24 de julio de 2008

Gracias.

Cuando la escalerilla del barco bajó, comenzaron a desfilar personas, una detrás de otra en parsimoniosa fila como única salida posible al estrecho desfiladero ofrecido por tan vetusto acceso. Alex siguió esperando pacientemente, observando cómo bajaban todos los pasajeros del barco. En su mano, fuerte asido contra su pecho, un arrugado trozo de papel el cual comenzaba a sentir los efectos del calor corporal. De vez en cuando lo dejaba de presionar levemente contra sí, como si aquello fuera a secarlo y preservar lo que en sus líneas encerraba. Fue poco a poco enervándose, al percatarse que el motivo de su espera era cada vez más infructuoso. Llevaba allí algo así como treinta minutos antes del amarre esperando en la zona de desembarque y, habiendo hecho lo propio medio pasaje, aún no la había visto. No sabía su nombre. Sólo sabía que en aquella noche llevaba un vestido blanco y que su mirada era tan profunda como el Océano que acababan de cruzar. Miraba a los ojos de todas las señoras, por si era capaz de reconocer a la mujer que le había robado sentido y razón bajo una luna llena radiante y sin más murmullo que el del mar chocando contra el casco de la nave, justo horas después en que su mujer le había comunicado que se divorciaba de él y que, cuando bajara del barco, tendría que irse a vivir a una triste habitación de hotel junto a su Soledad.


Su moral fue minando lentamente la paciencia, lo que le hizo mirar el mar desde la cubierta del barco. Agarró su pequeña maleta con la mano que le quedaba libre y encaminó su deambular hacia la popa del barco sin perderle la vista al mar; cabizbajo, triste, desolado. Pasados 25 metros aquel trozo de papel se uniría al mar para posteriormente bajar del barco y olvidar todo lo que en él había plasmado. Una vez que llegó a proa, todo cambió. Frente a él se encontraba ella, observando el horizonte con ambas manos apoyadas en la barandilla de popa. Su cabello castaño era suavemente mecido por la brisa marina; osando ocultar cuan eclipse medio rostro hasta enredarse en sus blancos pendientes de formas marinas. Llevaba el mismo vestido blanco que aquella noche; el cual quedaba ceñido por el mismo efecto a una parte de su cuerpo, elevando su vuelo suavemente a antojo de un caprichoso Eolo. No tenía palabras para describir la magnificencia de su cuerpo esbelto; esculpido con el cincel de la perfección, diseñado por el mismísimo diablo para ejemplificar a su pléyade el significado de la palabra lujuria. Y es que por no tener, no tenía ni su nombre. Aunque sí sabía milímetro a milímetro los rincones prohibidos de su cuerpo, porque, a pesar de haber caído lunas desde que sus destinos se cruzaron, aún guardaba en sí el olor de su pelo, el tacto de nácar de sus manos y la cruel picadura de sus labios.
Se acercó a ella suavemente y, sin esperar a que se diera la vuelta, agarró aún más fuerte su papel. Respiró hondo y se colocó a su lado. Musitó un triste “hola”, que no obtuvo respuesta. Aquello casi le derrotaba. Seguro que no se acordaba de él, y que para ella no sería más que una muesca en la espada con las que ajusticiaba sus conquistas. Sin embargo, no podía concebir que a pesar de todo el alcohol que les acompañó a aquel error divino, no hubiera recuerdo alguno. Volvió a coger aire y le dijo suavemente:


- Ni siquiera sé tu nombre. Pero sólo quería darte las gracias. Gracias por una noche maravillosa. Una noche en la que para mí hacer el amor contigo me devolvió la ilusión por encontrar aún a alguien que merezca la pena en la vida. Nunca olvidaré tales caricias que acababan en lugares prohibidos, ni tampoco olvidaré esos besos de los que aún conservo marcas por todo el cuerpo, y por toda el alma. Hacer el amor contigo fue disfrutar de cada segundo en los que nuestros cuerpos permanecieron unidos, gozar de cada milímetro que tu piel rozaba con mi piel y desear que esa unión no acabara nunca. Hacer el amor contigo no fue perseguir un minuto de gloria en un simple orgasmo que quizás fue hasta fingido, sino fue una llave que abrió todas las puertas que en mí hace tiempo quedaron cerradas. Y aunque no pienses igual que yo, y para ti no fuera más que otro más, me alegro que ese más fuese conmigo. Gracias.-




