9 de diciembre de 2010

Déjame vivir


Por las calles de la confianza hilvano pasos simétricos,
mano tendida a cualquier mujer de saldo que a cambio de placeres inmediatos
haga olvidar las fotos de carnet que tras las visas aún guardo.


Por los senderos de la seguridad desfilo sin arnés,
sin más ayuda que la barra del cabecero de multitud de camas visitadas
donde poder sudar cualquier aroma que aún pudiera conservar de ti.


Porque si bien con el alcohol de cien noches seguidas
pude borrar de mi corazón, letra a letra, el grafiti de tu nombre;
aún no puedo olvidar la humedad de tu pelo sobre mí,
el susurro de mil orgasmos colándose por mis oídos,
el interminable recorrido del reloj en madrugadas de vigilia
sin más abrigo que pecados inconfesables bajo sábanas húmedas.

Por ello déjame olvidarte en moteles de una noche,
déjame hacer jirones el recuerdo de tu olor entre las esquinas de mi hombría,
déjame decir tu nombre en cada eyaculación despectiva,
déjame vivir, en suma, si es que puedo llamarle vida a aquello que hago
desde aquel día en que tú decidiste, cruel y simple,
que no te merecía.



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27 de octubre de 2010

Y Dios estaba de vacaciones


Puso su mano en el pecho. Sólo podía sentir el plañidero sonido grave, de pálpito intenso, ralentizado, acompasado, de su corazón. Parecía por momentos pararse, para a continuación bombear con todas sus fuerzas otro soplo más de vida a su desgastado cuerpo. Y aquel renovado hálito de existencia, con forma globular; oxidada, fluía siguiendo su métrica hemodinámica hasta la última arteriola de su cuerpo desvencijado. El milagro de la vida, que se hacía patente en cada latido, en cada fotón captado de aquel dormitorio, había comenzado a sobrarle. Setenta y seis inviernos había contemplado hasta la fecha, sin haberse parado un sólo segundo a pensar que llegaría aquel día en el que sentado, sobre los pies de la cama, a los ojos de aquel espejo de pared, acabara por darse cuenta que no hay golpe más duro que el último; el que te acaba tumbando a la lona, el que te obliga a pedir desde el suelo que se inicie la cuenta y que, aún así, seas consciente de ella y no veas llegar el final. Por eso ahora entendía que todo lo que tuviera un principio conllevara un final; estudiado y comedido, sobre el que aceptamos y llenamos toda una vida de recuerdos empeñados en marcar esas hojas del libro que nunca podría volverse a abrir.


Perdió la cuenta de las horas que allí llevaba, desde que volvió del tanatorio, rezando a Dios para no sentir otro latido más; suplicar a la naturaleza que le permitiera dejar aquella habitación en la misma condición que su mujer la abandonó dos días atrás. Porque los insuficientes cincuenta años juntos habían convertido en excesivos sus setenta y seis vividos. Porque cada mañana volvería a oscurecer al no verla junto a él. Porque ahora, al apretar su mano, sólo sentiría el aire que aún su cuerpo seguía aspirando como buen mártir. Porque a partir de aquel momento, estaría solo.


Sin embargo, Dios estaba de vacaciones. Aún le condenó a seguir viviendo otro minuto más. Y ese minuto llevó a otro. Tiempo suficiente para gastar las últimas lágrimas que aún le quedaban. Se resignó, y apoyándose sobre las rodillas, logró erguirse. Volvió a mirarse al espejo. Seguía estando solo. Su consuelo que quizás, pero sólo quizás, su final también había comenzado.




