13 de agosto de 2009

Jesus

Siempre me consideré un tipo duro. Una persona a la que la vida ha enseñado de todo y que, de no ser por esta ansia de contar cosas a través de la palabra, seguramente habría perdido todo norte hasta yacer en la sima de la cordura. Por mis ojos han pasado tristes imágenes sobre las que durante días he exudado hasta la última gota de humanidad que podía quedarme oculta en el cuerpo. Y todo por no perder la impasibilidad que de tan burda manera me empeño en reflejar. Me engaño al pensar que mis mejillas son secos torrentes que no ven lágrimas desde que cumplí los dieciocho, y que mis hombros son las plañideras donde amigos, familia y todo aquel que lo ha necesitado encontró su apoyo en aquellos duros momentos. Una persona a la que gusta escuchar y que, más allá de las tempestades que pueda sufrir en su interior después, aguanta cual Titán las olas en busca de una luz que al menos le haga saber que el Puerto está cercano.


Pero todo Titán tiene su Némesis, y acabé vencido ante ti. Sin haber luchado. Y no hizo falta. Sólo sé que nuestras miradas se cruzaron, y aunque sé que no me mirabas sin saber ni lo que soy, me venciste. Jamás comprenderé por qué alguien como tú me enseñó más que cualquier profesor de universidad, más que cualquier día de mi agitada vida, más que cualquier libro de firme doctrina. Tú, un simple recién llegado, débil, dependiente y molesto. Una persona que llegaste tres meses antes. Cuando nadie te esperaba, cuando nadie te había invitado a la fiesta y que, aún sabiendo que tenías todas las de perder frente a este mundo voraz y cruel, luchaste hasta entrar en la vida que bien mereciste. Y, como podrás leer algún día, razones me sobran para envidiarte. Porque cuando todos te daban por muerto, seguiste peleando por el regalo de vida que nosotros malgastamos. Porque cuando te tengo entre mis brazos entiendo que no hay nada más maravilloso que vivir el día a día, y que no hay meta más bonita que la de dar continuidad a una semilla capaz de hacerse camino en la más agreste de las situaciones. Porque cuando tus ojos; aún limpios de conciencia me miran, soy consciente de un milagro de vida que nos lleva a la más triste de las involuciones. Porque sentir tus manitas apretando fuerte mis dedos rompen en mil pedazos el muro de madurez que tengo y me hacen sentir en el corazón el mismo cosquilleo de la primera cita y beso de portal. Porque en tus apenas 40 centímetros hay más vida que en mis casi dos metros. Porque tengo envidia no poder volver a ser niño, y verguenza de quejarme de una existencia a la que parece estamos condenados, cuando tú me enseñaste con tu lucha que ni todo el oro del mundo puede igualar el levantarse cada mañana y seguir disfrutando de la luz del Sol, del tazón de cereales y de la sonrisa de un niño.
Por todo ello, sobrino mío, no sé que nos deparará el futuro. Pero lo que sí quiero que quede claro es que no tienes ni un año, pero has aprobado con matrícula la primera asignatura más importante: la de la voluntad y ganas de vivir. Y por eso siempre tendrás aquí a tu tío. Y allí. Y donde lo necesites. Porque hacía años que no sentía mi corazón de esa manera, porque nadie puede hacerse a la idea del estremecimiento que me produce el juego de tus manos sobre los surcos de mi cara. Porque tu lucha será digna de un joven fuerte con ganas de vivir. Porque le has dado a este pobre escritor fracasado que es tu tío, un motivo más para sentir. Para escribir. Para vivir.




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12 de agosto de 2009

Bajo Tierra

Qué ilusos somos... Toda la vida intentando poner nombre al tercer Pilar de nuestra Fe; aquel con miles de nombres y poderes sobrenaturales, aquel al que recurrimos cuando la fe en nosotros mismos muere en la pasividad volitiva de nuestra fútil existencia, aquel al que todos recurrimos sin ver por nuestro miedo a la verdad. Una verdad que pasa por sentir el indescriptible dolor que inflinge el no saber si eres un vivo muriendo, o un muerto que sigue viviendo. El saber que ese ser superior no viene a darte la mano. El saber que tú ves a quién te vela, que oyes a quién susurra, que tu alma se rompe con los llantos de aquellos que te querían... y que sin embargo nadie lo sabe. Ni siquiera Dios. Nadie piensa que tú, encajonado en el estrecho cubículo del féretro en el que tu aseguradora no gastó ni la décima parte de todo lo que tú pudiste abonar en vida, puedes seguir viendo sin ojos, oír sin oídos y sentir sin corazón. Nadie pensó que podías sentir la sensación de agobio de aquel ataúd en el que tu cuerpo se encuentra maniatado, nadie pensó que podías ver cómo aquellos que pensabas te querían velan tu cuerpo deseando acabar con el trámite y repartir la carroña de todo aquello que dejaste en vida. Nadie lo pensó. Ni nadie lo pensará, hasta que le suceda.


Por todo ello no os agobiéis, seguid pensando en el cielo. Seguid pensando en las alas que os suban allá con vuestros seres queridos y en la músicas de cordófonos inundando los sentidos. Yo sólo sé que bajé, volviendo a la Tierra que me vio nacer, la Tierra que mis manos trabajaron y que ahora me acoge en su seno devorándome al son del chirrido que producen las cuerdas y las poleas que me bajan a la fosa. No fui malo. Nunca hice daño a nadie. Sé que dejo más paz y amor que problemas ocasioné. Y por eso sé que esto no es el infierno. Por esto sé que la muerte es otra mentira más y que el alma se condena por la eternidad a visionar en sesión continua la película de nuestra vida en este cruel sótano sin salida. Por eso me suenan a lluvia las Tierras caídas sobre el ataud. Por eso me estremezco con el crepitar de la madera al aguantar el peso de la sepultura. Por eso soy feliz sabiendo que dejo de oír a los vivos, y que nunca oiré a los otros muertos que, como yo, yacen esperando ilusos, quizá, el día en que debamos levantarnos.





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