6 de marzo de 2009

Seis letras

Tras unas pequeñas palabras, siempre llegaban grandes momentos de reflexión. Era la idea maquiavélica del cinismo. De la persona que trataba en el mínimo gasto de saliva acometer introducción, cuerpo y conclusión del discurso. Un fin al que no era necesarios más medios que los justos. Y no fue en vano, ya que de aquel silencio posterior quedaron grabadas sus anteriores palabras. Aún recuerdo la forma. El tono de voz. El timbre. La ausencia de emoción en cada gesto, cada sílaba de tan corta frase. Incluso me dio tiempo a contar las letras. Seis. Seis letras distribuidas de forma átona, sin más entonación que la proporcionada por las vísceras de su órgano fonético. Yermas en sentimiento. Recuerdo haberlas visto salir de su boca, ya que en ningún momento pude cruzar mirada alguna ni gesto que pudiere dotar de algún significado más a aquella concatenación fonética. Porque, para mí, sólo resultó ser eso. Letras convertidas a fonemas, fonemas convertidos a construcciones silábicas que a su vez alumbraron una frase paradójica; sin solución, sin posibilidad de rebate, ahogadas en una anomia kinésica impropia de la comunicación humana. Tan sólo palabras, vendidas al peso y estructuradas como escape al fin en sí.

Sin embargo, no sé si lo conseguiste, porque nunca supe tu fin. Sólo sé que tras internalizar tus palabras, comprendí que estuve todo el tiempo equivocado. Pensé que el barco adolecía de falta de potencia, cuando el agua llegaba a inundar la línea de flotación. Intenté por todos medios aligerar lastre sin darme cuenta que quizás, el problema se encontraba más allá de lo solucionable. Y fue oírte y me vi. Me vi hundiéndome con toda su estructura. Sin nadie a quién acudir. Sin posibilidad de achique. Sin más remedio que quedarme en la cabina a observar su inmersión, provocada por el lastre pesado que en mi pecho comenzó a notarse en el momento que tú, único cabo que lo sujetaba, pronunciaste esas dos palabras escondida tras una mirada baja y algún que otro flequillo negro azabache suelto. Y sin embargo, allí me quedé. Sin ningún por qué. Silencio, nada más. Espectador de tu indiferencia, verdugo de mi dignidad, comparsa de mi naufragio.

Y por ello no recuerdo nada. Tampoco lo que pasó después, aunque quizás no importe demasiado. Al final, yo salí. Siempre se sale. Y creo que tú también. Aún así, hay días que me despierto; con la mirada perdida y el sudor ahogándome la frente. Trato de convencerme. Quizás fue una larga pesadilla. Uno de esos sueños que duran una eternidad y acaban en un segundo. Pero no. Fue un vil, despiadado, mezquino resumen de una relación en la que siempre quedaré con la certeza de tu total falta de ética. La ética de la valentía de la que muchos, incluido yo, tuve que tirar para decirle a la otra persona sin más excusa ni explicación aquellas seis letras. Seis letras lapidarias. Seis letras que resumen todo amor en un fin. O al menos el fin que tú quisiste grabar.

Lo dejo.