11 de octubre de 2010

Porque acabamos dándonos cuenta

"Las cuatro y cincuentaséis por mi reloj... y aún no le habían dado un nobel a Dios. Tantos jodidos premios a los putos científicos, tantas menciones a putos parcheados de laboratorio sobre la creación que nadie podría imitar nunca, y absolutamente nadie, nadie, nadie, se había planteado darle un jodido premio al artífice de que yo pudiera respirar, de que mi jefe pudiera seguir jodiéndome la vida y que pudiera percibir hasta la última bocanada de este aire de mierda enrarecido, de habitación sucia, de sudor, de la miseria que va dejando tu puta sarta de mentiras. Porque las personas somos listas. Nos damos cuenta de las cosas. Pero joder, a ti eso te da igual tía, porque sólo piensas en follarte a todo al que se te cruza entre las tetas. Que sí joder, que me doy cuenta de todo, o acaso te crees que soy gilipollas cuando veo cómo apartas la mirada de los hombres cuando estás conmigo, cómo pones la mano para recibir la vuelta del panadero, cómo vas contoneando por la calle con la cabeza baja y el culo arriba... Pero, a ti no te importa que yo me de cuenta. A ti te importa una mierda la creación, te importa una mierda esperarme todas las noches dormida, te importa una mierda dejarme madrugadas enteras en el salón sólo porque vengo bebido para poder olvidar el día en el que decidí casarme contigo y toda la vida se me fue al carajo... ¡ Te importa una mierda todo; zorra!. Pero menos mal que Dios es justo. Me va a hacer olvidar esta noche. Me va a borrar de la memoria el polvo de esta madrugada y el registro de llamadas enviadas a tu compañero de trabajo de la mañana, para quedar con él y follártelo mientras yo colecciono hernias por tal de que puedas gastártelo en esos vestidos que te prohibo ponerte; porque así pareces más zorra de lo que eres. Pero joder, qué tienes que decirme,... ¿ no vas a decir nada, ni defenderte ?, ¿ no vas a llamar a la zorra de tu madre para que te refugie un mes ? , ¿ no vas a irte para volver cuando te des cuenta que no puedes vivir sin mí ?. Joder, ¡ que te muevas!. ¡ Di algo!, ¡ llórame al menos!, ¡ corre a esconderte como haces siempre!. ¡ Muévete!... Joder... Mierda... Nena, oye, nena, escucha, ¿ de donde cojones sale toda esta sangre?. Joder nena, despierta,... ay que no tienes pulso... ay que te he matado. Que sólo quería darle una lección y me la he cargado. Joder que me la he cargado. Joder qué hago. Qué mierda hago. El teléfono. Mierda, mierda, mierda, dónde está el puto teléfono... En el salón. Ahí está. Joder está manchado de sangre... ¡ Pero qué coño ha pasado aquí!. Tranquilo... Respira hondo... No puedo... Como coño voy a estar tranquilo si me he cargado a mi mujer. Jeje. Jeje. No. El puto teléfono tiene sangre por todos lados. No da linea. Cientodoce. Quiero decirlo; que he matado a mi mujer, vengan a por mí. Pero el teléfono no tiene linea. Qué coño pasa. Las cuatro y cincuentaséis... El reloj no se mueve. ¡ Pero qué mierda está pasando aquí!. Y la puerta de la calle no se puede abrir... Está atascada... ¡Pero qué está pasando aquí!... Dios ayúdame".


Al darse la vuelta, pudo observar el salón completamente revuelto. Todos los recuerdos de aquella casa yacían rotos por el suelo. Figuras, cristales, vajillas, fotos,... Observó dos siluetas marcadas con cinta de embalar en el suelo. Ambas a escasos metros una de otra. Una de ellas se encontraba manchada por un gran cerco rojo oscuro; espeso, alrededor de la cabeza. Ya no podía articular palabras. Tan solo sollozos. Se acercó a dicha silueta y, gimiendo como un niño pequeño, se acomodó en ella. Cabía perfectamente en ella. Junto a él, un marco roto; adornado de tinte macabro con salpicaduras de sangre, con la foto de su mujer y él a la salida de la Iglesia. Apartó la vista. Las lágrimas apenas le dejaban ver el techo, también ornamentado con proyecciones de sangre. No podía parar de llorar. Y de reir. Porque consideraba justo su castigo. Porque no podía dar marcha atrás. Porque Dios merecía ese puto Nobel. Porque las personas, tarde o temprano, acabamos dándonos cuenta de todo.



