24 de julio de 2008

Gracias.

Cuando la escalerilla del barco bajó, comenzaron a desfilar personas, una detrás de otra en parsimoniosa fila como única salida posible al estrecho desfiladero ofrecido por tan vetusto acceso. Alex siguió esperando pacientemente, observando cómo bajaban todos los pasajeros del barco. En su mano, fuerte asido contra su pecho, un arrugado trozo de papel el cual comenzaba a sentir los efectos del calor corporal. De vez en cuando lo dejaba de presionar levemente contra sí, como si aquello fuera a secarlo y preservar lo que en sus líneas encerraba. Fue poco a poco enervándose, al percatarse que el motivo de su espera era cada vez más infructuoso. Llevaba allí algo así como treinta minutos antes del amarre esperando en la zona de desembarque y, habiendo hecho lo propio medio pasaje, aún no la había visto. No sabía su nombre. Sólo sabía que en aquella noche llevaba un vestido blanco y que su mirada era tan profunda como el Océano que acababan de cruzar. Miraba a los ojos de todas las señoras, por si era capaz de reconocer a la mujer que le había robado sentido y razón bajo una luna llena radiante y sin más murmullo que el del mar chocando contra el casco de la nave, justo horas después en que su mujer le había comunicado que se divorciaba de él y que, cuando bajara del barco, tendría que irse a vivir a una triste habitación de hotel junto a su Soledad.


Su moral fue minando lentamente la paciencia, lo que le hizo mirar el mar desde la cubierta del barco. Agarró su pequeña maleta con la mano que le quedaba libre y encaminó su deambular hacia la popa del barco sin perderle la vista al mar; cabizbajo, triste, desolado. Pasados 25 metros aquel trozo de papel se uniría al mar para posteriormente bajar del barco y olvidar todo lo que en él había plasmado. Una vez que llegó a proa, todo cambió. Frente a él se encontraba ella, observando el horizonte con ambas manos apoyadas en la barandilla de popa. Su cabello castaño era suavemente mecido por la brisa marina; osando ocultar cuan eclipse medio rostro hasta enredarse en sus blancos pendientes de formas marinas. Llevaba el mismo vestido blanco que aquella noche; el cual quedaba ceñido por el mismo efecto a una parte de su cuerpo, elevando su vuelo suavemente a antojo de un caprichoso Eolo. No tenía palabras para describir la magnificencia de su cuerpo esbelto; esculpido con el cincel de la perfección, diseñado por el mismísimo diablo para ejemplificar a su pléyade el significado de la palabra lujuria. Y es que por no tener, no tenía ni su nombre. Aunque sí sabía milímetro a milímetro los rincones prohibidos de su cuerpo, porque, a pesar de haber caído lunas desde que sus destinos se cruzaron, aún guardaba en sí el olor de su pelo, el tacto de nácar de sus manos y la cruel picadura de sus labios.
Se acercó a ella suavemente y, sin esperar a que se diera la vuelta, agarró aún más fuerte su papel. Respiró hondo y se colocó a su lado. Musitó un triste “hola”, que no obtuvo respuesta. Aquello casi le derrotaba. Seguro que no se acordaba de él, y que para ella no sería más que una muesca en la espada con las que ajusticiaba sus conquistas. Sin embargo, no podía concebir que a pesar de todo el alcohol que les acompañó a aquel error divino, no hubiera recuerdo alguno. Volvió a coger aire y le dijo suavemente:


- Ni siquiera sé tu nombre. Pero sólo quería darte las gracias. Gracias por una noche maravillosa. Una noche en la que para mí hacer el amor contigo me devolvió la ilusión por encontrar aún a alguien que merezca la pena en la vida. Nunca olvidaré tales caricias que acababan en lugares prohibidos, ni tampoco olvidaré esos besos de los que aún conservo marcas por todo el cuerpo, y por toda el alma. Hacer el amor contigo fue disfrutar de cada segundo en los que nuestros cuerpos permanecieron unidos, gozar de cada milímetro que tu piel rozaba con mi piel y desear que esa unión no acabara nunca. Hacer el amor contigo no fue perseguir un minuto de gloria en un simple orgasmo que quizás fue hasta fingido, sino fue una llave que abrió todas las puertas que en mí hace tiempo quedaron cerradas. Y aunque no pienses igual que yo, y para ti no fuera más que otro más, me alegro que ese más fuese conmigo. Gracias.-




Y dicho esto, alargó su mano y puso frente a ella el papel. Atusó su cabellera y, haciéndola descansar tras su oreja, dejó al descubierto los ojos más preciosos que jamás nadie hubiera podido contemplar. Sin tener un color espectacular, eran profundos cuales simas del averno, llenos de paz y a la vez de pasión contenida en un claro marrón vívido. Sin decirle nada esbozó una sonrisa y recogió el papel de su mano suavemente. Una vez que ella lo tenía en su poder; Alex se dio media vuelta y prosiguió su caminar hacia la salida. Ella recogió el papel y, nada más verlo, salió tras él para darle alcance.


