11 de enero de 2009

Su recién adquirida soledad.

No había otra cosa que más le gustase que observar al atardecer cómo moría la actividad del puerto. El trasiego de contenedores, vehículos, personas, ideas, comercios y algún que otro animal despistado presumiendo algún excedente de última hora caído dejaba paso a la tranquilidad. Solos él y la intimidad de su interior. Una intimidad conformada de evacuaciones mentales contaminadas entre el rumor de la mar en calma golpeando los muros de los diques. Era como si con cada chasquido herrumbroso de los anclajes, cada chirrido envenenado de la fuerza barométrica con la que el líquido elemento asaltaba los vetustos cascos de los cargueros, cada sonido hermético que se confundía entre los graznidos suaves de alguna osada gaviota aún no recogida entre los tejados de los silos, en definitiva, cada pequeña perturbación de aquel silencio mustio se convertían en sus oídos en música paliativa de sus cancerosos pensamientos. Pensamientos tardíos, enajenados, inconexos y recurrentes que acababan siempre en el punto de partida por el que cada tarde, al caer el Sol al mar, volvía a pasear humedad en contra por el frío dique de Levante.




En aquellos segundos malditos de silencio volvía a aparecerse ella. La misma que trajo la felicidad a su vida en cada soplo de amor, en cada beso, en cada leve apertura de piernas; para posteriormente arrancarlo de cuajo; llevándose entre sus dedos manchados de sangre lo poca cordura conservada y abandonando la raigambre podrida, inseminando la soledad en el yermo páramo de su psique. Entonces, y sólo entonces, notaba flaquear sus antaño fuertes piernas, doblegándose al peso del dolor. No podía ser que alguien tan fuerte como él, alguien que nunca sintió la derrota en su vida podía ser aplastado por el fantasma de lo que fue, y nunca volverá a ser. Su respiración se hacía cada vez más rápida, entrecortada, sintiéndose engullido por la soledad portuaria y la oscuridad cirniente. Otra vez había sucumbido. Como cada tarde.


Se sentó a los pies del dique, dejando sus pies al vacío los cuales parecían tomar contacto con el agua proporcionándole una tensa ilusión de flotación sobre la misma. No podía calmarse. No podía olvidar. No podía olvidarla. Allí dónde solo podían verse las rocas teñidas por el rojo reducto solar del ocaso podía verse junto a ella, mirándola en la cama dormida después de hacer el amor. Y aquello le compungía el rostro hasta sentir verguenza de sí mismo. Tragó saliva a duras penas y se tapó la cara con ambas manos, sintiendo el roce de los vendajes que en ambas muñecas tapaban su vergonzoso fallido intento de terminar con aquella tragicomedia en la que su existencia se transformó. Sin embargo, y aún casi perdiendo el alma en el esfuerzo dejó aflorar lágrimas, otra vez. Lágrimas que acabaron enjugándose en los vendajes, empapando hasta el fresco corte transversal y sazonando la herida hasta provocarle el más humillante de los escozores. La ética de la cobardía reflejada en un par de incisiones asimétricas que apenas llegaron a seccionar alguna que otra vénula maltrecha por la deficiente circulación de retorno.


Cuando levantó la vista, junto a él, pudo ver; como si fuere a través de una vidriera, una pequeña silueta que se encontraba a su lado. Pasó las manos por sus ojos; frotando las mejillas para limpiar sus ojos y poder observar como se había acostado junto a él un pequeño cachorro. No era más que un perro, no más grande que la mitad de su antebrazo, con graciosas orejas pequeñas que le caían sobre la faz, casi tapando sus negros ojos. De color marrón, con la cola a medio crecer y signos de extravío que le habían llevado hasta el calor del único cuerpo humano que yacía por aquella zona. Lo cogió con ambas manos y observándolo detenidamente, el animal se dejó suavemente dominar de forma que lo puso en su regazo. Una pequeña luz en su camino. Quizás no eran tan díficil ver cosas por las que merecía la pena resurgir. Un cachorro perdido, la luz que te golpea violentamente cada mañana por entre las rendijas de la persiana, la sonrisa de los niños jugando en el patio, una pareja de jóvenes enamorados que no conocen más que la inocencia de un beso y los juegos de mano sobre la ropa, la llamada de los amigos,... Cómo había estado tan ciego. Cómo no había podido darse cuenta antes que quizás el problema no estaba en sus cartas, sino en la forma de jugar la partida. Por ello debía intentar seguir fuerte y, aunque mañana estuviera en el Puerto otra vez con la excusa del silencio, quizás mañana sería el día en el que al levantarse pudiera verlo todo de otro color. Quizás estuviera equivocado, o quizás aquello no fue más que una ilusión provocada por la conmovodera sensación de su canino coincidente sentimental. Pero habría que intentarlo.


Se reincorporó como pudo y, con el cachorro entre sus brazos, se dirigió a la salida rumbo a la soledad de su hogar. Había pensado en dejar al animal en algún almacen de por allí, pero no podía hacer otra cosa para agradecérselo que darle una vida en su hogar. No en vano, quizás así la soledad se mitigara. Y mientras conservara en su retina aquellos ojos negros, profundos, semitapados por aquellas dos graciosas orejas, no se acordaría de su recien adquirida soledad.


" Quizás no podáis cambiar las cartas, pero sí la forma de jugarlas "

5 comentarios:

Alexander Moody dijo...

Perdonadme la basura de entrada. La he hecho para desahogarme del examen que tengo mañana. :P

Besos a los que aún confiaís en mí.

La Luna, La Estrella... y el Mar dijo...

Coooomo que basura, por dios ni en broma digas eso... Preciosa entrada dirás, a mi al menos me ha encantado como todo lo que escribes, que me doy un paseo por aquí cada día esperando algo nuevo y nunca derfaudas... al menos a mi NO!!!
Ya se te volvía a echar de menos!!
Gracias una vez más por compartir ese Don con los que te seguimos :D
Y totalmnt deacuerdo contigo, hay que saber jugar mejor y no lamentarnos tanto, sino intentar ver en que hemos fallado para no volver a caer...
Besoooooooooooos!!!!!!

Dr.Benway dijo...

¿Para cuando una entrada de bukkakes?

La Luna, La Estrella... y el Mar dijo...

No veas si se te echa d menos :''''''''''''''(((
Por q tanto abandonamientoooo joooo

Soy Elisa, la pesá :(

Un Besoteee!!! ^^

Castigadora dijo...

Un placer volver a leerte como siempre

Saludos