24 de diciembre de 2009

Maellus Maleficarum

Aunque la noche había cubierto con su espeso manto de oscuridad la totalidad de la aldea; ésta tenía una inusual vida desde el inicio del ocaso. Los apenas cien habitantes de aquella pequeña villa hoy no dormían; agolpados todos en la pequeña plaza como cucarachas; harapientos, malolientes, ávidos de curiosidad unos y de malicia otros, esperando el desenlace de aquella situación. Por ello murmuraban, hablaban entre ellos resultando tener cada uno una historia referente a lo sucedido. Ahora todos evidenciaban haber tenido problemas con ella, contándolo aterrados a vecinos con los que anteriormente nunca llegaron a intercambiar palabra, sin obtener más respuesta que un triste asiento con la cabeza. Ahora podían explicarse que Dios no podía haber creado semejante ser y que todo no era más que la obra maestra de aquel que yacía en la oscuridad. Y por eso todos murmuraban, no sin miedo. Pero lo hacían.
Aquel murmullo quedó herido de muerte al erigirse por encima un fuerte alarido de mujer. Se hizo el silencio en la plaza. Pronto aparecieron dos alguaciles; ataviados con abombadas polainas y botas de cuero marrón bien altas. Iban apartando a la gente, abriendo camino hasta el epicentro de aquella plaza cuadrangular. No entendían nada. Su deber era despejar el camino, y ellos lo cumplían. Al precio que fuere. Iban golpeando niños, mujeres, ancianos. Tras ellos, avanzaban penosamente otros dos alguaciles más, los cuales arrastraban con gruesas cadenas por la tierra un cuerpo. Al paso a través de la muchedumbre ésta se sobrecogía y santiguaba repetidas veces. Las madres tapaban los ojos a sus hijos más pequeños. Aquel cuerpo intentaba levantarse, pero era su debilidad tal que acababa siendo arrastrada por sus dos guardianes entre pausados gemidos de dolor. Los alguaciles, a cada gemido, contestaban con un fuerte tirón de los grilletes, sin dirigirle mirada al cautivo. También podía olerse el miedo en ellos, al igual que en toda aquella gente que se santiguaba bajo soportales a los cuales habían cubierto con sangre fresca de animal realizando inscripciones apenas legibles.
Una vez en el centro de la plaza llegaron 8 alguaciles más que acordonaron la zona central; donde se encontraba una pira de madera con un mástil central. Se hizo un absoluto silencio. Los dos guardianes subieron el cuerpo al mástil y lo ataron. Cuando bajaron de la pila un súbito murmullo de sobrecogimiento inundó el lugar. Frente a todos se encontraba un cuerpo de mujer desnudo, sucio; lleno de costras producidas por la mezcla de sangre y tierra. En muchas zonas de su cuerpo faltaban trozos de piel arrancados a jirones, de igual forma que su pelo había sido cruelmente arrancado a trozos desde el cuero cabelludo. Sus pechos; henchidos de pus por la infección que le había producido la extracción de sus pezones, le daban un aspecto grotesco, ligeramente suavizado por el verde mar de sus ojos; aún abiertos, sin querer rendirse aún a la muerte. El murmullo iba convirtiéndose por momentos en griterío, hasta que uno de los alguaciles levantó la mano y gritó: “ Aldeanos; he aquí la prueba irrefutable de la condición demoniaca de ésta mi hija; bruja donde las haya”, señalando a su pubis, el cual había sido afeitado y lacerado en todas direcciones. “ He aquí la evidencia de haber fornicado con el mismísimo Diablo”.
Volvió a hacerse el silencio. Ordenó el orador con un gesto al resto de alguaciles, los cuales volvieron a subirse a la pira e impregnaron su cuerpo de alquitrán. Aquella niña empezó a llorar, implorando a su padre clemencia. El jefe inquisidor asistía impertérrito a las plegarías de su hija. Los alguaciles que bajaron pasaban frente a él asintiéndole con la cabeza, invitándole a que fuera fuerte, a que no cayera en aquella trampa del Diablo pues su hija no yacía en aquel cuerpo propiedad del mismo Samael.
El gentío comenzaba a excitarse. Quizás el olor de la muerte les embriagaba. Cada vez eran más difíciles de controlar. Aquella mujer destrozada; antaño la hija del jefe de alguacilería de la aldea, apenas guardaba fuerza en su maltrecho cuerpo de catorce años. Intentaba hacer fuerza con los pies para no yacer colgando del mástil, ya que el peso del cuerpo oprimía su diafragma al dejarse caer haciéndole casi imposible la respiración; ya dificultosa de por sí al tener todo el cuerpo embadurnado en el mismo alquitrán que la hacía resbalar por entre las maderas que le servían de soporte. Pudo observar como un niño saltó el control de aquellos hombres acercándose a la pila. En sus ojos verdes fotografió aquella expresión; aquella cara infantil mirándola desde abajo, mezcla de miedo y curiosidad. El niño se agachó, y agarrando un guijarro, lo lanzó contra ella impactando en su cabeza. ¡Bruja! – gritó. Y acto seguido empezaron a llover piedras contra su maltrecho cuerpo entre los insultos de la turba.
El jefe dio la orden y prendieron fuego a la pila. El alquitrán hizo de conductor e inmediatamente su cuerpo comenzó a consumirse pasto de las llamas. A pesar de no tener fuerzas, gritaba de pavor. Sabía que su sufrimiento; que comenzó con varios días de tortura hasta que tuvo que confesarse bruja para que la dejaran de martirizar, no acabaría allí. Su muerte sería la puerta al más profundo de los infiernos donde seguiría ardiendo por toda la eternidad. Sólo porque a su edad, fue más bella que los demás.
Cuando su vida se apagó, aún seguían escuchándose los insultos de la muchedumbre, mientras su padre contaba con el clérigo los chelines pagados por la iglesia como premio a la ejecución. Una bruja más había caído bajo el martillo implacable de la Iglesia.

16 de octubre de 2009

Claro de Luna



Un día más, la jornada laboral de Lucía tocaba a su fin. Abandonó su delantal en una vetusta taquilla y, en apenas minutos, dejó semidesnudo su pálido torso para dar paso al vestido largo que solía usar a diario; sobrio, de un sólido color gris y ligeramente escotado, parecido al que las películas antiguas solían vender com uniformidad de institutriz. Sintió cierta repulsión al embutirse en él; notando el atasco de la tela al rozar con el aceite de fritanga que su piel almacenaba tras diez horas metida en aquella cocina. Liberó una a una las seis horquillas que recogían su pelo, dejando caer tantos mechones marchitos de un pelo rubio que vivió épocas mejores, y sin perder más tiempo cogió el sobre de la paga marchando del restaurante por la puerta de atrás.
Su nombre era luz. O al menos eso le decía su madre cuando era una rolliza niña de ojos verdes e inmaculada tez adornada por la sonrojez propia de la actividad de las arteriolas en ambas mejillas. Ella fue la luz de la casa en una familia que no tuvo más hijos, la hija única de un orgulloso padre que en silencio sufría cinco años de viudedad y el zahiriente castigo de ver en ella la fotografía de la joven mujer que no cumplió su promesa de compañía eterna. Por ello necesitaba aquel trabajo de mierda, que la condenaba a ser luz en la oscuridad de la noche, a pesar de sentir un pánico atroz hacia la oscuridad. La misma oscuridad que embargaba aquel callejón de cuatrocientos cincuenta y ocho baldosas y dos calles ciegas a cada lado. Así, cuando salía por aquella mugrienta calleja, sólo miraba al final de la misma, donde las luces resguardaban la Avenida Principal del reino de las sombras. Cogía aire, miraba al frente, y ocupaba su mente contando una a una las filas de baldosas; simuladas sobre el cemento, hasta llegar a la salida. Una simple operación aritmética que la evadía de aquel sucio pasillo lleno de orina, de repletos cubos de basura sin recoger, de juegos de sombras que recordaban al mismísimo Diablo, de paredes negras y lisas que se erigían hasta la altura que aquellos megalómanos arquitectos dieron a aquellas moles de cemento de cincuentasiete pisos y de espesa niebla que emanaba de las alcantarillas producidas por la reacción térmica de la conjunción de las aguas residuales con el ambiente frío del subsuelo urbano.