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5 de agosto de 2010

Un minuto exacto

Una de las cosas que pueden aprenderse cuando no se ocupa el tiempo es que nunca transcurre de igual forma. Durante aquella hora había intentado concentrar su vista en el reloj del cuadro de instrumentos del vehículo, intentando sin exito contear los segundos que se sucedían entre minuto y minuto. Nunca eran iguales. Inicialmente intentó durante cinco interminables minutos contar de uno en uno, con un frustrante resultado. El error podía llegar a ser hasta de cuatro interminables segundos. Posteriormente, durante los diez siguientes intentó hacerlo de cien en cien, aprovechando la cadencia silábica para paliar el margen de error posible. Consiguió reducir dicho margen a dos. Suficiente podría ser - pensó. Y así pasaron los siguientes cuarenta minutos, contando segundos con el fin de afinar lo máximo posible la cadencia. Sobre la luna delantera del vehículo los elementos intentaban distraer su tarea. La fina lluvia que había amenazado todo el día con ensuciar las calles de la urbe tornó agresiva, distorsionando la visión del exterior. Por un momento dejó de contar. Volvió en sí. Apreció que llevaba rato apretando inconscientemente los dientes y entreabrió la boca. En segundos, un suspiro anegó el habitáculo. Entonces fue cuando lamentó su mala cabeza. Ahora no sólo tenía el handicap del tiempo. Además tendría a la lluvia como cruel enemiga y aliada. Tendría que luchar no sólo contra el inexorable devenir del Dios Cronos, sino también con la legión de paraguas que le esperarían fuera intentando frustrar su misión. Pasó sus manos por la cara. Barba de semanas, sin recortar. Su lengua podía sentir el sarro acumulado de días sin haberse cepillado los dientes. Su aliento rezumaba por entre sus dedos hasta llegar a su nariz. Casi podía notar físicamente las bacterias bien rollizas de putrefacción en aquella halitosis galopante; reptando por entre sus fosas nasales, infectando la pituitaria, anulando sus sentidos. En el espejo retrovisor interior podía ver sus ojos, consumidos por arterias henchidas de falta de descanso, al borde de la hemorragia petequial. Sin duda, llevaba el traje de piel de los grandes momentos. Cerró los ojos y, apretando las manos sobre el volante, dejó correr ese escalofrío que sólo podía sentirse en momentos como aquéllos. La chispa que avivaba los quince minutos de gloria a los que tenía derecho todo ser humano. Los quince minutos con sus novecientos segundos que estaba a punto de alcanzar.


Y cincuenta nueve minutos. A partir de ahí cuenta cero. Ciento uno. Ciento dos. Sus manos sufrían un ligero temblor. Nada podía fallar. Cinco segundos más en salir a la calle. Tres segundos para aclimatarse. Treinta segundos más que le separaban de la calle principal, consumidos exactamente con paso firme, sin detenerse, evitando el laberinto de paraguas que infectaban la ancha calle del vial. Cinco segundos para comprobar que estaba preparado. Diez segundos que tardó el director de la sucursal, como buen paciente obsesivo compulsivo, en abrir la puerta, mirar hacia ambos lados, y seguir su camino. Dos más para asegurarse que era él. Tres más para sacar el arma, montar la corredera y efectuar el disparo en la nuca. Imposible determinar el tiempo que tardó en caer al suelo, entre aquella turba despavorida al oir la detonación.


En ese momento, miró por primera vez su reloj de pulsera. Había transcurrido un minuto y tres segundos. Su rostro dibujó una macabra sonrisa. Era el amo del tiempo. Había conseguido dominarlo con maestría. Había decidido acabar con la vida de aquella persona en un minuto exacto, sin tener que esperarlo. Había dominado al tiempo invirtiendo otro tanto del mismo en una simple operación de observación y planificación. Aquel desalmado director de banco jamás podría imponer fechas límite de pagos y embargos, como había hecho con él. Un minuto y veintisiete segundos. Le sobraban aún tres. Uno para mirar al cielo conservando la sonrisa del triunfador, y dos para efectuar un nuevo disparo. Esta vez en su sien.


