14 de julio de 2009

Buscando la melodía

Recuerdo aquel 23 de Julio de 2009 como un caluroso día estival; incluso cuando las agujas del reloj habían marcado ya el sendero a seguir por el astro rey hacia su ocaso. En su lento perecer; había comenzado a teñir de anaranjado la inmensidad de la Avenida principal, proporcionando un dulce sabor vespertino a todo el entramado de calles de aquella ciudad que, al igual que un ser humano, sobrevivía por sus arterias principales llenas de comercios donde continuamente entraban y salían viandantes; hematocritos del sistema consumista que dejaban su oxígeno pecuniario en la multitud de órganos empresariales, sostenes a su vez de órganos más grandes que conformaban una de tantas metrópolis que el ser humano creó, para acabar ser devorado por ellas. En mitad de aquel trasiego de personas, unas tristes, otras alegres, siempre había una que resaltaba sobre las demás. Aquella Avenida, tantas veces recorrida por mí por ser el nexo entre mi casa y el trabajo, tenía la virtud de ser como un anuario de Instituto; donde poder observar cientos de fotos de carnet en las que reconocer a muchos de ellos, y conocer sólo a unos pocos.


Pero siempre había un rostro que resaltaba sobre los demás. Se trataba de una mujer. Una mujer la cual se encontraba siempre en el cuarto banco contando desde la entrada de mi casa. No podía llegar a acertar la profundidad de sus curvas, pues siempre la veía sentada. Tampoco sabía si era alta o baja, por idénticas razones. Solía tener el pelo enmarañado, media melena degradada y mal recortada en sus extremos. Su estética podía tildarse simple, con cierto aire retro pero limpio y refinado. Su rostro era algo redondo; con unos mofletes rosados que dejaban ver casi al trasluz su entramado sanguineo de arteriolas y vénulas, iluminados por dos potentes ojos grandes, oscuros, de una profundidad similar a la de cualquier sima abisal. Unos ojos en los que cada pestañeo podía robarte la razón y hacerte desear la muerte si con ese gesto no volvieras a verlos. Aún así, aquello no era lo que más llamaba la atención. Aquella chica, de edad no superior a los treinta años, llegaba siempre a la misma hora y, abriendo un aparatoso maletín, dejaba sacar una reluciente flauta travesera con la que tocaba siempre la misma melodía. No pedía dinero, o al menos eso parecía ya que escondía el maletín bajo el banco y no dejaba cartel ni gorra ni recipiente donde poder recoger limosna. Simplemente tocaba. Y me gustaba ver aquellos labios; leporinos, contactando suavemente con la boquilla del instrumento, sin llegar a mancillarlo, dejando desfilar el aire por entre sus conductos, transformando el aire de su interior en una fina melodía repetitiva, pero a la vez triste y sobrecogedora. Tanto, que aquel día decidí pararme y sentarme junto a ella. Esperé a que terminara aquel ritual diario y le dije:


- ¿ Puedes decirme por qué siempre tocas la misma canción ?.


Aquella chica colocó la flauta sobre su falda, y no sin tristeza dijo al aire:


- Tengo 25 años... Lo tengo todo en esta vida... Y sin embargo no soy feliz.

- ¿ Y por eso tocas siempre la misma canción ? - pregunté.

- No... Toco siempre la misma porque es la única que sé - comentó entre risas.- Mi vida se basa sólo en una melodía, la única que hay. Puede que no me guste, que me guste, o sólo lo haga por inercia. Eso sí, la toco bien. Como mi vida. No soy feliz haciendo lo que hago, aunque sé que debo seguir haciendo eso porque se me da bien. ¿ Entiendes ? - Inquirió como si le hubiera molestado aquella pregunta. En aquel momento, desde que me había sentado, clavó por primera vez su mirada en la mía. Podía nadar en aquella mirada de mar liso, perderme en el iris azabache plateado. Sentí el punzón de la verdad, del momento de la verdad, aquel que sólo sientes cuando las cosas que tantas veces piensas se convierten en actos, y los actos en consecuencias. Aparte la vista y, cruzando los dedos de las manos, le dije:

- Claro que te entiendo... Te pasa como todos... Todos tenemos una canción en esta vida que nos corresponde tocar. Pero una cosa es la canción que debes interpretar, y otra muy distinta la que debes sentir. Esa canción que tocas llevo oyéndola un mes. Todas las tardes desde que decidiste sentarte aquí. Y sí, como tú me dices, es la canción que tú sabes tocar, pero es la canción que yo llevo buscando toda la vida. Porque siempre me he sentido falto de la nota que dé color a mi existencia, de la canción que me haga sentir y me saque de la partitura diaria que debo interpretar. Y yo no sé tu anacrusa, ni tu nombre, ni nada respecto de tu vida. Sólo sé que llevo toda la vida buscando una melodía que tantas veces he creído encontrar, y que una vez que al fín oí; quisiera seguir escuchándola quién sabe si un mes más, un año más, o toda la vida.


Su respuesta fue simple. Sus ojos adquirieron un brillo aún más intenso y, mirándome fijamente, giró su torso hacia mi costado volviéndose a llevar la flauta a los labios y comenzó a tocar. En consonancia, giré mi cuerpo hacia ella y con la distancia entre ambos que la música permitía, dejamos transcurrir aquel concierto singular en el que ambos, aunque sólo fuera por aquella tarde, encontramos entre las notas de aquel instrumento, las letras de los sentimientos y los timbales del corazón una melodía donde poder reencontrarnos siempre.



6 comentarios:

Zuresh dijo...

una melodia en la cual poder reencontrarnos siempre...
buen final.
un texto cargado a la nostalgia, como el aroma de los dias después de la lluvia.
te felicito y me quedo por estos paisajes

te sigo!

sibenik dijo...

Un buen relato con un gran final. Hay música que te hace viajar en el tiempo. Un saludo

Anónimo dijo...

Con tu permiso, te corrijo algo: has cometido un galicismo en la segunda línea de tu texto cuando comentas eso de "el sendero a seguir". El uso de esa preposición, en ese caso concreto, es un calco del francés y, por ende, incorrecto. Serían correctas las formas "el sendero que hay que seguir" o "el sendero que se sigue", entre otras.

Al resto del texto o, mejor aún, al resto del blog, un diez.

Saludos

Alexander Moody dijo...

ANONIMO: Agradezco tu corrección. El dicho " Nunca te acostarás sin saber algo más ", se hace patente una vez más. Aunque considero algo menos "melódicas" las expresiones correctas, tomaré nota.

P.D: Gracias a los que visitáis el blog día a día. Escribo para vosotros.

Belén dijo...

La verdad es que la felicidad siempre es algo que no siempre va acompañada...

Besicos

horus dijo...

felicidades