3 de octubre de 2008

Mi primera vez

La primera vez que lo hice me sentí extraño. Recuerdo que fue en la parte trasera de su coche. Ya de por sí iba incómodo. Mi padre; puro ejemplo del déspota que hizo del "fascies lictorae" su vara de adoctrinamiento, ya me golpeó varias veces por el hecho de ser recogido por ella. Y aunque conseguía esconderme, una vez montado en su vehículo y ser recepcionado por aquellos besos cálidos, seguía pensando en esa mirada firme de mi progenitor; cinturón en mano, esperándome despierto.


Pero aquella noche era especial. Llevábamos ya varios días pensándolo. Los dos teníamos apenas veinte años, y si bien habíamos tenido ya nuestros roces y calentones juveniles sobre ropa, ambos queríamos más. Había llegado el momento de hacerlo y no sentirnos esos bichos raros que traspasada la veintena no habían sucumbido aún a los placeres de la carne. Debía ser aquella noche, y con aquella intención íbamos.


Recuerdo que llegamos a aquel lugar apartado sobre la medianoche. En la radio sonaban canciones melódicas, lentas, románticas, todo provocado por la absurda manía de ella en convertir aquel momento en algo especial e inolvidable. Aunque para mí, a pesar de ser la primera vez, no sería más que el polvo iniciático de una deseable larga carrera de aventuras sexuales. Ningún coche nos rodeaba. Su condición para estar más tranquilos. No valía estar rodeado de otros amantes ocasionales. El vaho comenzaba a inundar los cristales y permaneciendo cada uno en su asiento, comenzamos a tocarnos. Como siempre, en apenas dos minutos me encontraba completamente excitado. Era de gatillo fácil. Una vez que me sentía en disposición, era díficil pararme a pesar de los intentos de ella por decelerar la situación. Seguía devorándola a besos por el cuello, por la boca, bajando por el escote e introduciendo mi lengua suavemente por la zona que la ropa dejaba a la vista de su escote. Al mismo tiempo, sus manos me acariciaban todo el cuerpo, recogiéndolas para dirigirlas al miembro. No en vano, era lo único que me interesaba. Que directamente me sobreexcitase.


Entonces ella abandonó su puesto de conducción para subirse sobre mí y dejar que la falda se recogiese sobre sus muslos. Ahora podía sentir el calor de su entrepierna sobre la mía, cosa que me hacía perder aún más la cabeza. Lentamente bajó la cremallera de mi pantalón y la sacó, rozándola contra sí al tiempo que la sacudía lentamente. Sin embargo seguía sin sentir placer. Aparté un poco su ropa interior a un lado y dejé que siguiera rozándose, esta vez piel con piel. Podía notarla completamente mojada. Entre sus labios se escapaban suspiros que se intercalaban entre los dientes y sus párpados cerrados. Su gesto era pura lujuria y placer. Pero seguía sin poder sentir lo mismo que ella. Y comenzaba a ponerme nervioso.


Cuando ella quiso, introdujo mi miembro en su cuerpo e inició su montar. No sabía por qué, pero me encontraba cada vez más nervioso. No podía disfrutar de aquel momento. Pero ella sí. Ella gozaba cada vez más. Parecía que en estos meses me había engañado porque su forma de moverse sobre mí, su forma de disfrutar de mi pene, no podían ser de una asustada primeriza. Sí. Probablemente había sido engañado. De forma vil. No se me bajaba, pero tampoco disfrutaba. Me sentía mal. Maldita zorra. Sus manos se echaron sobre mis hombros para hacer más presión y cabalgar más fuerte, mirándome de forma lasciva; disfrutando enormemente, intentando engañarme para parecer que éramos uno. No tuve más remedio que llevar mis manos a su rostro, acariciarla, intentando ella morder mis dedos e introducirlos en su boca. Noté mi semblante cambiar bruscamente, y mis manos se fueron hacia su terso cuello. Lo rodee con ambas y comencé a apretar suavemente. Parecía gustarle. Y aquello me enfureció. Apreté más fuerte, hasta que su gesto cambió. El placer se tornó angustia y miedo. Y aquello empezó a excitarme.


Su cabalgar se hizo más lento, y sus manos me arañaban donde podían, apretando yo cada vez más fuerte. Sus golpes me sabían a puro sexo. Cuando dejó de moverse, sentí la necesidad de empezar a hacerlo yo, al unísono del estrangulamiento. Sentía que el orgasmo estaba cada vez más cerca. Sin soltar el cuello la lancé de lado a su asiento y sin sacarla de su vagina, seguía moviéndome sobre ella. Podía ver como sus ojos eran víctimas de la presión sanguinea, como su rostro cambiaba ligeramente de color y apenas podía aguantarme. Qué sensación más indescriptible... Puro vicio.


Recuerdo que mi orgasmo coincidió con su último aliento. Y aquello para mí fue el culmen. Jamás volví a tener sexo de esa manera. Sentir el dominio sobre la vida, la humillación hasta el punto de expulsar la simiente vital sobre la tierra yerma de su reciente cadáver se había convertido en un Aria a la excelencia del placer. Tardaron bastante en cogerme. No lo hice bien y no quemé el coche lo suficiente... Pero eso es otra historia que no tengo ganas de contaros.

1 de octubre de 2008

Ruido de Sables

Hoy no debe ser un gran día. El cielo amanece gris, y aunque las huestes de cúmulos se batieran en retirada ante las hordas del Ra más vengativo, para mí seguiría siendo otra muesca que apuntar en el óxido de la bayoneta donde ahogo mis días. Y quince muescas más me delatan que no calculé suficientes mudas para una operación que algún lumbreras calificó de sencilla. No lo es. Nadie puede decir que algo sea sencillo cuando recoges a un compañero desmembrado por una mina. Nadie puede asumir la sencillez cuando apuntas en plena oscuridad a una persona y te conviertes en juez y ejecutor de su vida. Nadie puede pasear con la facilidad de la ignorancia, cuando asumes que igual que ejecutas a alguien por un mandato; tú puedes estar siendo apuntado por alguien como tú.

Pronto volveré a tu lado cariño. Pero no sé cómo. No sé si podré enjugar mis lágrimas sobre tu pelo fundidos en un abrazo sobre el que depositar el olvido de esta vida tan injusta, o si bien áquel Oficial cargado de estrellas que firmó la operación sencilla te entregará una simple medalla enjuta en rojigualda sábana. Pero volveré. Porque no hay más misión que la de estar a tu lado por siempre, ni mayor honor que defender con integridad tu recuerdo en mi memoria.

Por eso, si estas lineas te llegan, quiero que sepas que a pesar de todo, el día que el ruido de sables en lontananza hagan temblar mis piernas y razón, siempre tendré el reconforte de mi fusil a la derecha, el machete a la izquierda,... y tu foto en mi corazón.

Te quiero.