16 de julio de 2010

Spoiler ( fragmento de mi novela )

Pocas cosas podían compararse a las sensaciones que podían percibirse en aquel momento. Tenía cierta semejanza con el repiqueteo de llovizna que amenaza con apretar, pero se queda en una cortina fina y transparente, regalando un pequeño instante de placer a todo aquel que no ose repelerla. También podía ser asimilable a la salida de un largo examen parcial, a los acicalamientos previos de una cita, o hasta a los prolegómenos de un acto sexual que no acabe transformado en un largo minuto de violencia y despersonalización. Era como si pudiera sentirse en cada milímetro, en cada poro, en cada área epitelial un largo, suave y dulce beso. Y cada vez que abría los ojos, entre la acción defensiva de los lacrimales, podía ver de forma borrosa como la fuerza del líquido elemento arrastraba espumosa no sólo células muertas y suciedad, sino minutos amargos e interminables horas de conteo administrativo. Aquello que la esponja exfoliante no arrastró parecía irse en cada ligera exhalación de placer. Y por ello, aún sintiendo la pulcritud, dejaba correr el cálido discurrir del agua unos minutos más por entre sus turgentes senos; bien formados, señalando ambos direcciones opuestas con las oscuras pirámides de sus lindos pezones; enarbolados en pardas aureolas aún más detallistas al contraste de su blanca tez. Una piel que parecía no tener más imperfección que algún que otro grano vestigial erigido por la zona púbica, producto de una casera rasuración. Sus piernas, aún guardando cola para desgastar aquella cuchilla que vieron trabajar algo más arriba, parecían interminables en su extensión y firmeza; delatando en su inmaculada y clara superficie el incipiente entramado de varices legado de su sedentario trabajo y ocho largos meses de embarazo.
Al salir de la ducha, siempre dejaba la ventana entreabierta. Prefería así que escapara de esa forma los vapores condensados de la habitación. Así, mientras iba alisando su cabello azabache, el espejo salía del fundido en negro hasta dejar ver su imagen. No soportaba el pasar la mano sobre el mismo para verse de golpe, ya que su vida; hasta su trigésimo otoño, había transcurrido siempre de esa forma. Una forma en la que podía verse, difuminada, con la esperanza de la nitidez que le llevara al punto del hoy presente, y el defecto de carecer de la paciencia suficiente que requieren los cardinales de todo ser humano. Y así, cuando su mano pasó para acelerarlo todo, pudo ver un amor que nunca debió ser tal y una juventud dedicada a exhalar su aliento una y otra vez con el fin de revertir la dosis de paciencia que debió tener y que de una pasada eliminó quizás en el momento que menos visión debía haber tenido.
Cuando el baño se había despejado, sus verdes ojos inundaron el pobre alicatado blanco de toda la estancia. Su faz era el reflejo de la belleza simple, objetiva, de la mujer que no era exuberante ni prescindible. Era el paradigma de un atractivo que se abrió el paso a través de una vida maltratada por las causas, circunstancias y consecuencias. Una estética concentrada en un rostro ligeramente redondeado; tez blanquecina y poblada de ligeras imperfecciones estratégicamente situadas para dar un aire aún más inocente a todo aquel compendio de mujer.
Dejó caer suavemente el camisón a través de sus hombros. La seda de color blanco cerró el telón a la interminable llanura de su vientre; bien formado, liso, marcando con la musculatura el valle hacia la despoblada orografía de su monte de Venus. La discreción de aquella prenda, una vez colocada, tan sólo dejaba atisbar la figura de sus pechos y la generosidad de sus caderas. Ni un mísero escote, ni un solo resquicio a la impudicia del desnudo, y toda la sensualidad de aquello que no se ve pero sí se imagina. Su momento había acabado. Era hora de volver a la realidad.
El timbre sonó dos veces. No esperaba visita alguna. El reloj de pared del pasillo; marcaba un bien entrado atardecer con ambas agujas señalando a sus contrapesos. Bajó a la planta inferior y se dirigió a la puerta, asiendo el pomo de la puerta con curiosidad. A través de la mirilla tardó un poco en reconocer a la otra persona. Su mano pasó lentamente del asidero a su pecho. Aún le quedaban suspiros tras la ducha.
Espero que os guste. Se admiten sugerencias. Creo que conforme la vayáis conociendo, veréis como su personalidad queda resumida perfectamente en este pasaje.