Su corazón parecía aquella madrugada latir con menos fuerza. Apenas lo sentía golpear en su pecho. Intentaba no pensar en nada. Solo contar. Cincuenta seis. Cincuenta siete. Cincuenta y ocho. Algo pasa. Los órganos son gobernados por el cuerpo, pero tienen alma propia. Y su corazón había puesto en alerta al resto. Era el miedo. Ese miedo inodoro que se huele, esa sensación de alerta que despierta el más primario de los instintos. Setenta y siete, setenta y ocho, Setenta y nueve. Sus ojos dejaron de mirar al suelo para enfrentar la salida del agujero. Las paredes se iban estrechando cada vez más. El vapor de las alcantarillas se hacía más denso y parecía no desaparecer. Su paso se aceleraba. No así su pulso. Dejó de contar para sí. Ciento treinta cientotreinta y uno cientotreinta y dos cientotreinta y tres. Su mano derecha se asió a la cruz de oro que protegía su pecho. Sus ojos iban perdiendo el verde mar del iris en favor de sus pupilas, dilatadas al máximo. Ya quedaba menos para salir. Incluso podía distinguir los destellos de los vehículos que cruzaban la Avenida y dejaban verse por fracciones de segundo desde el callejón. Doscientos veintiuno doscientos veintidós doscientos veintitrés.

Supuestamente había cruzado ya el callejón. Porque no podía haber sido de otra manera. Porque de otro modo lo habría visto. Porque así no habría sentido aquel brazo que rodeaba su cuello, ni haber sido mancillada por aquel vello infecto que aprisionó su garganta con violencia. Sintió su corazón cambiar repentinamente de marcha, al tiempo que sus mejillas ardían y notaba la lucha del torrente sanguineo por atravesar aquella hoja metálica que sin cercenarla, había aprisionado su yugular. Ahora entendía lo que era un presentimiento. Ahora que no podía analizarlo. Ahora que su cuerpo sólo guardaba fuerzas para moverse violentamente y gritar, aunque fuere en vano. Ninguna ventana daba a aquellos callejones. Pero aún así gritaba. Porque no podía hacer otra cosa. Aguantar el fuerte golpe de su cuerpo contra aquel cubo de basura, aquella extremidad virulenta que ayudaba a sus piernas a bloquear las mías, las laceraciones producidad por el elástico de la ropa interior al ser arrancada y la humillación de aquel miembro penetrando en su ser sin poder hacer otra cosa que intentar seguir gritando.

Aquel suplicio acabó como empezó. Semilla purulenta resbalando por su entrepierna, un golpe seco y una ligera sensación de calor en el cuello. Y el mundo se paró. No pudo verlo. Estaba volando. Sus talones giraron hacia atrás. No podía adivinar si caía o fue empujada. El caso es que el mundo parecía moverse, y no ella. Otro golpe seco. Cayó de espaldas. Las lágrimas que inundaban sus ojos se desbocaron hacia las orejas. Ya no sentía calor en las mejillas. Su cuello estaba inundado en sangre. Sentía el cálido afluente sanguineo correr por todo su cuello. Apenas tenía fuerzas. Había sido degollada. Su vista parecía nublarse. Nunca se había dado cuenta que a pesar de los rascacielos podía verse la luna; tan pálida como ella. Alzó la mano para intentar cogerla. Su mano ensangrentada, de espeso contraste con la blancura de su piel. Cara a cara. Lucía, y la única luz de aquella noche que en venganza decidió llevársela. La última luz que sus ojos verían. Su último resuello fueron para dos lágrimas que recorrieron en medio segundo su cara hasta confundirse con el charco de sangre que la acunaba. Doscientos. Cincuenta. Y dos.




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13 de octubre de 2009

15:11

Cuando abrió los ojos, aún permanecía en estado de hibernación. Era una sensación molesta, a la que nunca uno podía acostumbrarse por muchos ensayos realizados en base. De forma similar a las mioclonías; su cerebro recuperaba antes que el cuerpo la consciencia y, a pesar de dirigir todo su empeño en recuperar la gobernabilidad del sistema nervioso central, no conseguía mover un solo músculo. No debía desesperar. Poco a poco iba sintiendo ligeros hormigueos que iban ascendiendo desde sus extremidades al tronco. Al tiempo que aquella chispa vital iba consumiendo su cuerpo, el vello de la piel se erizaba, sus pezones se endurecían en vergonzante sensación y podía nuevamente tragar saliva. Su funcionalidad era casi total, aún a pesar de sentir un ligero mareo. Colocó ambas manos frente a sí, observando primeramente ambos dorsos para a continuación, a modo de ritual, voltear ambas a la vez para quedarse observando sus palmas. Así volvía a sentirse viva. Tapándose la cara, notando la fría temperatura de las mismas, en contraste con el resto de su cuerpo. Extendió su mano derecha a lo largo del habitáculo y pulsó el botón. La cápsula se llenó de gas al tiempo que iniciaba la secuencia de apertura. Cerró los ojos. Sus oídos no habían perdido capacidad. Podía sentir el incómodo deslizar de los mecanismos de apertura, el estridente sonido del sistema hiperbárico que igualaba la presión con el exterior, y el posterior silencio de la nave que volvía a gobernar seis meses después.
Todo seguía en su sitio. En el puente de mando se encontraba su segundo de a bordo; Miguel; Capitán auxiliar de vuelo de la Agencia Espacial Europea. Había despertado antes. Al verla, olvidó todo tipo de formalismo y se dirigió a ella por su nombre:
- Silvia… Hemos llegado.
Los ojos de Silvia estaban vidriosos. Le costaba trabajo aguantar las lágrimas. La expedición que ella comandaba había llegado al planeta destino. A través de los ventanales del puente de mando podía observar la turbia atmósfera del satélite, bajo un abigarrado cielo gris lleno de fenómenos eléctricos. Sólo con la mirada, ambos se enfundaron el traje de paseo, ayudándose mutuamente en la colocación del equipo de respiración autónoma. Silvia; aún emocionada, miraba el parche del brazo derecho del traje. “ E.S.A.”, “Misión xxxxx”. La misión más importante de la humanidad; en la que varias generaciones habían trabajado, sufrido, y muerto. Una misión a la que ella tuvo la suerte de comandar y que quizás estaba tocando a su fin en pleno 2209. Un proyecto conjunto de todas las Agencias Espaciales mundiales y a las que, de entre todos los pilotos cualificados para ello, tuvo que tocarles en suerte a dos españolitos criados entre pasillos y corredores. Miguel seguía con su silencio. El silencio del miedo.
Cuando abrieron la escotilla, comprobaron que existía gravedad. La nave se había posado hacía unas tres semanas en aquella gran llanura; uniforme, sin accidente geográfico alguno. Tan sólo algunos remolinos de polvo enturbiaban aquella perfecta simetría geográfica con el horizonte. Miguel accionó uno de los mecanismos del traje para tomar lecturas del ambiente. Aparentemente todo normal. Silvia se alejó unos metros buscando un lugar donde emplazar un sistema de transmisiones que pudiera emitir señales a la ESA. No podía creer que estaban siendo los primeros en pisar aquella yerma superficie en misión espacial. Miguel seguía tomando lecturas.
Pero algo hizo de repente detenerse a Silvia. Quedó petrificada, muda, impávida ante lo que estaba viendo. Miguel; que se encontraba a unos 300 metros de ella, inquirió su estado:
- Mi comandante, ¿ le pasa algo?
- Miguel… Es maravilloso.
- ¿ Maravilloso el qué; Silvia?. Es un planeta, como otro cualquiera.
- No. Es maravilloso. Esto sólo lo había visto en libros. Mi abuelo sólo lo había visto en libros, y puede que mi tatarabuelo conociese de esto por leyendas. Pero yo lo he visto…porque... este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado... - respondió con la voz entrecortada, enjugándose las lágrimas.Al oír tal declaración, Miguel corrió hacia el emplazamiento de su compañera. Al llegar hacia ella, observó su faz, sus ojos perdidos en un punto fijo del suelo al tiempo que las lágrimas empañaban el cristal de la escafandra. Intentó seguir la mirada de su compañera intentando averiguar qué le había producido tal colapso, hasta que aquella imagen heló su sangre también. Sólo pudo musitar un suave “Dios mío...”.
Ante ellos, se erigía entre dos piedras exultante una margarita rodeada de varios tréboles. Era el comienzo de un pequeño vergel yacente ante ellos. Quién sabe si aquello llevaba allí cincuenta años creciendo o no. El caso es que tuvieron que pasar ciento cincuenta años para que la humanidad, postergada a un sinfín de estaciones espaciales, pudiera volver a realizar una expedición a la Tierra que, por su ignorancia y dejadez, tuvieron que abandonar para siempre. Ahora sabían que podrían volver, que la vida volvía, aunque fuera en sus formas más simples, a poblar el planeta, y que con la biotecnología existente, podían volver a hacer de aquel planeta un sitio donde volver a empezar. Un sitio donde, como hijos pródigos, volver y rendir cuentas ante la madre Tierra; aquella a la que se ignoró cuando comenzó a dar señales de cansancio, aquella que nos enseñó que nuestros actos de ayer, fueron la herencia del mañana.
Silvia y Miguel volvieron a base tras instalar los sistemas de comunicación. Miguel ya había preparado su hibernación. Silvia seguía aún conmocionada. La operación 15:11, la parábola del hijo pródigo según rezaba el evangelio de San Lucas en aquel pasaje, había sido un éxito. Preparó el informe y lo dejó listo para transmisión del informe final...

