18 de julio de 2008

La última mirada

Dos miradas unidas. Petrificadas. Impasibles. Una representaba la incredulidad, la otra; la desolación. Entre el enrarecido ambiente del quirófano; aquel cruce de miradas vació la estancia de cualquier otra cosa, dejando en suspenso aquel sombrío ambiente, excepto ese interminable discurso de palabras en silencio. No hubo tiempo para más. Quedó por siempre grabado en la mente de él aquellas pupilas contraídas; de tímido temblor representativo de un por qué ahogado sin respuesta en el claro mar de su iris. No tuvo tiempo ni para soltar palabra o lágrima alguna. Fue fuerte hasta el último momento, y empleó todo su aliento en el sagrado cometido de la vida. Sus manos; durante varios minutos entrelazadas con vehemencia, iban perdiendo poco a poco fuerza dejando resbalar entre sus dedos mil recuerdos. Y no importaba que dos enfermeros le apartaran violentamente de ella. A pesar de la lejanía, aún podía rozar con la punta de sus dedos los suyos, y ver cómo aún, en esa mirada perdida y moribunda, ella le seguía viendo.



Podía sentirlo todo a cámara lenta. El constante sonido del electrocardiograma plano; interrumpido por los falsos latidos provocados por la electricidad de las palas de reanimación. Sentir cómo los médicos hablaban entre ellos apresuradamente, cómo preguntándose qué había podido pasar y sin más opción que ver cómo los auxiliares intentaban sin éxito la vuelta a la vida. Poco a poco, y desde la pétrea posición que adoptó desde el fondo de la sala, se percató de su mirada. Vacía. Hueca. Muerta... Tal y como él se encontraba. Su mujer se había ido, y con ella una parte de él. Fue en ese momento cuando, presa de la lentitud con la que circulaba la sangre por sus venas, apartóse a los celadores y corrió los interminables tres metros que le separaban de ella. Volvió a coger su mano, asiéndola con fuerza; haciendo rozar las alianzas en un desesperado intento de obtener una respuesta. En vano. Ella ya no se encontraba en aquel cuerpo yermo. Entrelazó su mano con la de ella y dejó aflorar su pena. Nadie se atrevió a separarle. Cerró sus párpados y musitó un vacuo "no" desafinado por el nudo en el que se tornó su garganta. Levantó la vista, pudiendo percibir la mirada de todos los que le rodeaban; impasibles, incapaces de decirle nada. No en vano nadie podía ponerse en su lugar. Habían sido los nueve meses más felices de su vida, terminando con un triste entierro de todos los sueños de futuro depositados en ella. Y de igual forma lo lloraba tambien la hija que minutos antes de morir consiguió dar a luz. La hija que pacientemente atendía una matrona en el fondo; también indiferente ante el fugaz paso de la caprichosa parca. Sería, desde aquel momento; padre y madre de una hija que tuvo como pecado original el peor ideado por Dios. No conocer a su madre.



Los doctores cubrieron su rostro con la sábana del quirófano. Y allí quedó su cuerpo; con las piernas entreabiertas sobre aquel macabro caballete. A él lo sacaron casi a rastras. Todos le decían cosas. Cosas que él no entendía, que no escuchaba o simplemente que no quería oír. Las puertas del paritorio se cerraron, dejando de oirse el llanto de su hija, y el silencio de su madre; retratado en esa última mirada que nunca sería silenciada en su cabeza.

Audio: André Rieu - Romeo & Juliet OST







3 comentarios:

Sirke dijo...

He de reconocer que se me acaban de poner los pelos de punta (y no es broma).

Me encanta tu forma de escribir, creo que voy a pasarme más a menudo por aquí.

Eres un amante de los escritos de Tess (laflordelmal), ¿No? xD En todo caso, un placer ;)

Anónimo dijo...

Los vellos de punta, pero no sabes hasta que extremo.
Lo que menos me gusta de tus relatos, es que terminan.
Por mí, me pasaría horas... Increíble!
Quiero esa no vela YA!
De nuevo la pella de Elisa!
Besos!

Castigadora dijo...

He pasado para devolver tu amable visita y me he encontrado con este texto desgarrador. Realmente ha sido toda una experiencia leerte.

Un saludo y hasta mi pronto y anunciado regreso