13 de julio de 2010

Pequeña carta de bienvenida

Quizás aún sea algo pronto, pero aún conservo la ilusión por que tu alma ya sea consciente, y pueda guardar algo de por sí. En primer lugar debo pedirte perdón, porque no te voy a engañar ( estaría bueno que sin nisiquiera vernos empezara con mentiras ), pero vienes a un mundo que es una mierda: Aún quedamos unos pocos que intentamos poner nuestro granito de arena para cambiarlo, pero cada vez somos menos. Aún así, verás que a pesar de todo, seguimos apoyándonos en cosas sinceras y da igual si en el plato no hay comida, el techo de la casa tiene goteras o tu mujer se consuela apretando entre sus piernas a otro mientras tu país gane un mundial, o te den un ticket descuento a canjear en tu próximo derroche superficial. Es lo bueno y lo malo de todo ser humano ( que es lo que tú eres a pesar de que algunos se empeñen en decir lo contrario ), que tenemos la errónea creencia de ser la especie más fuerte del planeta, cuando realmente no es así: es el llamado "handicap" de los sentimientos; el opio de la condición humana y que nos hace felices aunque nos estemos bañando en la más espesa miseria.
Sin embargo, no le tengas miedo a los sentimientos. Es bueno sentir... ¡ Qué contradicción!, estarás pensando... Vete acostumbrando. Somos así. En un mundo donde sólo el más fuerte tiene derecho a sobrevivir, el que más estudios a trabajar, y donde sólo la abundancia de dinero atrae al dinero pocos momentos de felicidad te quedarán como el primer beso, un bonito amanecer o un pequeño favor altruista. Y aunque lo que por aquí fuera te espera es cuanto menos decepcionante, siempre te quedará la opción de seguir viviendo, o hacer algo por intentar cambiarlo. Pero tranquilo, no tomes aún la decisión. Primero siente, disfruta lo que es sentirse vivo, saluda amablemente hasta al último indeseable con el que puedas cruzarte, y así, sólo si realmente merece la pena luchar por este mundo que os estamos dejando, adelante.
Tampoco quiero aburrirte demasiado. Ya te iré contando cositas. Sólo decirte que tu madre y yo te estamos esperando con los brazos abiertos. Tú de momento sigue ahí, agárrate fuerte y disfruta mientras puedas de tu estancia en la sala de espera.
Un beso, hijo mío.

23 de abril de 2010

Oliver

Aún recuerdo cuándo éramos pequeños, y nos encantaba fastidiar a mi hermana con pueriles juegos de palabras, zahirientes comentarios, provocativas puyas y demás ocurrencias que pudieran provocar el sollozo fácil de la única pequeña de la casa en largos Domingos de ingentes raciones de arroz con pollo, decretos paternos de vasos de leche y docenas de bollos untados en Nocilla mientras veíamos la televisión.

También recuerdo que el paso de la edad nos separó, las reuniones familiares de Domingo desaparecieron y por aquellas cosas del destino; volvimos a reunirnos bajo una pelota a la que yo parecía condenado a no volver a patear. Me diste la oportunidad de arrojar tierra sobre una depresión que parecía no tener fondo, descubrir una vocación oculta, un trabajo posterior y unos amigos que aún conservo. Y todo ello gratis.

La memoria me alcanza a recordar que volvimos a perder el rumbo, que seguimos haciéndonos mayores, y que tus problemas seguían siendo los mismos. Tú nunca tuviste la culpa de haber nacido allí, ni en aquel momento. Simplemente tus padres te quisieron a su manera, y seguro que sufriste lo que ningún niño debería sufrir; pero te tocó vivir bajo dos techos, cada uno con sus reglas y sus problemas, y quizás porque esa dualidad muchas veces te obliga a elegir, nunca supiste quedarte con lo correcto.

Recuerdo que mi hermano me decía que no te encontrabas bien, que estabas "colgao" en sus palabras, y buen síntoma que yo respondía. Es común en la familia. Aún así, nos reíamos de las anécdotas y ocurrencias que vivíais en aquellos periodos que el péndulo de tu vida te acercaba a él, para después volver a desaparecer como siempre ocurría.