“ Planeta Tierra en perfectas condiciones para la regeneración… Formas de vida existentes y aire respirable... Condiciones climatológicas aún adversas. Podemos volver a casa…”



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13 de agosto de 2009

Jesus

Siempre me consideré un tipo duro. Una persona a la que la vida ha enseñado de todo y que, de no ser por esta ansia de contar cosas a través de la palabra, seguramente habría perdido todo norte hasta yacer en la sima de la cordura. Por mis ojos han pasado tristes imágenes sobre las que durante días he exudado hasta la última gota de humanidad que podía quedarme oculta en el cuerpo. Y todo por no perder la impasibilidad que de tan burda manera me empeño en reflejar. Me engaño al pensar que mis mejillas son secos torrentes que no ven lágrimas desde que cumplí los dieciocho, y que mis hombros son las plañideras donde amigos, familia y todo aquel que lo ha necesitado encontró su apoyo en aquellos duros momentos. Una persona a la que gusta escuchar y que, más allá de las tempestades que pueda sufrir en su interior después, aguanta cual Titán las olas en busca de una luz que al menos le haga saber que el Puerto está cercano.


Pero todo Titán tiene su Némesis, y acabé vencido ante ti. Sin haber luchado. Y no hizo falta. Sólo sé que nuestras miradas se cruzaron, y aunque sé que no me mirabas sin saber ni lo que soy, me venciste. Jamás comprenderé por qué alguien como tú me enseñó más que cualquier profesor de universidad, más que cualquier día de mi agitada vida, más que cualquier libro de firme doctrina. Tú, un simple recién llegado, débil, dependiente y molesto. Una persona que llegaste tres meses antes. Cuando nadie te esperaba, cuando nadie te había invitado a la fiesta y que, aún sabiendo que tenías todas las de perder frente a este mundo voraz y cruel, luchaste hasta entrar en la vida que bien mereciste. Y, como podrás leer algún día, razones me sobran para envidiarte. Porque cuando todos te daban por muerto, seguiste peleando por el regalo de vida que nosotros malgastamos. Porque cuando te tengo entre mis brazos entiendo que no hay nada más maravilloso que vivir el día a día, y que no hay meta más bonita que la de dar continuidad a una semilla capaz de hacerse camino en la más agreste de las situaciones. Porque cuando tus ojos; aún limpios de conciencia me miran, soy consciente de un milagro de vida que nos lleva a la más triste de las involuciones. Porque sentir tus manitas apretando fuerte mis dedos rompen en mil pedazos el muro de madurez que tengo y me hacen sentir en el corazón el mismo cosquilleo de la primera cita y beso de portal. Porque en tus apenas 40 centímetros hay más vida que en mis casi dos metros. Porque tengo envidia no poder volver a ser niño, y verguenza de quejarme de una existencia a la que parece estamos condenados, cuando tú me enseñaste con tu lucha que ni todo el oro del mundo puede igualar el levantarse cada mañana y seguir disfrutando de la luz del Sol, del tazón de cereales y de la sonrisa de un niño.
Por todo ello, sobrino mío, no sé que nos deparará el futuro. Pero lo que sí quiero que quede claro es que no tienes ni un año, pero has aprobado con matrícula la primera asignatura más importante: la de la voluntad y ganas de vivir. Y por eso siempre tendrás aquí a tu tío. Y allí. Y donde lo necesites. Porque hacía años que no sentía mi corazón de esa manera, porque nadie puede hacerse a la idea del estremecimiento que me produce el juego de tus manos sobre los surcos de mi cara. Porque tu lucha será digna de un joven fuerte con ganas de vivir. Porque le has dado a este pobre escritor fracasado que es tu tío, un motivo más para sentir. Para escribir. Para vivir.




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12 de agosto de 2009

Bajo Tierra

Qué ilusos somos... Toda la vida intentando poner nombre al tercer Pilar de nuestra Fe; aquel con miles de nombres y poderes sobrenaturales, aquel al que recurrimos cuando la fe en nosotros mismos muere en la pasividad volitiva de nuestra fútil existencia, aquel al que todos recurrimos sin ver por nuestro miedo a la verdad. Una verdad que pasa por sentir el indescriptible dolor que inflinge el no saber si eres un vivo muriendo, o un muerto que sigue viviendo. El saber que ese ser superior no viene a darte la mano. El saber que tú ves a quién te vela, que oyes a quién susurra, que tu alma se rompe con los llantos de aquellos que te querían... y que sin embargo nadie lo sabe. Ni siquiera Dios. Nadie piensa que tú, encajonado en el estrecho cubículo del féretro en el que tu aseguradora no gastó ni la décima parte de todo lo que tú pudiste abonar en vida, puedes seguir viendo sin ojos, oír sin oídos y sentir sin corazón. Nadie pensó que podías sentir la sensación de agobio de aquel ataúd en el que tu cuerpo se encuentra maniatado, nadie pensó que podías ver cómo aquellos que pensabas te querían velan tu cuerpo deseando acabar con el trámite y repartir la carroña de todo aquello que dejaste en vida. Nadie lo pensó. Ni nadie lo pensará, hasta que le suceda.