Y dicho esto, alargó su mano y puso frente a ella el papel. Atusó su cabellera y, haciéndola descansar tras su oreja, dejó al descubierto los ojos más preciosos que jamás nadie hubiera podido contemplar. Sin tener un color espectacular, eran profundos cuales simas del averno, llenos de paz y a la vez de pasión contenida en un claro marrón vívido. Sin decirle nada esbozó una sonrisa y recogió el papel de su mano suavemente. Una vez que ella lo tenía en su poder; Alex se dio media vuelta y prosiguió su caminar hacia la salida. Ella recogió el papel y, nada más verlo, salió tras él para darle alcance.


Cuando Alex sintió la mano de ella sobre su hombro, su corazón dejó de latir para fusionarse con el de ella. Tragó saliva y, dándose la vuelta, volvió a poder disfrutar de su mirada. Ambos se fusionaron en un beso apasionado. Alex plantó sus manos en la cintura de ella mientras su cabeza era rodeada por sus cálidos brazos. Sus dedos podían notar la ausencia de cualquier tipo de ropa interior, hollando con sus dedos en la perfección de sus caderas. Sin despegarse, fueron caminando milímetro a milímetro hasta la zona de camarotes, hasta situarse en un descansillo rodeado de hamacas recogidas. Fue arañando poco a poco metros de tela hasta lograr subir su vestido, mientras ella ya había hecho lo propio con su cinturón. La apretó contra la pared y, entrelazando su mano derecha con la de ella, mordisqueaba lentamente su oreja para ir bajando por el cuello bajo la banda sonora de su interrumpido jadear. Ella volvía a repetir la misma frase de aquella noche. Ámame. Sin nombre. Sin condiciones. Tan sólo ámame. Y así lo haría siempre si ella lo permitiese.


La mano que él le dejó libre pronto bajó y, agarrando su miembro, lo dejó deslizar suavemente hasta unirse ambos cuerpos en carnal frenesí. No había tiempo para dilaciones. Alex recogió una de sus piernas suavemente y la alzó con el fin de poder llegar lo más lejos posible, mientras intentaba besar sus suaves pechos. Aquello se convirtió en un frenético cabalgar hacia el horizonte del placer , cada vez más rápido, cada vez más apasionado, cada vez más vacío de preguntas y de incógnitas. Simplemente pasión desbocada contra la pared metálica de aquel crucero. Un malévolo caminar por las rutas de la perdición que finalizó en un sonoro gemido conjunto, proseguido de un abrazo interminable sobre el que descansar unos interminables veinte minutos donde parar el reloj por siempre en el recuerdo de ambos.


Aún tras el orgasmo siguieron abrazados por tiempo indefinido, oyendo como la tripulación daba los últimos avisos de abandono del barco. Alex se separó de ella y, acicalándose el desaguisado producido, volvió a coger su maleta y la besó. En sus ojos podían verse el aflorar de sus lágrimas, las cuales ella no llegó a ver caer. Acariciando su mejilla se despidió y salió rumbo a la cubierta; maleta en mano, tal y como había llegado.


Ella también salió a la cubierta, y mirando al horizonte; donde el Sol había comenzado a morir allende el mar termina, volvió a echar un vistazo al papel que no había soltado en ningún momento. En él tan sólo había dibujado un rostro sonriente y la palabra “gracias”. Ni un número de teléfono, ni una dirección, ni una seña. Sólo las gracias. Volvió a sonreírse y, guardándolo en su generoso escote, encaminó sus pasos hacia la salida del barco pensando en aquella noche que se conocieron en la cubierta, donde segundos antes había tomado la decisión de suicidarse mediante una ingesta de barbitúricos. Y conocerle, le devolvió ganas de vivir. Por ello pensó que realmente, ella debía darle las gracias a él, por siempre.