Nunca se me olvida aquel día que intentaste quitarte la vida en tu casa, cómo el amigo que quizás más tiempo había pasado a tu lado me llamó diciéndome que te encontrabas en el hospital

y que no tenía forma de localizar a familiar alguno para avisar del incidente. Recuerdo cómo tu madre me decía, en aquella sala de hospital de madrugada, que no comprendía cómo lo habías hecho, y que tu intento no era más que una muesca más en un apellido materno condenado a acabar con la vida tras una ingesta de pastillas o una caída de varios metros desde una ventana.

Todos son recuerdos, igual que cuando me llamaste para dar las gracias por haber estado allí en el Hospital, que no le contara a nadie lo que habías hecho y que había sido una tontería que no volverías a repetir en tu vida. Me recalcaste con un convencimiento tal que querías la vida, que incluso me lo creí; más allá de tu personalidad inestable, de tu situación angustiosa y de tu extraña percepción de lo que te rodeaba.

Me lo creí, hasta aquel día 3 de Noviembre, cuando la policía me llamó en plena noche para ver si podía reconocer tu cuerpo. Un día que no podré olvidar jamás, al ser el primero que recibió aquella noticia, tener que difundirla y sufrir por encontrarme a seiscientos kilómetros de un hecho que temes sea verdad, pero no puedes comprobar.


Y aunque haya pasado algún tiempo desde aquella noche, sigo pensando en lo que hiciste, que te equivocaste; que obraste de la manera más egoísta posible y que provocaste más dolor del que pudiste aliviar con tu muerte. Porque aunque nunca lo valoraste, había muchísima gente que te quería y muchas manos que podían haberte ayudado si ese hermetismo tuyo te hubiera permitido pedirlo. Aún así, seguro que todos aquellos que te queríamos te hemos perdonado y que descanses en paz.


Sabes que siempre he pensado que la inmortalidad es posible, siempre y cuando seas recordado por tus seres queridos. Y porque tengo miedo a que algún día alguien se le ocurra dejarte morir para siempre, aquí tienes estas lineas, para que cada vez que alguien las lea, puedas volver a la vida en sus recuerdos. He podido ver que había mucha gente que te quería, gente que aún te sigue recordando y te deberé siempre aquella oportunidad que sin querer, fue para mí la salvación de mi adolescencia.


Hasta Siempre primo. Un fuerte abrazo.


27 de febrero de 2010

Un pequeño consejo

Llega un día en el que nacéis; completamente indefensos, maleables, con débiles cartílagos protegiendo ese mísero cuerpo y usando de bastión las únicas defensas que vuestro torpe proceso de evolución ha conseguido preparar para seres que han sido capaces de sobrevivir con varios millones menos de células menos de las que necesitáis para cada órgano vuestro.


Se os dijo en vuestro momento que la Tierra era vuestra, y de ella os alimentáis, pero no podéis cesar en vuestro parasitario devenir y contamináis todo lo que encontráis a vuestro paso; no satisfechos con lo mínimo. Llenáis el depósito de vuestros vehículos con la sangre de muchos países del tercer mundo y de muchas guerras sin vencedor en pos del oro negro. Llenáis las piscinas con el agua a la que otros aún no tienen acceso. Coméis el marisco engordado en solares inundados donde antaño crecían grandes reservas forestales. Escribís sobre el cadáver de aquellos que os hicieron de pulmón, sombra y abrigo. Y nada os da verguenza porque hacéis negocio con todo ello, saqueáis, producís en un afán capitalista sin tener en cuenta que el día de mañana no haya peces que pescar, ni ríos sobre los que navegar, ni árboles que quemar, ni mares sobre los que encontrar un ser que haya sobrevivido a la vorágine de desechos que produce cada uno de vuestros pútridos cuerpos hacinados en sus seguras junglas de cemento.


Crecéis en la envidia, en el ir más allá, en la falsa creencia de solidaridad y en el que sonido de la moneda cayendo al fondo de cualquier cepillo parroquial silencie vuestra culpa. Pero no, la culpa y la pena pasan de la misma forma que en cualquier periódico se pasaría de sucesos a deportes, del desastre a la ignorancia, de la pobreza a la divinidad construida a base de egoísmo e idolatría. Porque todo da igual mientras el jugador de moda cobre lo que la mitad del país pueda ganar en toda una vida. Porque todo da igual mientras ruede la pelota.


