12 de agosto de 2009

Bajo Tierra

Qué ilusos somos... Toda la vida intentando poner nombre al tercer Pilar de nuestra Fe; aquel con miles de nombres y poderes sobrenaturales, aquel al que recurrimos cuando la fe en nosotros mismos muere en la pasividad volitiva de nuestra fútil existencia, aquel al que todos recurrimos sin ver por nuestro miedo a la verdad. Una verdad que pasa por sentir el indescriptible dolor que inflinge el no saber si eres un vivo muriendo, o un muerto que sigue viviendo. El saber que ese ser superior no viene a darte la mano. El saber que tú ves a quién te vela, que oyes a quién susurra, que tu alma se rompe con los llantos de aquellos que te querían... y que sin embargo nadie lo sabe. Ni siquiera Dios. Nadie piensa que tú, encajonado en el estrecho cubículo del féretro en el que tu aseguradora no gastó ni la décima parte de todo lo que tú pudiste abonar en vida, puedes seguir viendo sin ojos, oír sin oídos y sentir sin corazón. Nadie pensó que podías sentir la sensación de agobio de aquel ataúd en el que tu cuerpo se encuentra maniatado, nadie pensó que podías ver cómo aquellos que pensabas te querían velan tu cuerpo deseando acabar con el trámite y repartir la carroña de todo aquello que dejaste en vida. Nadie lo pensó. Ni nadie lo pensará, hasta que le suceda.


Por todo ello no os agobiéis, seguid pensando en el cielo. Seguid pensando en las alas que os suban allá con vuestros seres queridos y en la músicas de cordófonos inundando los sentidos. Yo sólo sé que bajé, volviendo a la Tierra que me vio nacer, la Tierra que mis manos trabajaron y que ahora me acoge en su seno devorándome al son del chirrido que producen las cuerdas y las poleas que me bajan a la fosa. No fui malo. Nunca hice daño a nadie. Sé que dejo más paz y amor que problemas ocasioné. Y por eso sé que esto no es el infierno. Por esto sé que la muerte es otra mentira más y que el alma se condena por la eternidad a visionar en sesión continua la película de nuestra vida en este cruel sótano sin salida. Por eso me suenan a lluvia las Tierras caídas sobre el ataud. Por eso me estremezco con el crepitar de la madera al aguantar el peso de la sepultura. Por eso soy feliz sabiendo que dejo de oír a los vivos, y que nunca oiré a los otros muertos que, como yo, yacen esperando ilusos, quizá, el día en que debamos levantarnos.





votar

4 comentarios:

La Luna, La Estrella... y el Mar dijo...

Me ha faltao llorar con el primer párrafo, pues he tenido muchas muertes seguidas en muy poco tiempo y la última mi abuela, que no se había muerto y se estaban rifando la casa... LAMENTABLE!!!
Y con el final ya es... para morirse y nunca mejor dicho.
Cuanta razón y que bonito escribes algo tan cruel.
Besos de tu seguidora jejeje ^^

Lena dijo...

Yo no pienso en el cielo...

Me autoengaño con la idea de que la muerte es eso que dices, una mentira.

Un beso, Moody...

yurenaguillen dijo...

Me gusta el texto porque expone la idea, pero te permite seguir manteniendo tu propia opinión sobre el tema. El primer párrafo es fantástico. Da incluso, hasta algo de vértigo.
Yo no espero nada.
Quiero vivir todo lo posible.
Luego, la nada de nuevo. Ni cielos ni infiernos.
Un abrazo grande.

Marina dijo...

Me encanta. Es la cruel verdad de la vida contada de forma "bonita".