21 de julio de 2008

Lo normal

" Un testimonio real que, al que le pueda interesar, tuvo final feliz "

Las cuatro de la tarde. Pleno mes de Agosto. Las persianas bajadas en toda la habitación refrescaban el mal orientado piso de Eva; donde podían llegarse a registrar iguales temperaturas que las que asolaban la Málaga de plena época Estival. Yacía tumbada en la cama; enguatada en su ropa interior poco ajustada debido a los cambios de peso que llevaba sufriendo desde que se casó. En tal caso cumplían la misión de tapar lo importante, aún dejando pequeñas rendijas donde poder ver el surco de sus senos; turgentes, aún deseables para cualquier hombre que necesitase a una mujer de apenas treinta años de edad; aún aparentando diez más. El efecto de un embarazo, dos entierros y seis años de matrimonio. Apoyada la cabeza en la almohada; dejaba resbalar las lágrimas hasta que se perdieran en la misma; intentando que todo su dolor se quedara ahí. Podía hacerlo más fuerte; gemir de dolor y sollozar hasta que le faltasen fuerzas... pero estaba tan acostumbrada que parecía hasta gozar con su lagrimeo vespertino de todos los días desde hace ya incontables meses. Al menos así restaba infelicidad al día.

Martina; su hija, yacía inerte en el quicio de la puerta, observándola. Era su juego favorito. Ver a su madre llorar sin decir nada; aún con el babero rosa del centro escolar, alguna que otra mancha de comida en el mismo y un pequeño osito de peluche de igual tonalidad rosada; tuerto y descosido por su pata derecha víctima de los mordiscos de sus dientes de leche. Eva sabía que se encontraba allí, pero no quería hacerla partícipe de su penar. No en vano era una niña; una niña que nunca debería conocer el significado de la palabra "tristeza" salvo por experiencia propia. Pero hoy Martina se adelantó varios pasos y, sentándose sobre el precipicio del colchón, colocó suavemente a su oso entre ambas. Miró a su madre con inocentes y cándidos ojos y le dijo suavemente un " Mamá, por qué lloras " que se clavó cual estilete en el corazón de Eva. Se hizo un silencio entre ambas y, recostándose, le contestó:

" Lloro de felicidad Martina. Porque soy la mujer más feliz del mundo. Tengo una casa, una hija preciosa y un papá que nos quiere. Sé que no puedo llevar la vida que llevaba antes, pero si hoy soy lo que soy se lo debo a la suerte que tuve; Martina. Tuve suerte de conocer a tu papá; la persona más maravillosa del mundo y que me dio a mi Sol de seis añitos... ¿ Crees que puedo estar triste con todo eso; amor ? "

Volvió a hacerse el silencio. Martina asió su peluche y, bajándose de la cama, le contestó a su madre:

" ¿ Y por qué papá te pega ? "

Sentencia final. Una niña de seis años había desmoronado su argumento. Aún así, ella nunca lo comprendería. Si Alberto; el amor de su vida, le pegaba alguna vez que otra, era por amor y no por otra cosa. El mismo amor por el que ella dejó los estudios, y por el que él se negó a que los continuara una vez que dio a luz a Martina. El mismo amor por el que él le decía qué ropa tenía que ponerse y cual no para ir lo más guapa a la calle. El mismo amor que le alejó de todas sus amigas porque no eran más que una mala influencia, y debía dedicarse en cuerpo y alma a su marido y a su hija. Inentendible para una pequeña de seis años. Porque eran muestras de cariño y, aunque a veces lo han pasado mal como el día que forcejeando sin querer acabó cayendo por las escaleras, el amor acababa triunfando. El le pedía perdón, y ella lo aceptaba sin más premisa que vivir el hoy. Hasta que la muerte los separase. Y aunque le doliera la frase de su hija, seguramente con el tiempo acabaría comprendiendo que cuando alguien se enamora, es para siempre. Los pequeños hematomas acabarían curando, pero si él la dejara eso sería para siempre; y ¿qué haría esa hija sin su padre?, ¿ qué haría ella sin él?. Sólo era una de esas relaciones felices en las que su marido de vez en cuando le pegaba. O sea, le pegaba lo normal.


Si conoces o sufres algún caso, denúncialo. Cambia tu vida.

18 de julio de 2008

La última mirada

Dos miradas unidas. Petrificadas. Impasibles. Una representaba la incredulidad, la otra; la desolación. Entre el enrarecido ambiente del quirófano; aquel cruce de miradas vació la estancia de cualquier otra cosa, dejando en suspenso aquel sombrío ambiente, excepto ese interminable discurso de palabras en silencio. No hubo tiempo para más. Quedó por siempre grabado en la mente de él aquellas pupilas contraídas; de tímido temblor representativo de un por qué ahogado sin respuesta en el claro mar de su iris. No tuvo tiempo ni para soltar palabra o lágrima alguna. Fue fuerte hasta el último momento, y empleó todo su aliento en el sagrado cometido de la vida. Sus manos; durante varios minutos entrelazadas con vehemencia, iban perdiendo poco a poco fuerza dejando resbalar entre sus dedos mil recuerdos. Y no importaba que dos enfermeros le apartaran violentamente de ella. A pesar de la lejanía, aún podía rozar con la punta de sus dedos los suyos, y ver cómo aún, en esa mirada perdida y moribunda, ella le seguía viendo.



