16 de octubre de 2009

Claro de Luna



Un día más, la jornada laboral de Lucía tocaba a su fin. Abandonó su delantal en una vetusta taquilla y, en apenas minutos, dejó semidesnudo su pálido torso para dar paso al vestido largo que solía usar a diario; sobrio, de un sólido color gris y ligeramente escotado, parecido al que las películas antiguas solían vender com uniformidad de institutriz. Sintió cierta repulsión al embutirse en él; notando el atasco de la tela al rozar con el aceite de fritanga que su piel almacenaba tras diez horas metida en aquella cocina. Liberó una a una las seis horquillas que recogían su pelo, dejando caer tantos mechones marchitos de un pelo rubio que vivió épocas mejores, y sin perder más tiempo cogió el sobre de la paga marchando del restaurante por la puerta de atrás.
Su nombre era luz. O al menos eso le decía su madre cuando era una rolliza niña de ojos verdes e inmaculada tez adornada por la sonrojez propia de la actividad de las arteriolas en ambas mejillas. Ella fue la luz de la casa en una familia que no tuvo más hijos, la hija única de un orgulloso padre que en silencio sufría cinco años de viudedad y el zahiriente castigo de ver en ella la fotografía de la joven mujer que no cumplió su promesa de compañía eterna. Por ello necesitaba aquel trabajo de mierda, que la condenaba a ser luz en la oscuridad de la noche, a pesar de sentir un pánico atroz hacia la oscuridad. La misma oscuridad que embargaba aquel callejón de cuatrocientos cincuenta y ocho baldosas y dos calles ciegas a cada lado. Así, cuando salía por aquella mugrienta calleja, sólo miraba al final de la misma, donde las luces resguardaban la Avenida Principal del reino de las sombras. Cogía aire, miraba al frente, y ocupaba su mente contando una a una las filas de baldosas; simuladas sobre el cemento, hasta llegar a la salida. Una simple operación aritmética que la evadía de aquel sucio pasillo lleno de orina, de repletos cubos de basura sin recoger, de juegos de sombras que recordaban al mismísimo Diablo, de paredes negras y lisas que se erigían hasta la altura que aquellos megalómanos arquitectos dieron a aquellas moles de cemento de cincuentasiete pisos y de espesa niebla que emanaba de las alcantarillas producidas por la reacción térmica de la conjunción de las aguas residuales con el ambiente frío del subsuelo urbano.

Su corazón parecía aquella madrugada latir con menos fuerza. Apenas lo sentía golpear en su pecho. Intentaba no pensar en nada. Solo contar. Cincuenta seis. Cincuenta siete. Cincuenta y ocho. Algo pasa. Los órganos son gobernados por el cuerpo, pero tienen alma propia. Y su corazón había puesto en alerta al resto. Era el miedo. Ese miedo inodoro que se huele, esa sensación de alerta que despierta el más primario de los instintos. Setenta y siete, setenta y ocho, Setenta y nueve. Sus ojos dejaron de mirar al suelo para enfrentar la salida del agujero. Las paredes se iban estrechando cada vez más. El vapor de las alcantarillas se hacía más denso y parecía no desaparecer. Su paso se aceleraba. No así su pulso. Dejó de contar para sí. Ciento treinta cientotreinta y uno cientotreinta y dos cientotreinta y tres. Su mano derecha se asió a la cruz de oro que protegía su pecho. Sus ojos iban perdiendo el verde mar del iris en favor de sus pupilas, dilatadas al máximo. Ya quedaba menos para salir. Incluso podía distinguir los destellos de los vehículos que cruzaban la Avenida y dejaban verse por fracciones de segundo desde el callejón. Doscientos veintiuno doscientos veintidós doscientos veintitrés.