Por todo ello no os agobiéis, seguid pensando en el cielo. Seguid pensando en las alas que os suban allá con vuestros seres queridos y en la músicas de cordófonos inundando los sentidos. Yo sólo sé que bajé, volviendo a la Tierra que me vio nacer, la Tierra que mis manos trabajaron y que ahora me acoge en su seno devorándome al son del chirrido que producen las cuerdas y las poleas que me bajan a la fosa. No fui malo. Nunca hice daño a nadie. Sé que dejo más paz y amor que problemas ocasioné. Y por eso sé que esto no es el infierno. Por esto sé que la muerte es otra mentira más y que el alma se condena por la eternidad a visionar en sesión continua la película de nuestra vida en este cruel sótano sin salida. Por eso me suenan a lluvia las Tierras caídas sobre el ataud. Por eso me estremezco con el crepitar de la madera al aguantar el peso de la sepultura. Por eso soy feliz sabiendo que dejo de oír a los vivos, y que nunca oiré a los otros muertos que, como yo, yacen esperando ilusos, quizá, el día en que debamos levantarnos.





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19 de julio de 2009

Orgasmo y Soledad

Allí me encontraba, inerte desde que miré por penúltima vez el reloj. Yacente sobre el sudoroso lecho dejando cubrir con aquella sábana parte de mi desnudo torso. Los brazos en cruz; triste ramal del perenne árbol en que me había convertido, abarcando la inmensidad de aquella sucia cama de motel, mostraba como único fruto un vaso con algunos hielos moribundos que terminaron por diluir el pequeño resto de alcohol sobrante. Mis ojos; perdidos en la inmensidad del techo de aquel cubículo, perseguían el pequeño ventilador pendiente del techo en su movimiento de rotación. Intentaba no pensar en él, aunque no había un sólo momento en que mi oído derecho dejase de prestar atención al teléfono móvil; único compañero fiel de cama, bolso y noches en vela que me quedaba.


Era un cabrón. Lo sabía. Pero un cabrón que me hacía vibrar en cada segundo. Y por ello no podía dejar de pensar en él. No podía dejar de sentir sus dedos hollando la superficie de mis hombros, al tiempo que con su lengua recorría el eléctrico sendero que unía el oído con el cuello. Podía sentir como ácido su saliva, corroyendo el más pequeño atisbo de decencia que pudiera quedarme en el cuerpo, sintiendo ese denso escalofrío que llegaba hasta el dedo gordo de mis pies. Y así perdía el control, acompañando su mano hasta mis pechos, rallando el dorso de sus palmas con la fortaleza de los erectos pezones, bajando por el estrecho canal que ofrecía la turgencia de mis senos hasta el monte de venus donde allí, dejaba su mano libre. Libre de sentir el calor que desprendía mi sexo, libre de juguetear con el vello de mi pubis; segado en forma de estrecho camino hacia donde él desataba su líbido. Y ahí me hacía vibrar, hacerme suya, entregarme hasta el punto de ahogar mis gritos subconscientes que suplicaban la más aberrante de las sodomías. Me hacía sentir que el corazón bajaba, notando latir fuertemente aquello que su miembro deseaba. Y, aunque la razón me decía que debía jugar mis cartas y disfrutar del momento, acababa derramándome de placer, sintiendo tres de sus dedos dentro de mí a la vez que con sus labios mordisqueaba suavemente mis pezones.


Nave a la deriva. Cuaderno de bitácoras en blanco. Náufraga en el mar del sexo por el sexo, siempre acababa con él cerrando mi mente y abriendo mis piernas. Me entregaba al violento compás de su zona lumbar sobre mi pelvis, taladrándome una y otra vez. Sin besos. Sin palabras. Sólo mirarnos el uno al otro en una lucha interna por ver quién llegaba antes al orgasmo, provocando el mismo con miradas fijas en las que se podía leer tanto lo que él quería hacer, como lo que yo quería que me hiciese. Todo. Y cuando él se venía, acelerando su frenético vaivén, lo apretaba contra mí para no dejar escapar ni gota; atenazando su delgado torso entre mis muslos. A él le gustaba. Pero a mí me volvía loca. Era la sensación de controlar lo que controlaba, aunque fuera por aquel instante. El único instante que lo necesitaba. El único en el que podía asegurar que era mío.


Hoy no ha llamado. Rompo a llorar. Aún mi cuerpo se estremece y las piernas me tiemblan. Hoy mis dedos han sido los suyos. Mi deseo ha sido su fuerza y mi desinhibición su orgasmo. Lo he sentido tan cerca que casi pude notar su semilla regando mi pubis. Pero no. No me queda más que el rancio olor a genitales sudados en mi mano y la sensación de haber mojado la cama como si volviera a tener tres años. Poca diferencia si lo reconsidero. Prefiero orgasmo y soledad, a soledad...y orgasmo.




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14 de julio de 2009

Buscando la melodía

Recuerdo aquel 23 de Julio de 2009 como un caluroso día estival; incluso cuando las agujas del reloj habían marcado ya el sendero a seguir por el astro rey hacia su ocaso. En su lento perecer; había comenzado a teñir de anaranjado la inmensidad de la Avenida principal, proporcionando un dulce sabor vespertino a todo el entramado de calles de aquella ciudad que, al igual que un ser humano, sobrevivía por sus arterias principales llenas de comercios donde continuamente entraban y salían viandantes; hematocritos del sistema consumista que dejaban su oxígeno pecuniario en la multitud de órganos empresariales, sostenes a su vez de órganos más grandes que conformaban una de tantas metrópolis que el ser humano creó, para acabar ser devorado por ellas. En mitad de aquel trasiego de personas, unas tristes, otras alegres, siempre había una que resaltaba sobre las demás. Aquella Avenida, tantas veces recorrida por mí por ser el nexo entre mi casa y el trabajo, tenía la virtud de ser como un anuario de Instituto; donde poder observar cientos de fotos de carnet en las que reconocer a muchos de ellos, y conocer sólo a unos pocos.


Pero siempre había un rostro que resaltaba sobre los demás. Se trataba de una mujer. Una mujer la cual se encontraba siempre en el cuarto banco contando desde la entrada de mi casa. No podía llegar a acertar la profundidad de sus curvas, pues siempre la veía sentada. Tampoco sabía si era alta o baja, por idénticas razones. Solía tener el pelo enmarañado, media melena degradada y mal recortada en sus extremos. Su estética podía tildarse simple, con cierto aire retro pero limpio y refinado. Su rostro era algo redondo; con unos mofletes rosados que dejaban ver casi al trasluz su entramado sanguineo de arteriolas y vénulas, iluminados por dos potentes ojos grandes, oscuros, de una profundidad similar a la de cualquier sima abisal. Unos ojos en los que cada pestañeo podía robarte la razón y hacerte desear la muerte si con ese gesto no volvieras a verlos. Aún así, aquello no era lo que más llamaba la atención. Aquella chica, de edad no superior a los treinta años, llegaba siempre a la misma hora y, abriendo un aparatoso maletín, dejaba sacar una reluciente flauta travesera con la que tocaba siempre la misma melodía. No pedía dinero, o al menos eso parecía ya que escondía el maletín bajo el banco y no dejaba cartel ni gorra ni recipiente donde poder recoger limosna. Simplemente tocaba. Y me gustaba ver aquellos labios; leporinos, contactando suavemente con la boquilla del instrumento, sin llegar a mancillarlo, dejando desfilar el aire por entre sus conductos, transformando el aire de su interior en una fina melodía repetitiva, pero a la vez triste y sobrecogedora. Tanto, que aquel día decidí pararme y sentarme junto a ella. Esperé a que terminara aquel ritual diario y le dije:


- ¿ Puedes decirme por qué siempre tocas la misma canción ?.


Aquella chica colocó la flauta sobre su falda, y no sin tristeza dijo al aire:


- Tengo 25 años... Lo tengo todo en esta vida... Y sin embargo no soy feliz.

- ¿ Y por eso tocas siempre la misma canción ? - pregunté.

