23 de junio de 2009

Manos blancas

Imagina un amanecer cualquiera. Un día en que te levantas, quizás un poco más tarde, quizás un poco más temprano, pero finalmente lo consigues gracias a la madrugadora profesión de tu marido. Agradeces a Dios que puedes disfrutar de un amanecer más y, que aún con los ojos pegados, puedes verle a él; áquel que te acompaña cada día desde hace más de veinte años, seguir ese ritual de acicalamiento previo a una jornada más de trabajo. Piensas en que aún quedan un par de horas para comenzar tu jornada, y en que justo cuando él se vaya, comenzaran los niños a seguir el mismo camino en el que harán del único baño del domicilio un dominio por el que hacer valer la posición dominante de la casa. Entonces sonríes por unos segundos y vuelves a cerrar los ojos. Por suerte un día más eres la persona más felíz del mundo.


Esperas con los ojos cerrados, haciéndote la dormida, un beso de despedida de tu marido. Sientes el frescor del rostro recien afeitado, sus finos labios agarrando suavemente unos milímetros de tu mejilla y la estela que deja al separarse suavemente de tu cara mientras te da los buenos días. Seguro que sabes lo que significa: ligero esbozo de sonrisa unida a la suave percepción de ser engullida por el colchón de la cama. Felicidad. Por delante quedarán unas cuantas horas, hasta que nuevamente lo vuelva a ver. Noto cómo se viste. Que no se te olvide nada, cariño - susurro segura de que me está escuchando. La puerta de nuestro dormitorio se entorna. Nunca la deja cerrada para no hacer ruido, a pesar de saber que como siempre, no sigo dormida. Ruido de llaves. Hasta luego.


Otro día más sigues la misma rutina y, empiezas a dar vueltas en la cama. Es imposible que no te preocupes. Veinte años y nunca te acostumbras. Y quién diga que puede hacerlo está equivocado. Es imposible adaptarse a vivir en el miedo por el mero hecho de tener un marido que sacrifica su vida y salud por los demás en un lugar donde el miedo se traga a las palabras y el dolor a las conciencias. Pero tranquila. Nunca ha pasado nada. Así que no tiene por qué pasar. En este momento ya debe estar camino del trabajo. Ten cuidado mi amor.


Oyes fuerte estruendo, y casi simultáneamente, los cristales de la ventana se resquebrajan haciendo tambalear los rieles. No puedes evitar un fuerte sobresalto. El corazón late a la misma velocidad que el sonido de todas las alarmas disparadas por el ruido. Sin tiempo para reponerte, te acercas a la ventana. A unos 100 metros, a través de los cristales fracturados del ventanal, observas los restos de un coche en llamas. La explosión ha afectado a los vehículos colindantes, y puedes ver algunas personas haciendo aspavientos, corriendo de un lado a otro. Ahora es tu corazón el que se resquebraja. Aguantando las lágrimas coges el móvil de la mesita del dormitorio y marcas su número. Apagado o fuera de cobertura. El solía aparcar ahí siempre. Vuelve a la ventana. Ves llegar a más gente. Te tiemblan las piernas. Ya no ves nada. Las lágrimas te impiden tener la nitidez suficiente y la sangre, tan espesa, niebla cualquier resquicio de cordura. Te lo han matado. Lo sabes. Te lo han matado. Caes al suelo. Tus hijos llevan tiempo viendo lo mismo que tú. Ellos aún no saben nada. Y ojalá no lo supieran.


Ahora imagina que estás ahí, regodeándote de tu éxito, con las manos manchadas de sangre felicitándote por haber matado a un padre de familia. Alégrate mientras puedas, porque poco tiempo habrá hasta que otro ocupe su lugar, siguiendo su lucha diaria. Una lucha que no es contra ti, ni contra tu sistema. Una lucha que es por y para todos. Una lucha que cuesta salud, tiempo y a veces hasta relaciones. Una lucha que acabará dando con tu escondite y dejará a la luz tu cobardía.


Por eso imagina... O mejor no imagines...Ten la certeza. Llegará el día en que toda la sociedad os marque. Llegará el día en que muchos se quitarán la venda del miedo y gritarán basta. Llegará el día en que quedéis marcados y no tengáis más remedio que comprender que la solución no está en manchar vuestras manos de sangre. Llegará el día en que toméis conciencia de vuestra aplastante minoría. Llegará el día en que vuestras sombras sean manos. Manos blancas.




16 de junio de 2009

Oración


Que la sangre brotada de mis rodillas se confunda con el más agreste de los pisos donde deba arrastrarme. Que mis heridas cicatricen con la ponzoña de la yerma tierra, sólo para volverse a abrir con más virulencia. Que no sienta más dolor que el que tú me produces cuando la espalda me das; ignorando mi pesado reptar por las huellas que tus pies van dejando camino del olvido de mí, de todo lo que en su día fuimos, de la amnesia de lo nuestro.

Que mis huesos crepiten, luchando contra los límites de la física por conseguir algún milímetro más en esos dedos que intentan tocarte, llamar tu atención, conseguir que des un alto engañoso, una tregua al destino, una barrera al mar. Conseguir en definitiva engañarme y creer que lo nuestro no fue, sino sigue siendo.

Pero soy pecador. Tuve a mi lado un ángel, al que arranqué sus alas. Un ángel al que eliminé su polvo celestial con soplidos de indiferencia. Una mujer a la que envejecí por ignorancia, desprecié por hastío y humillé por hombría. Demasiado crimen para tan poca pena. Por ello aquí estoy, de rodillas ante ti, siguiendo el suave bamboleo de tus nalgas, la excelsa curvatura de tus caderas, la perfecta simetría de tus hombros. Soy reo de una rutina que me hizo olvidar lo maravilloso que era tenerte a mi lado, y ahora que esa monotonía muere siento apagar mi vida con ella.

Por todo ello, que sigas alejándote de mí. Que mis manos no se enreden más entre tus cabellos mientras libaba la miel de tus labios. Que mi cuerpo no pueda fundirse con el tuyo como en aquellas interminables noches de verano. Que mi voz no pueda pronunciar más tu nombre y que mis rodillas no paren nunca de sangrar. Y si algún día me levanto, que sus cicatrices sean el imborrable recuerdo de la diferencia que hay entre el amor ganado de un día, y el perdido de una eternidad.