Supuestamente había cruzado ya el callejón. Porque no podía haber sido de otra manera. Porque de otro modo lo habría visto. Porque así no habría sentido aquel brazo que rodeaba su cuello, ni haber sido mancillada por aquel vello infecto que aprisionó su garganta con violencia. Sintió su corazón cambiar repentinamente de marcha, al tiempo que sus mejillas ardían y notaba la lucha del torrente sanguineo por atravesar aquella hoja metálica que sin cercenarla, había aprisionado su yugular. Ahora entendía lo que era un presentimiento. Ahora que no podía analizarlo. Ahora que su cuerpo sólo guardaba fuerzas para moverse violentamente y gritar, aunque fuere en vano. Ninguna ventana daba a aquellos callejones. Pero aún así gritaba. Porque no podía hacer otra cosa. Aguantar el fuerte golpe de su cuerpo contra aquel cubo de basura, aquella extremidad virulenta que ayudaba a sus piernas a bloquear las mías, las laceraciones producidad por el elástico de la ropa interior al ser arrancada y la humillación de aquel miembro penetrando en su ser sin poder hacer otra cosa que intentar seguir gritando.

Aquel suplicio acabó como empezó. Semilla purulenta resbalando por su entrepierna, un golpe seco y una ligera sensación de calor en el cuello. Y el mundo se paró. No pudo verlo. Estaba volando. Sus talones giraron hacia atrás. No podía adivinar si caía o fue empujada. El caso es que el mundo parecía moverse, y no ella. Otro golpe seco. Cayó de espaldas. Las lágrimas que inundaban sus ojos se desbocaron hacia las orejas. Ya no sentía calor en las mejillas. Su cuello estaba inundado en sangre. Sentía el cálido afluente sanguineo correr por todo su cuello. Apenas tenía fuerzas. Había sido degollada. Su vista parecía nublarse. Nunca se había dado cuenta que a pesar de los rascacielos podía verse la luna; tan pálida como ella. Alzó la mano para intentar cogerla. Su mano ensangrentada, de espeso contraste con la blancura de su piel. Cara a cara. Lucía, y la única luz de aquella noche que en venganza decidió llevársela. La última luz que sus ojos verían. Su último resuello fueron para dos lágrimas que recorrieron en medio segundo su cara hasta confundirse con el charco de sangre que la acunaba. Doscientos. Cincuenta. Y dos.