- No... Toco siempre la misma porque es la única que sé - comentó entre risas.- Mi vida se basa sólo en una melodía, la única que hay. Puede que no me guste, que me guste, o sólo lo haga por inercia. Eso sí, la toco bien. Como mi vida. No soy feliz haciendo lo que hago, aunque sé que debo seguir haciendo eso porque se me da bien. ¿ Entiendes ? - Inquirió como si le hubiera molestado aquella pregunta. En aquel momento, desde que me había sentado, clavó por primera vez su mirada en la mía. Podía nadar en aquella mirada de mar liso, perderme en el iris azabache plateado. Sentí el punzón de la verdad, del momento de la verdad, aquel que sólo sientes cuando las cosas que tantas veces piensas se convierten en actos, y los actos en consecuencias. Aparte la vista y, cruzando los dedos de las manos, le dije:

- Claro que te entiendo... Te pasa como todos... Todos tenemos una canción en esta vida que nos corresponde tocar. Pero una cosa es la canción que debes interpretar, y otra muy distinta la que debes sentir. Esa canción que tocas llevo oyéndola un mes. Todas las tardes desde que decidiste sentarte aquí. Y sí, como tú me dices, es la canción que tú sabes tocar, pero es la canción que yo llevo buscando toda la vida. Porque siempre me he sentido falto de la nota que dé color a mi existencia, de la canción que me haga sentir y me saque de la partitura diaria que debo interpretar. Y yo no sé tu anacrusa, ni tu nombre, ni nada respecto de tu vida. Sólo sé que llevo toda la vida buscando una melodía que tantas veces he creído encontrar, y que una vez que al fín oí; quisiera seguir escuchándola quién sabe si un mes más, un año más, o toda la vida.


Su respuesta fue simple. Sus ojos adquirieron un brillo aún más intenso y, mirándome fijamente, giró su torso hacia mi costado volviéndose a llevar la flauta a los labios y comenzó a tocar. En consonancia, giré mi cuerpo hacia ella y con la distancia entre ambos que la música permitía, dejamos transcurrir aquel concierto singular en el que ambos, aunque sólo fuera por aquella tarde, encontramos entre las notas de aquel instrumento, las letras de los sentimientos y los timbales del corazón una melodía donde poder reencontrarnos siempre.



23 de junio de 2009

Manos blancas

Imagina un amanecer cualquiera. Un día en que te levantas, quizás un poco más tarde, quizás un poco más temprano, pero finalmente lo consigues gracias a la madrugadora profesión de tu marido. Agradeces a Dios que puedes disfrutar de un amanecer más y, que aún con los ojos pegados, puedes verle a él; áquel que te acompaña cada día desde hace más de veinte años, seguir ese ritual de acicalamiento previo a una jornada más de trabajo. Piensas en que aún quedan un par de horas para comenzar tu jornada, y en que justo cuando él se vaya, comenzaran los niños a seguir el mismo camino en el que harán del único baño del domicilio un dominio por el que hacer valer la posición dominante de la casa. Entonces sonríes por unos segundos y vuelves a cerrar los ojos. Por suerte un día más eres la persona más felíz del mundo.


Esperas con los ojos cerrados, haciéndote la dormida, un beso de despedida de tu marido. Sientes el frescor del rostro recien afeitado, sus finos labios agarrando suavemente unos milímetros de tu mejilla y la estela que deja al separarse suavemente de tu cara mientras te da los buenos días. Seguro que sabes lo que significa: ligero esbozo de sonrisa unida a la suave percepción de ser engullida por el colchón de la cama. Felicidad. Por delante quedarán unas cuantas horas, hasta que nuevamente lo vuelva a ver. Noto cómo se viste. Que no se te olvide nada, cariño - susurro segura de que me está escuchando. La puerta de nuestro dormitorio se entorna. Nunca la deja cerrada para no hacer ruido, a pesar de saber que como siempre, no sigo dormida. Ruido de llaves. Hasta luego.


Otro día más sigues la misma rutina y, empiezas a dar vueltas en la cama. Es imposible que no te preocupes. Veinte años y nunca te acostumbras. Y quién diga que puede hacerlo está equivocado. Es imposible adaptarse a vivir en el miedo por el mero hecho de tener un marido que sacrifica su vida y salud por los demás en un lugar donde el miedo se traga a las palabras y el dolor a las conciencias. Pero tranquila. Nunca ha pasado nada. Así que no tiene por qué pasar. En este momento ya debe estar camino del trabajo. Ten cuidado mi amor.


Oyes fuerte estruendo, y casi simultáneamente, los cristales de la ventana se resquebrajan haciendo tambalear los rieles. No puedes evitar un fuerte sobresalto. El corazón late a la misma velocidad que el sonido de todas las alarmas disparadas por el ruido. Sin tiempo para reponerte, te acercas a la ventana. A unos 100 metros, a través de los cristales fracturados del ventanal, observas los restos de un coche en llamas. La explosión ha afectado a los vehículos colindantes, y puedes ver algunas personas haciendo aspavientos, corriendo de un lado a otro. Ahora es tu corazón el que se resquebraja. Aguantando las lágrimas coges el móvil de la mesita del dormitorio y marcas su número. Apagado o fuera de cobertura. El solía aparcar ahí siempre. Vuelve a la ventana. Ves llegar a más gente. Te tiemblan las piernas. Ya no ves nada. Las lágrimas te impiden tener la nitidez suficiente y la sangre, tan espesa, niebla cualquier resquicio de cordura. Te lo han matado. Lo sabes. Te lo han matado. Caes al suelo. Tus hijos llevan tiempo viendo lo mismo que tú. Ellos aún no saben nada. Y ojalá no lo supieran.


Ahora imagina que estás ahí, regodeándote de tu éxito, con las manos manchadas de sangre felicitándote por haber matado a un padre de familia. Alégrate mientras puedas, porque poco tiempo habrá hasta que otro ocupe su lugar, siguiendo su lucha diaria. Una lucha que no es contra ti, ni contra tu sistema. Una lucha que es por y para todos. Una lucha que cuesta salud, tiempo y a veces hasta relaciones. Una lucha que acabará dando con tu escondite y dejará a la luz tu cobardía.


Por eso imagina... O mejor no imagines...Ten la certeza. Llegará el día en que toda la sociedad os marque. Llegará el día en que muchos se quitarán la venda del miedo y gritarán basta. Llegará el día en que quedéis marcados y no tengáis más remedio que comprender que la solución no está en manchar vuestras manos de sangre. Llegará el día en que toméis conciencia de vuestra aplastante minoría. Llegará el día en que vuestras sombras sean manos. Manos blancas.




16 de junio de 2009

Oración


Que la sangre brotada de mis rodillas se confunda con el más agreste de los pisos donde deba arrastrarme. Que mis heridas cicatricen con la ponzoña de la yerma tierra, sólo para volverse a abrir con más virulencia. Que no sienta más dolor que el que tú me produces cuando la espalda me das; ignorando mi pesado reptar por las huellas que tus pies van dejando camino del olvido de mí, de todo lo que en su día fuimos, de la amnesia de lo nuestro.

Que mis huesos crepiten, luchando contra los límites de la física por conseguir algún milímetro más en esos dedos que intentan tocarte, llamar tu atención, conseguir que des un alto engañoso, una tregua al destino, una barrera al mar. Conseguir en definitiva engañarme y creer que lo nuestro no fue, sino sigue siendo.

Pero soy pecador. Tuve a mi lado un ángel, al que arranqué sus alas. Un ángel al que eliminé su polvo celestial con soplidos de indiferencia. Una mujer a la que envejecí por ignorancia, desprecié por hastío y humillé por hombría. Demasiado crimen para tan poca pena. Por ello aquí estoy, de rodillas ante ti, siguiendo el suave bamboleo de tus nalgas, la excelsa curvatura de tus caderas, la perfecta simetría de tus hombros. Soy reo de una rutina que me hizo olvidar lo maravilloso que era tenerte a mi lado, y ahora que esa monotonía muere siento apagar mi vida con ella.