Cuando Alex sintió la mano de ella sobre su hombro, su corazón dejó de latir para fusionarse con el de ella. Tragó saliva y, dándose la vuelta, volvió a poder disfrutar de su mirada. Ambos se fusionaron en un beso apasionado. Alex plantó sus manos en la cintura de ella mientras su cabeza era rodeada por sus cálidos brazos. Sus dedos podían notar la ausencia de cualquier tipo de ropa interior, hollando con sus dedos en la perfección de sus caderas. Sin despegarse, fueron caminando milímetro a milímetro hasta la zona de camarotes, hasta situarse en un descansillo rodeado de hamacas recogidas. Fue arañando poco a poco metros de tela hasta lograr subir su vestido, mientras ella ya había hecho lo propio con su cinturón. La apretó contra la pared y, entrelazando su mano derecha con la de ella, mordisqueaba lentamente su oreja para ir bajando por el cuello bajo la banda sonora de su interrumpido jadear. Ella volvía a repetir la misma frase de aquella noche. Ámame. Sin nombre. Sin condiciones. Tan sólo ámame. Y así lo haría siempre si ella lo permitiese.


La mano que él le dejó libre pronto bajó y, agarrando su miembro, lo dejó deslizar suavemente hasta unirse ambos cuerpos en carnal frenesí. No había tiempo para dilaciones. Alex recogió una de sus piernas suavemente y la alzó con el fin de poder llegar lo más lejos posible, mientras intentaba besar sus suaves pechos. Aquello se convirtió en un frenético cabalgar hacia el horizonte del placer , cada vez más rápido, cada vez más apasionado, cada vez más vacío de preguntas y de incógnitas. Simplemente pasión desbocada contra la pared metálica de aquel crucero. Un malévolo caminar por las rutas de la perdición que finalizó en un sonoro gemido conjunto, proseguido de un abrazo interminable sobre el que descansar unos interminables veinte minutos donde parar el reloj por siempre en el recuerdo de ambos.


Aún tras el orgasmo siguieron abrazados por tiempo indefinido, oyendo como la tripulación daba los últimos avisos de abandono del barco. Alex se separó de ella y, acicalándose el desaguisado producido, volvió a coger su maleta y la besó. En sus ojos podían verse el aflorar de sus lágrimas, las cuales ella no llegó a ver caer. Acariciando su mejilla se despidió y salió rumbo a la cubierta; maleta en mano, tal y como había llegado.


Ella también salió a la cubierta, y mirando al horizonte; donde el Sol había comenzado a morir allende el mar termina, volvió a echar un vistazo al papel que no había soltado en ningún momento. En él tan sólo había dibujado un rostro sonriente y la palabra “gracias”. Ni un número de teléfono, ni una dirección, ni una seña. Sólo las gracias. Volvió a sonreírse y, guardándolo en su generoso escote, encaminó sus pasos hacia la salida del barco pensando en aquella noche que se conocieron en la cubierta, donde segundos antes había tomado la decisión de suicidarse mediante una ingesta de barbitúricos. Y conocerle, le devolvió ganas de vivir. Por ello pensó que realmente, ella debía darle las gracias a él, por siempre.






7 comentarios:

Maite dijo...

Una cosiya ¿ a que direccion te mando mi ropa interior ? :P

Me ha gustado mucho. Besotes

Una fan especial dijo...

¿Por que todo lo que escribes tiene un matiz tan triste?, he leido todo el blog y me parece un poco desolador. Hasta en este si yo fuera la inspiracion de dicho cuento no sabria si estar feliz o triste.

Pero es precioso, me gusta. Visita el mio ;)

Anónimo dijo...

Me gusta mucho este relato. Suele ser mas "alegre" de lo que sueles escribir. Vas por buen camino hacia mi encargo jaja

Marina

Carlota dijo...

Bueno, creo que la vida hace que a veces dos personas se encuentren de forma fortuita con un fin concreto, aunque ellos mismos lo desconozcan. Da igual que el momento sea más o menos largo, importa su intensidad y que de alguna manera sane. Amores de segundos, por qué no? Un abrazo, gracias por tu visita.

Eli dijo...

Vine a devolverte la visita, pero nada más comenzar a leerte me he quedado enganchada, asi que si no te importa, voy a enlazarte para poder leerte a menudo.

Un beso

La Suave Brisa de Invierno dijo...

Reitero mi creencia de que eres la mismisima alma romanticista que tiempos atrás motivase a personajes tales como Gustavo A. Bequer o a José de Espronceda.

gracias, sigue deleitandonos.

PD: porcierto mi blog ha estado en obras, quizás te guste los adornos que le he puesto

Josemy dijo...

Sin palabras... sólo con un escalofrío en el cuerpo.