24 de diciembre de 2009

Maellus Maleficarum

Aunque la noche había cubierto con su espeso manto de oscuridad la totalidad de la aldea; ésta tenía una inusual vida desde el inicio del ocaso. Los apenas cien habitantes de aquella pequeña villa hoy no dormían; agolpados todos en la pequeña plaza como cucarachas; harapientos, malolientes, ávidos de curiosidad unos y de malicia otros, esperando el desenlace de aquella situación. Por ello murmuraban, hablaban entre ellos resultando tener cada uno una historia referente a lo sucedido. Ahora todos evidenciaban haber tenido problemas con ella, contándolo aterrados a vecinos con los que anteriormente nunca llegaron a intercambiar palabra, sin obtener más respuesta que un triste asiento con la cabeza. Ahora podían explicarse que Dios no podía haber creado semejante ser y que todo no era más que la obra maestra de aquel que yacía en la oscuridad. Y por eso todos murmuraban, no sin miedo. Pero lo hacían.
Aquel murmullo quedó herido de muerte al erigirse por encima un fuerte alarido de mujer. Se hizo el silencio en la plaza. Pronto aparecieron dos alguaciles; ataviados con abombadas polainas y botas de cuero marrón bien altas. Iban apartando a la gente, abriendo camino hasta el epicentro de aquella plaza cuadrangular. No entendían nada. Su deber era despejar el camino, y ellos lo cumplían. Al precio que fuere. Iban golpeando niños, mujeres, ancianos. Tras ellos, avanzaban penosamente otros dos alguaciles más, los cuales arrastraban con gruesas cadenas por la tierra un cuerpo. Al paso a través de la muchedumbre ésta se sobrecogía y santiguaba repetidas veces. Las madres tapaban los ojos a sus hijos más pequeños. Aquel cuerpo intentaba levantarse, pero era su debilidad tal que acababa siendo arrastrada por sus dos guardianes entre pausados gemidos de dolor. Los alguaciles, a cada gemido, contestaban con un fuerte tirón de los grilletes, sin dirigirle mirada al cautivo. También podía olerse el miedo en ellos, al igual que en toda aquella gente que se santiguaba bajo soportales a los cuales habían cubierto con sangre fresca de animal realizando inscripciones apenas legibles.
Una vez en el centro de la plaza llegaron 8 alguaciles más que acordonaron la zona central; donde se encontraba una pira de madera con un mástil central. Se hizo un absoluto silencio. Los dos guardianes subieron el cuerpo al mástil y lo ataron. Cuando bajaron de la pila un súbito murmullo de sobrecogimiento inundó el lugar. Frente a todos se encontraba un cuerpo de mujer desnudo, sucio; lleno de costras producidas por la mezcla de sangre y tierra. En muchas zonas de su cuerpo faltaban trozos de piel arrancados a jirones, de igual forma que su pelo había sido cruelmente arrancado a trozos desde el cuero cabelludo. Sus pechos; henchidos de pus por la infección que le había producido la extracción de sus pezones, le daban un aspecto grotesco, ligeramente suavizado por el verde mar de sus ojos; aún abiertos, sin querer rendirse aún a la muerte. El murmullo iba convirtiéndose por momentos en griterío, hasta que uno de los alguaciles levantó la mano y gritó: “ Aldeanos; he aquí la prueba irrefutable de la condición demoniaca de ésta mi hija; bruja donde las haya”, señalando a su pubis, el cual había sido afeitado y lacerado en todas direcciones. “ He aquí la evidencia de haber fornicado con el mismísimo Diablo”.
Volvió a hacerse el silencio. Ordenó el orador con un gesto al resto de alguaciles, los cuales volvieron a subirse a la pira e impregnaron su cuerpo de alquitrán. Aquella niña empezó a llorar, implorando a su padre clemencia. El jefe inquisidor asistía impertérrito a las plegarías de su hija. Los alguaciles que bajaron pasaban frente a él asintiéndole con la cabeza, invitándole a que fuera fuerte, a que no cayera en aquella trampa del Diablo pues su hija no yacía en aquel cuerpo propiedad del mismo Samael.
El gentío comenzaba a excitarse. Quizás el olor de la muerte les embriagaba. Cada vez eran más difíciles de controlar. Aquella mujer destrozada; antaño la hija del jefe de alguacilería de la aldea, apenas guardaba fuerza en su maltrecho cuerpo de catorce años. Intentaba hacer fuerza con los pies para no yacer colgando del mástil, ya que el peso del cuerpo oprimía su diafragma al dejarse caer haciéndole casi imposible la respiración; ya dificultosa de por sí al tener todo el cuerpo embadurnado en el mismo alquitrán que la hacía resbalar por entre las maderas que le servían de soporte. Pudo observar como un niño saltó el control de aquellos hombres acercándose a la pila. En sus ojos verdes fotografió aquella expresión; aquella cara infantil mirándola desde abajo, mezcla de miedo y curiosidad. El niño se agachó, y agarrando un guijarro, lo lanzó contra ella impactando en su cabeza. ¡Bruja! – gritó. Y acto seguido empezaron a llover piedras contra su maltrecho cuerpo entre los insultos de la turba.
El jefe dio la orden y prendieron fuego a la pila. El alquitrán hizo de conductor e inmediatamente su cuerpo comenzó a consumirse pasto de las llamas. A pesar de no tener fuerzas, gritaba de pavor. Sabía que su sufrimiento; que comenzó con varios días de tortura hasta que tuvo que confesarse bruja para que la dejaran de martirizar, no acabaría allí. Su muerte sería la puerta al más profundo de los infiernos donde seguiría ardiendo por toda la eternidad. Sólo porque a su edad, fue más bella que los demás.
Cuando su vida se apagó, aún seguían escuchándose los insultos de la muchedumbre, mientras su padre contaba con el clérigo los chelines pagados por la iglesia como premio a la ejecución. Una bruja más había caído bajo el martillo implacable de la Iglesia.

2 comentarios:

Belén dijo...

La verdad es que es brutal la cantidad de mujeres que murieron por culpa de suspersticiones mal entendidas...

Besicos

Castigadora dijo...

Aterrador!

Y eso que solo pasaba a desearte un FELIZ 2010!

Besos