Por todo ello, que sigas alejándote de mí. Que mis manos no se enreden más entre tus cabellos mientras libaba la miel de tus labios. Que mi cuerpo no pueda fundirse con el tuyo como en aquellas interminables noches de verano. Que mi voz no pueda pronunciar más tu nombre y que mis rodillas no paren nunca de sangrar. Y si algún día me levanto, que sus cicatrices sean el imborrable recuerdo de la diferencia que hay entre el amor ganado de un día, y el perdido de una eternidad.

17 de mayo de 2009

Sentir

Alice abrió los ojos. Parpadeó varias veces, alternando ejercicios con los párpados para reforzar su despertar y captar la poca luz que entraba por la entrada. El suave aleteo de sus largas pestañas invadió la oscura estancia en la que se encontraba, alborotando la quietud y tranquilidad de la misma. Alzó ambas manos, tropezando apenas unos centímetros sobre su cabeza. Se trataba de un cubículo estrecho, sin duda. Sin pensar en nada, en un acto ya mecanizado por su cuerpo, reptó hacia aquella pequeña estrella de luz que provenía del exterior. No comprendía por qué se encontraba allí, y mucho menos por qué le restaba importancia. Aquel cubículo era frío, de paredes ásperas por las que rezumaba humedad y con tramos en los que ni ella misma entendía cómo había sido capaz de llegar hasta semejante covacha. Podía notar sus piernas y brazos curtidas en batallas, apostilladas heridas que volvían a abrirse en cada centímetro avanzado, palmas y yemas de dedos y pies protegidas por una costra labrada a base de suciedad y endurecimientos. Aún así, ni sentía frío, ni tenía síntoma alguno de tumefacción en sus extremidades. Por no tener, no tenía ni hambre. Era una extraña sensación de encontrarse en lo más alto de la pirámide motivacional; aunque sentía la falta de un peldaño. Se sentía sola. Aquello aceleró su reptar por entre las oquedades de la gruta. Apareció la necesidad. La necesidad de salir.
La ventaja de aquella distancia entre donde se encontraba y la salida era simple. No necesitó acomodar su vista. Cuando alcanzó la salida, sus ojos ya estaban plenamente acostumbrados a la luz. Colocó ambas manos a los lados de los bordes y empujó hacia fuera. La angostura de aquel lugar dio a luz a una mujer que; pese a toda la suciedad que acumulaba, irradiaba una belleza sin par. Lentamente se puso en pie y observó aquel paraje. No lo había visto en su vida. A su espalda una enorme pared de piedra; similar a la de un acantilado, había hecho las veces del vientre materno que la vio nacer. Frente a ella, un verde pasto poblado de árboles que parecía no tener fin devorado en lontananza por una espesa niebla. Mirase donde mirase, no veía ni un centímetro cuadrado de tierra. Era lo más parecido a un tapete. Sin desniveles, sin resaltes, sin piedras. Sólo hierba simétrica, a la altura de su planta, de forma que al pisarla apenas escondía sus pies. Decidió avanzar movida por la curiosidad lentamente, intentando sentir el agradable tacto de la hierba húmeda bajo sus supuestamente maltrechos pies. Imposible. Ya podía pisar mil charcos, si los hubiere, que no podía sentir nada salvo aquella soledad antes mencionada. Conforme avanzaba, el cielo se iba oscureciendo hasta que rompió con un estruendo seco. Ni se inmutó. Siguió su lento caminar. Acto seguido una lluvia torrencial hizo acto de presencia, enjugando su moreno cabello. El agua; de forma torrencial, recorría su cuerpo desde el cabello hasta los tobillos. Alice se paró. Miró hacia el cielo y cerró los ojos. Intentaba sentir la lluvia repiqueteando sobre su frente. Tampoco lo conseguía. Hizo un cuenco con sus manos, y tal como era la intensidad del agua caída, en breve conseguía llenarlo para vaciarlo sobre su cara, en un vano gesto de captar el frescor de aquel torrente de vida eventual. El agua iba limpiando su cuerpo, arrastrando oscuros torrentes de suciedad por entre el eventual canal de sus turgentes senos. Alice sólo llevaba un camisón; ancho y desvencijado, raído por su parte inferior de forma que podía apreciarse su sexo, cosa que igualmente tampoco le importaba. Ahora mismo imaginaba que aquel torrente lavaba tanto aquel andrajoso ropaje como su piel, perdiéndose en la infinitud de su monte de Venus, provocando pequeños hilos marrones que iban desapareciendo conforme la suciedad era arrastrada desde aquellas cotas superiores dejando paso a aquella hermosura sin par que poseía. Rostro liso, terso, iluminado por dos preciosas esmeraldas verdes por las que contemplaba atónita el mundo que allí la rodeaba. Pelo moreno; cual azabache acotado en un escalonamiento desarreglado de peluquería barata. Curvas de vértigo empapadas de aquel eventual lavatorio, pezones como pequeñas guindas de brillante y apetitosa cereza que quedaban marcados sobre el cada vez más blanco camisón desgarrado, que a su vez quedaba adherido a su firme y modelado vientre. Cuando la fuerza del agua amainó, cerró los ojos y mordió suavemente su labio inferior, dejándolo escapar al ralentí en un gesto que haría derretirse al más fiel de los hombres. Ahora sí sentía una leve sensación de frescor que le producía un pudoroso brote de placer. Sentía la necesidad de apretar su entrepierna, de sentir piel con piel por donde sólo los adultos saben describir, en definitiva de ser amada. Colocó sus brazos sobre la cintura y, reponiéndose de aquella sensación, desistió de seguir caminando hacia la tiniebla. Quizás con aquel gesto se había sentido un poco más viva, y mañana sería otro día.
Encaminó sus pasos nuevamente hacia el lugar de donde partió. Apenas serían unos cien metros. Una eternidad para ella. Ya no se sentía mojada, ya no sentía placer, ya no sentía esa necesidad de abrirse cual flor primaveral a los tientos de la carne trémula y pecaminosa. Dio dos pasos y se paró. Sentía que algo la llamaba desde la tiniebla. Escuchaba su nombre. Alice. Alice. Varias veces Alice. Era una voz conciliadora, tranquila. Una voz que invitaba a girar nuevamente y encaminarse hacia donde la primera intención le llevaba. Aquella voz le producía calor. Sentía el calor de aquella voz en su mano, sintiéndose protegida. Sonrió. Se sentía feliz, y aquello quería hacerlo eterno. No es fácil sentirse feliz cuando no se siente nada. Disfrutaba, y, aunque seguía sola en aquel lugar, decidió no moverse de aquellos 30 centímetros cuadrados, por si al seguir caminando perdía aquel momento. Había dejado de llover. Un Sol radiante vestía aquel instante de felicidad con claridad. Notaba resbalar lágrimas de felicidad que se secaban al segundo por arte de magia. Tenía aquello un precio tan alto... Lo acabó decidiendo. Algún día iría a buscar aquella voz. Y no volvería a aquella cueva, jamás.