Por eso me dirijo a vosotros. Sí. A vosotros. Pequeños seres que os creéis grandes. Indefensos organismos que os creéis conocedores de todo y todos. Porque con el paso del tiempo habéis aprendido a sobrevivir, y domináis el mundo en base al presuntuoso concepto de racionalidad que os atribuís respecto de vuestros demás vecinos de planeta. Porque sanáis de las enfermedades, os recuperáis de las catástrofes y tenéis en vuestra cabeza como máxima "la vida sigue". Por eso yo os doy un consejo... Tened vuestras cuentas al día. No dejad nunca en el tintero algo. Vivid intensamente. Porque aunque habéis salido triunfales de todas las trabas hasta ahora, yo seguiré cumpliendo con la misión que me encomendaron de controlar la extensión de vuestra plaga. Y contra mí, nunca encontraréis vacuna, solución o fecha aproximada.


Estáis avisados.





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19 de enero de 2010

Blanco sobre Negro

Blanco sobre negro. Era la única imagen que aparecía ante sus cansados ojos; parpadeante, de ida y vuelta, producto del vaho que se acumulaba tras los cristales empañados de sus anteojos. Y en aquella visión perdió noción del tiempo y de toda realidad. Un paisaje difuso en cada espiración, nítido en cada inspiración; una alternancia de ritmo similar a la que llevaba buscando incontables horas y, de igual forma que tan repetitiva secuencia, creía tenerla como se desvanecía. No importaban el intenso dolor lumbar acumulado de incómoda posición ni la carga sostenida sobre aquellos hombros sufridores de aquella inmovilidad perenne. Sólo importaba la imagen; el blanco sobre negro inmenso; fundido sobre aquel mar azabache lacado profundo. Alzó ligeramente sus manos y, haciendo un esfuerzo por vencer las limitaciones de su maltrecho ser, estiró más allá de su dolencia artrítica los dedos, imbuyéndolos en aquel inmenso mar blanquecino. Cerro los ojos. Y todo empezó a desaparecer.


Sintió aquellas rémoras de su costado desaparecer, sumiéndolo en una paz que hasta aquel entonces nunca había conseguido sentir. Sus dedos se deslizaron por áquel cielo nacarado de vetas carbón y, descansando sobre cada uno de sus escalones, apretó sobre él la necesidad de subir uno más. Y aquel uno le llevaba a otro, conminándolo a seguir aquella espiral bicolor que en su juventud tantas veces había recorrido, y parecía ahora nunca recordar el camino que en aquel momento, y con los ojos cerrados, yacía ante él expedito, llano, libre para ser hollado por sus dedos. Retuvo la inspiración por unos segundos, sabedor de poder perder aquello que casualmente apareció ante sí si volvía a espirar y, conteniendo la emoción, recorrió su vasto terreno tantas veces como su mente le permitió.


Abrió los ojos y, exhalando todo el aire contenido, alzó sus manos del teclado y asiendo la pluma, volvió a escribir una linea más del pentagrama. Se levantó del pequeño banco y observó a su alrededor. Se encontraba viejo, cansado, y aquel extraño dolor del costado lejos de remitir iba cada vez a más. Su pacto con el Diablo había expirado ya hace tiempo, y parecían reclamarle desde lo más profundo del averno. Volvió a mirar al pentagrama y, asiéndolo, volvió a reclinarse escribiendo la fecha de aquel día en la última nota escrita: " 4 de Diciembre de 1791 ". Sus ojos miraron a través del ventanal que daba a aquel sucio callejón de la Viena antigua y, aún empañados, admiraron las luces emergentes de la ciudad que le acogió... y que iba a verle morir.


Dedicado a "Castigadora"; porque da igual cuántos Salieri puedan meterse por medio, mientras tu obra se vaya contigo, y no por culpa de otros. Tú entiendes.

Y ah, Feliz 2010. Estoy ocupado con la "novela", pero de vez en cuando dejaré algo por aquí de pésima calidad, como siempre. Gracias por seguir ahí.