegar, ni árboles que quemar, ni mares sobre los que encontrar un ser que haya sobrevivido a la vorágine de desechos que produce cada uno de vuestros pútridos cuerpos hacinados en sus seguras junglas de cemento.


Crecéis en la envidia, en el ir más allá, en la falsa creencia de solidaridad y en el que sonido de la moneda cayendo al fondo de cualquier cepillo parroquial silencie vuestra culpa. Pero no, la culpa y la pena pasan de la misma forma que en cualquier periódico se pasaría de sucesos a deportes, del desastre a la ignorancia, de la pobreza a la divinidad construida a base de egoísmo e idolatría. Porque todo da igual mientras el jugador de moda cobre lo que la mitad del país pueda ganar en toda una vida. Porque todo da igual mientras ruede la pelota.


Por eso me dirijo a vosotros. Sí. A vosotros. Pequeños seres que os creéis grandes. Indefensos organismos que os creéis conocedores de todo y todos. Porque con el paso del tiempo habéis aprendido a sobrevivir, y domináis el mundo en base al presuntuoso concepto de racionalidad que os atribuís respecto de vuestros demás vecinos de planeta. Porque sanáis de las enfermedades, os recuperáis de las catástrofes y tenéis en vuestra cabeza como máxima "la vida sigue". Por eso yo os doy un consejo... Tened vuestras cuentas al día. No dejad nunca en el tintero algo. Vivid intensamente. Porque aunque habéis salido triunfales de todas las trabas hasta ahora, yo seguiré cumpliendo con la misión que me encomendaron de controlar la extensión de vuestra plaga. Y contra mí, nunca encontraréis vacuna, solución o fecha aproximada.


Estáis avisados.





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4 comentarios:

Yurena Guillén dijo...

Y es que la muerte es un ganador seguro, altivo. Por eso, lo único que nos ha de preocupar es vivir intensamente como bien has escrito.

Un abrazo, Alexander.

Soristonio dijo...

Ella es la única vacuna, de la enfermedad de nuestro planeta, ella al final será quien lo libre de la plaga...

Un saludo

Mónica dijo...

disfruta del camino porque a la muerte no le gana nadie!

muy chulo el relato!
tienes una nueva vecina!!
besos desde el bulevar

Hasta los cojones. dijo...

Somos el mayor virus que ha poblado nuestra maltratada madre tierra. Los cambios climáticos y desastres naturales que estamos empezando a sufrir son el grito de ¡¡¡YA NO PUEDO MÁS!!! que nos esta lanzando y nosotros no queremos escucharla, y la seguimos maltratando, seguimos abusando de ella.
El final está más cerca de los que nos imaginamos y la Parca se esta frotando sus huesudas manos.

Salu2.