No sé si Alice me escucha. Pero siempre que llego a la habitación me acerco, cojo su mano y pronuncio su nombre. El médico dice que hoy ha notado mejoría en sus constantes vitales, y que aquel coma profunda va remitiendo. Hoy, mientras la enfermera la lavaba, me ha parecido hasta que era feliz con ello. ¡ Si hasta la hemos visto de llorar mientras yo le cogía la mano!. El médico dice que no tenemos que hacernos esperanzas, que quizás haya llorado porque el ojo necesitaba limpiarse… vamos, una reacción causal más que un acto voluntario. Pero no estaba de acuerdo. Los médicos saben de vísceras, de órganos, de medicamentos. Yo sé de Alice. De mi mujer. La que hace meses cerró los ojos para no volverlos a abrir. Y allí estaría, porque la conocía. Y sabía que le gustaba sentirse acompañada, vivir cada segundo, sentir cada momento. Por ello, aunque los médicos dijeran que aquello era inútil, que no era consciente de lo que le rodeaba, yo seguiría a su lado. Seguiría secando sus lágrimas cada vez que las viera aflorar, seguiría asistiendo a la enfermera en su aseo diario, seguiría pronunciando su nombre y cogiendo su mano durante horas interminables. Porque si su estado era como "un muerto en vida"; allí estaría él. Porque un muerto lo es menos, mientras pueda sentir.


10 de abril de 2009

Closer

En el zoom más intenso que puede haber entre dos personas, allá donde la más mínima imperfección cobra el protagonismo, quedé mudo. Notaba el reloj pararse por un instante, olvidando que tenía tus manos agarradas por las muñecas en un gesto de rabia incontrolada. Ahí pude comprobar las mil razones por las que compartí contigo quince años con sus ciento ochenta meses y sus cinco mil cuatrocientos setenta y cinco días. Tus ojos sobre los míos, impávidos, estremeciendo los cimientos de mi cordura con su fijación, poniendo a prueba la resistencia del muro de mi mentira. Y no comprendí por qué un minutos antes discutíamos acalarodamente. No comprendí cómo te dirigiste a mí con las manos enervadas en gesto desencajado mientras vociferabas por mil cosas. No comprendí por qué mi mano derecha impactó en tu mejilla al tiempo que te insulté de forma sohez y zahiriente... No lo comprendí, hasta que vi en tus pupilas el reflejo de mis ojos; mentirosos, ladinos, víctimas del alcohol y de esta vida tan asquerosa que me tocó vivir. Entonces comprendí que no era fruto más que de mi fracaso, ahogado en el whisky solo de la tasca más cercana al lugar del trabajo y envenenado por el sudor de la secretaría con la que exudaba el más salvaje semen que contigo me avergonzaba derramar.

Y tus ojos lo sabían. Sabían de mis múltiples infidelidades. De mis múltiples fracasos. De mi paulatina destrucción. Y por eso no dejaban de mirarme en aquellos eternos segundos de la misma forma. Con pena. Con incredulidad. Con el miedo de, a pesar de ser lo que soy, temer verse solos algún día sin nadie a los que humillar. No hay discurso más claro que el silencio. Por eso, cuando la primera lágrima se quemó en la rojez de tu mejilla vil maltratada por mi propia decepción no tuve más remedio que abrazarte. Abrazarte y comprender que, aunque siga siendo el despojo que arrastre de bar en bar y de mujer en mujer toda mi mediocridad, seguiré sin comprender que aún tengo en casa el regazo al que acogerme, la botella en la que ahogarme, el amor que quince años desperdicié.


7 de abril de 2009

La prisión

La habitación se encontraba, como siempre a aquellas horas, vacía. Un habitáculo pequeño, individual, como el de todas las prisiones malolientes donde encerraban a los Agentes secretos. Después de tanto tiempo internado, su estatus era el de un prisionero con rango, tanto que incluso su vigilancia había dejado ya de pasar las noches junto a él a petición propia, si bien los fines de semana era inevitable observar la cansada efigie de su carcelera intentando descansar en un maltrecho sofa de sky situado a la derecha de su cama. Cosa que, si bien no era de su agrado, tenían el lado positivo de ser las únicas noches en las que Manuel podía jugar a las adivinanzas; intentando averiguar qué era lo que realmente pasaba por la cabeza de su vigilante. Incluso había noches que podía seguir despierto hasta que el sueño terminara por vencer toda resistencia para que entonces, y sólo entonces, poder aprovechar todo su entrenamiento de supervivencia. Se recostaba y acercaba tímidamente la mano a la frente de aquella mujer para ver si era posible robar algún recuerdo suyo que le hiciera volar más allá de la celda 513 sin que el Jefe de aquella estancia se enterase. Las cosas normales de toda persona que llevaba ya dos años contados de cautiverio. El único prisionero de aquel centro, recogido entre algodones, mimado hasta la saciedad, con todo lo accesible a su mano. Excepto la libertad.

Aquella noche de Abril Manuel; agente secreto, seguía sin tener sueño. Pasó una mala tarde como siempre que le ponían las inyecciones de quiminosequé, y luego le costaba dormir. Se asomó a la ventana. Vacío, tristeza. Como todas las prisiones secretas, ésta se hallaba alejada de la ciudad, y justo enfrente tenía un pequeño patio de columpios aislado; el cual recordaba perfectamente ya que el primer día, cuando fue engañado y conducido hasta allí, quedó prendado de la armonía de sus bastidores y la simetría de aquellos hierros cruzados que conformaban aquel conjunto de toboganes, trapecios y balancines. Manuel los miró con tristeza y volvió a su cama, sentándose en el mismo borde. Quedó pensativo, al margen de todo lo que le rodeaba durante unos instantes y suspiró. Se calzó las zapatillas de estar por casa y levantándose, corrió al sofá de sky donde estaba el batín rayado de la prisión. Era hora de escapar.
El Manuel temeroso se había transformado, y parecía listo para escapar de la prisión y cumplir la misión. Avanzó hacia la puerta y, suspirando, la abrió. Salió al pasillo. Fuera se encontraban los malos. Debía esquivarlos. Anduvo por los pasillos de la planta, hasta encontrar las escaleras. Antes, miró los carteles por si se perdía y debía volver a la base. Planta de On..de On.... Quién sabe qué demonios le habrían hecho en aquel lugar. No era ni capaz de leer ese nombre. Tomó aire, y se aventuró a bajar las escaleras. Su cuerpo se encontraba pesado. Debía realizar un último esfuerzo y sería libre.

Al llegar a la planta baja se asomó. Había vigilancia. Y estaba desarmado. Pero no había otra opción. Manuel salió corriendo, advirtiendo su presencia a todos los carceleros de la planta baja que inmediatamente comenzaron a chillarle, pidiéndole a gritos que se parara. Pero Manuel no paró. Salió fuera sin oposición, y riéndose, alcanzó aquel patio de columpios. Entonces se arrodilló, y alzando las manos, miró al cielo. Un cielo sin nubes, estrellado, limpio. Sabía que lo volverían a coger, pero por unos instantes respiró el aire puro del exterior.

Y con eso le valía.

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- " Bueñas noches Señora Martín; le llamamos desde el Hospital Funes... "
- " Buenas noches... Ha vuelto a escaparse, ¿no? "
- " Emmm... Sí... Ha vuelto a escaparse y... ha llegado hasta la calle...
- " ¿ Como?...( enojada). Vamos a ver. ¿ Me está diciendo que un niño de diez años enfermo de cáncer, que no puede salir y por el cual pagamos treinta mil euros al año ha conseguido salir hasta la calle ?
- Bueno... Sí... Y de verdad que lo sentimos señora, ha sido un fallo imperdonable que no se volverá a repetir"...