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13 de octubre de 2009

15:11

Cuando abrió los ojos, aún permanecía en estado de hibernación. Era una sensación molesta, a la que nunca uno podía acostumbrarse por muchos ensayos realizados en base. De forma similar a las mioclonías; su cerebro recuperaba antes que el cuerpo la consciencia y, a pesar de dirigir todo su empeño en recuperar la gobernabilidad del sistema nervioso central, no conseguía mover un solo músculo. No debía desesperar. Poco a poco iba sintiendo ligeros hormigueos que iban ascendiendo desde sus extremidades al tronco. Al tiempo que aquella chispa vital iba consumiendo su cuerpo, el vello de la piel se erizaba, sus pezones se endurecían en vergonzante sensación y podía nuevamente tragar saliva. Su funcionalidad era casi total, aún a pesar de sentir un ligero mareo. Colocó ambas manos frente a sí, observando primeramente ambos dorsos para a continuación, a modo de ritual, voltear ambas a la vez para quedarse observando sus palmas. Así volvía a sentirse viva. Tapándose la cara, notando la fría temperatura de las mismas, en contraste con el resto de su cuerpo. Extendió su mano derecha a lo largo del habitáculo y pulsó el botón. La cápsula se llenó de gas al tiempo que iniciaba la secuencia de apertura. Cerró los ojos. Sus oídos no habían perdido capacidad. Podía sentir el incómodo deslizar de los mecanismos de apertura, el estridente sonido del sistema hiperbárico que igualaba la presión con el exterior, y el posterior silencio de la nave que volvía a gobernar seis meses después.
Todo seguía en su sitio. En el puente de mando se encontraba su segundo de a bordo; Miguel; Capitán auxiliar de vuelo de la Agencia Espacial Europea. Había despertado antes. Al verla, olvidó todo tipo de formalismo y se dirigió a ella por su nombre:
- Silvia… Hemos llegado.
Los ojos de Silvia estaban vidriosos. Le costaba trabajo aguantar las lágrimas. La expedición que ella comandaba había llegado al planeta destino. A través de los ventanales del puente de mando podía observar la turbia atmósfera del satélite, bajo un abigarrado cielo gris lleno de fenómenos eléctricos. Sólo con la mirada, ambos se enfundaron el traje de paseo, ayudándose mutuamente en la colocación del equipo de respiración autónoma. Silvia; aún emocionada, miraba el parche del brazo derecho del traje. “ E.S.A.”, “Misión xxxxx”. La misión más importante de la humanidad; en la que varias generaciones habían trabajado, sufrido, y muerto. Una misión a la que ella tuvo la suerte de comandar y que quizás estaba tocando a su fin en pleno 2209. Un proyecto conjunto de todas las Agencias Espaciales mundiales y a las que, de entre todos los pilotos cualificados para ello, tuvo que tocarles en suerte a dos españolitos criados entre pasillos y corredores. Miguel seguía con su silencio. El silencio del miedo.
Cuando abrieron la escotilla, comprobaron que existía gravedad. La nave se había posado hacía unas tres semanas en aquella gran llanura; uniforme, sin accidente geográfico alguno. Tan sólo algunos remolinos de polvo enturbiaban aquella perfecta simetría geográfica con el horizonte. Miguel accionó uno de los mecanismos del traje para tomar lecturas del ambiente. Aparentemente todo normal. Silvia se alejó unos metros buscando un lugar donde emplazar un sistema de transmisiones que pudiera emitir señales a la ESA. No podía creer que estaban siendo los primeros en pisar aquella yerma superficie en misión espacial. Miguel seguía tomando lecturas.
Pero algo hizo de repente detenerse a Silvia. Quedó petrificada, muda, impávida ante lo que estaba viendo. Miguel; que se encontraba a unos 300 metros de ella, inquirió su estado:
- Mi comandante, ¿ le pasa algo?
- Miguel… Es maravilloso.
- ¿ Maravilloso el qué; Silvia?. Es un planeta, como otro cualquiera.
- No. Es maravilloso. Esto sólo lo había visto en libros. Mi abuelo sólo lo había visto en libros, y puede que mi tatarabuelo conociese de esto por leyendas. Pero yo lo he visto…porque... este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado... - respondió con la voz entrecortada, enjugándose las lágrimas.Al oír tal declaración, Miguel corrió hacia el emplazamiento de su compañera. Al llegar hacia ella, observó su faz, sus ojos perdidos en un punto fijo del suelo al tiempo que las lágrimas empañaban el cristal de la escafandra. Intentó seguir la mirada de su compañera intentando averiguar qué le había producido tal colapso, hasta que aquella imagen heló su sangre también. Sólo pudo musitar un suave “Dios mío...”.
Ante ellos, se erigía entre dos piedras exultante una margarita rodeada de varios tréboles. Era el comienzo de un pequeño vergel yacente ante ellos. Quién sabe si aquello llevaba allí cincuenta años creciendo o no. El caso es que tuvieron que pasar ciento cincuenta años para que la humanidad, postergada a un sinfín de estaciones espaciales, pudiera volver a realizar una expedición a la Tierra que, por su ignorancia y dejadez, tuvieron que abandonar para siempre. Ahora sabían que podrían volver, que la vida volvía, aunque fuera en sus formas más simples, a poblar el planeta, y que con la biotecnología existente, podían volver a hacer de aquel planeta un sitio donde volver a empezar. Un sitio donde, como hijos pródigos, volver y rendir cuentas ante la madre Tierra; aquella a la que se ignoró cuando comenzó a dar señales de cansancio, aquella que nos enseñó que nuestros actos de ayer, fueron la herencia del mañana.
Silvia y Miguel volvieron a base tras instalar los sistemas de comunicación. Miguel ya había preparado su hibernación. Silvia seguía aún conmocionada. La operación 15:11, la parábola del hijo pródigo según rezaba el evangelio de San Lucas en aquel pasaje, había sido un éxito. Preparó el informe y lo dejó listo para transmisión del informe final...

“ Planeta Tierra en perfectas condiciones para la regeneración… Formas de vida existentes y aire respirable... Condiciones climatológicas aún adversas. Podemos volver a casa…”



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