6 de marzo de 2009

Seis letras

Tras unas pequeñas palabras, siempre llegaban grandes momentos de reflexión. Era la idea maquiavélica del cinismo. De la persona que trataba en el mínimo gasto de saliva acometer introducción, cuerpo y conclusión del discurso. Un fin al que no era necesarios más medios que los justos. Y no fue en vano, ya que de aquel silencio posterior quedaron grabadas sus anteriores palabras. Aún recuerdo la forma. El tono de voz. El timbre. La ausencia de emoción en cada gesto, cada sílaba de tan corta frase. Incluso me dio tiempo a contar las letras. Seis. Seis letras distribuidas de forma átona, sin más entonación que la proporcionada por las vísceras de su órgano fonético. Yermas en sentimiento. Recuerdo haberlas visto salir de su boca, ya que en ningún momento pude cruzar mirada alguna ni gesto que pudiere dotar de algún significado más a aquella concatenación fonética. Porque, para mí, sólo resultó ser eso. Letras convertidas a fonemas, fonemas convertidos a construcciones silábicas que a su vez alumbraron una frase paradójica; sin solución, sin posibilidad de rebate, ahogadas en una anomia kinésica impropia de la comunicación humana. Tan sólo palabras, vendidas al peso y estructuradas como escape al fin en sí.

Sin embargo, no sé si lo conseguiste, porque nunca supe tu fin. Sólo sé que tras internalizar tus palabras, comprendí que estuve todo el tiempo equivocado. Pensé que el barco adolecía de falta de potencia, cuando el agua llegaba a inundar la línea de flotación. Intenté por todos medios aligerar lastre sin darme cuenta que quizás, el problema se encontraba más allá de lo solucionable. Y fue oírte y me vi. Me vi hundiéndome con toda su estructura. Sin nadie a quién acudir. Sin posibilidad de achique. Sin más remedio que quedarme en la cabina a observar su inmersión, provocada por el lastre pesado que en mi pecho comenzó a notarse en el momento que tú, único cabo que lo sujetaba, pronunciaste esas dos palabras escondida tras una mirada baja y algún que otro flequillo negro azabache suelto. Y sin embargo, allí me quedé. Sin ningún por qué. Silencio, nada más. Espectador de tu indiferencia, verdugo de mi dignidad, comparsa de mi naufragio.

Y por ello no recuerdo nada. Tampoco lo que pasó después, aunque quizás no importe demasiado. Al final, yo salí. Siempre se sale. Y creo que tú también. Aún así, hay días que me despierto; con la mirada perdida y el sudor ahogándome la frente. Trato de convencerme. Quizás fue una larga pesadilla. Uno de esos sueños que duran una eternidad y acaban en un segundo. Pero no. Fue un vil, despiadado, mezquino resumen de una relación en la que siempre quedaré con la certeza de tu total falta de ética. La ética de la valentía de la que muchos, incluido yo, tuve que tirar para decirle a la otra persona sin más excusa ni explicación aquellas seis letras. Seis letras lapidarias. Seis letras que resumen todo amor en un fin. O al menos el fin que tú quisiste grabar.

Lo dejo.


11 de enero de 2009

Su recién adquirida soledad.

No había otra cosa que más le gustase que observar al atardecer cómo moría la actividad del puerto. El trasiego de contenedores, vehículos, personas, ideas, comercios y algún que otro animal despistado presumiendo algún excedente de última hora caído dejaba paso a la tranquilidad. Solos él y la intimidad de su interior. Una intimidad conformada de evacuaciones mentales contaminadas entre el rumor de la mar en calma golpeando los muros de los diques. Era como si con cada chasquido herrumbroso de los anclajes, cada chirrido envenenado de la fuerza barométrica con la que el líquido elemento asaltaba los vetustos cascos de los cargueros, cada sonido hermético que se confundía entre los graznidos suaves de alguna osada gaviota aún no recogida entre los tejados de los silos, en definitiva, cada pequeña perturbación de aquel silencio mustio se convertían en sus oídos en música paliativa de sus cancerosos pensamientos. Pensamientos tardíos, enajenados, inconexos y recurrentes que acababan siempre en el punto de partida por el que cada tarde, al caer el Sol al mar, volvía a pasear humedad en contra por el frío dique de Levante.




En aquellos segundos malditos de silencio volvía a aparecerse ella. La misma que trajo la felicidad a su vida en cada soplo de amor, en cada beso, en cada leve apertura de piernas; para posteriormente arrancarlo de cuajo; llevándose entre sus dedos manchados de sangre lo poca cordura conservada y abandonando la raigambre podrida, inseminando la soledad en el yermo páramo de su psique. Entonces, y sólo entonces, notaba flaquear sus antaño fuertes piernas, doblegándose al peso del dolor. No podía ser que alguien tan fuerte como él, alguien que nunca sintió la derrota en su vida podía ser aplastado por el fantasma de lo que fue, y nunca volverá a ser. Su respiración se hacía cada vez más rápida, entrecortada, sintiéndose engullido por la soledad portuaria y la oscuridad cirniente. Otra vez había sucumbido. Como cada tarde.


Se sentó a los pies del dique, dejando sus pies al vacío los cuales parecían tomar contacto con el agua proporcionándole una tensa ilusión de flotación sobre la misma. No podía calmarse. No podía olvidar. No podía olvidarla. Allí dónde solo podían verse las rocas teñidas por el rojo reducto solar del ocaso podía verse junto a ella, mirándola en la cama dormida después de hacer el amor. Y aquello le compungía el rostro hasta sentir verguenza de sí mismo. Tragó saliva a duras penas y se tapó la cara con ambas manos, sintiendo el roce de los vendajes que en ambas muñecas tapaban su vergonzoso fallido intento de terminar con aquella tragicomedia en la que su existencia se transformó. Sin embargo, y aún casi perdiendo el alma en el esfuerzo dejó aflorar lágrimas, otra vez. Lágrimas que acabaron enjugándose en los vendajes, empapando hasta el fresco corte transversal y sazonando la herida hasta provocarle el más humillante de los escozores. La ética de la cobardía reflejada en un par de incisiones asimétricas que apenas llegaron a seccionar alguna que otra vénula maltrecha por la deficiente circulación de retorno.


Cuando levantó la vista, junto a él, pudo ver; como si fuere a través de una vidriera, una pequeña silueta que se encontraba a su lado. Pasó las manos por sus ojos; frotando las mejillas para limpiar sus ojos y poder observar como se había acostado junto a él un pequeño cachorro. No era más que un perro, no más grande que la mitad de su antebrazo, con graciosas orejas pequeñas que le caían sobre la faz, casi tapando sus negros ojos. De color marrón, con la cola a medio crecer y signos de extravío que le habían llevado hasta el calor del único cuerpo humano que yacía por aquella zona. Lo cogió con ambas manos y observándolo detenidamente, el animal se dejó suavemente dominar de forma que lo puso en su regazo. Una pequeña luz en su camino. Quizás no eran tan díficil ver cosas por las que merecía la pena resurgir. Un cachorro perdido, la luz que te golpea violentamente cada mañana por entre las rendijas de la persiana, la sonrisa de los niños jugando en el patio, una pareja de jóvenes enamorados que no conocen más que la inocencia de un beso y los juegos de mano sobre la ropa, la llamada de los amigos,... Cómo había estado tan ciego. Cómo no había podido darse cuenta antes que quizás el problema no estaba en sus cartas, sino en la forma de jugar la partida. Por ello debía intentar seguir fuerte y, aunque mañana estuviera en el Puerto otra vez con la excusa del silencio, quizás mañana sería el día en el que al levantarse pudiera verlo todo de otro color. Quizás estuviera equivocado, o quizás aquello no fue más que una ilusión provocada por la conmovodera sensación de su canino coincidente sentimental. Pero habría que intentarlo.


Se reincorporó como pudo y, con el cachorro entre sus brazos, se dirigió a la salida rumbo a la soledad de su hogar. Había pensado en dejar al animal en algún almacen de por allí, pero no podía hacer otra cosa para agradecérselo que darle una vida en su hogar. No en vano, quizás así la soledad se mitigara. Y mientras conservara en su retina aquellos ojos negros, profundos, semitapados por aquellas dos graciosas orejas, no se acordaría de su recien adquirida soledad.


" Quizás no podáis cambiar las cartas, pero sí la forma de jugarlas "