Podía sentirlo todo a cámara lenta. El constante sonido del electrocardiograma plano; interrumpido por los falsos latidos provocados por la electricidad de las palas de reanimación. Sentir cómo los médicos hablaban entre ellos apresuradamente, cómo preguntándose qué había podido pasar y sin más opción que ver cómo los auxiliares intentaban sin éxito la vuelta a la vida. Poco a poco, y desde la pétrea posición que adoptó desde el fondo de la sala, se percató de su mirada. Vacía. Hueca. Muerta... Tal y como él se encontraba. Su mujer se había ido, y con ella una parte de él. Fue en ese momento cuando, presa de la lentitud con la que circulaba la sangre por sus venas, apartóse a los celadores y corrió los interminables tres metros que le separaban de ella. Volvió a coger su mano, asiéndola con fuerza; haciendo rozar las alianzas en un desesperado intento de obtener una respuesta. En vano. Ella ya no se encontraba en aquel cuerpo yermo. Entrelazó su mano con la de ella y dejó aflorar su pena. Nadie se atrevió a separarle. Cerró sus párpados y musitó un vacuo "no" desafinado por el nudo en el que se tornó su garganta. Levantó la vista, pudiendo percibir la mirada de todos los que le rodeaban; impasibles, incapaces de decirle nada. No en vano nadie podía ponerse en su lugar. Habían sido los nueve meses más felices de su vida, terminando con un triste entierro de todos los sueños de futuro depositados en ella. Y de igual forma lo lloraba tambien la hija que minutos antes de morir consiguió dar a luz. La hija que pacientemente atendía una matrona en el fondo; también indiferente ante el fugaz paso de la caprichosa parca. Sería, desde aquel momento; padre y madre de una hija que tuvo como pecado original el peor ideado por Dios. No conocer a su madre.



Los doctores cubrieron su rostro con la sábana del quirófano. Y allí quedó su cuerpo; con las piernas entreabiertas sobre aquel macabro caballete. A él lo sacaron casi a rastras. Todos le decían cosas. Cosas que él no entendía, que no escuchaba o simplemente que no quería oír. Las puertas del paritorio se cerraron, dejando de oirse el llanto de su hija, y el silencio de su madre; retratado en esa última mirada que nunca sería silenciada en su cabeza.

Audio: André Rieu - Romeo & Juliet OST







17 de julio de 2008

Viva la libertad

Y a pesar del tiempo, me sigue encantando... Cruel letra.

Audio: La Libertad. Marco Masini.

" Con mi ropa sucia en una silla
y mi cama con muy mal aspecto,
con tu foto que me humilla,
vivo en un desorden imperfecto.

Con la barba ya de siete días,
la colada se va amontonando,
no tengo camisas,
seguiré engordando,
un desastre en el espejo, mas...

Viva la libertad,
de tomarte la vida así, tal como viene,
dejándote llevar,
porque un hombre sin nadie mejor se defiende.
viva la libertad,
las mujeres te absorben mas pronto o mas tarde,
todo esta visto ya,
he aprendido a emplear como escudo, la libertad.

Tras la tempestad viene la calma,
la ventana esta llena de idilios,
siento ganas de cruzarla,
ver una película de niños.

Mira, dictador cariño mío,
yo sin ti continuare lo mismo,
seguiré viviendo
aun sin tu permiso
hoy, mañana y siempre se verá.

Viva la libertad,
yo quisiera ser mas egoísta que un gato,
pero con la humildad
de aceptarme tal cual, porque nadie es perfecto,
viva la libertad,
cada día que pasa se vuelve más dura,
y si no te la dan se convierte en locura,
pero esto es la libertad.

Un domingo más, que mal, por estar sin ti,
demasiada libertad para estar aquí,
es tu amor el último, pero no el final,
es un simple accidente que rompe mi libertad.

Nada que comentar,
acabado el verano de nuestros pecados,
solos en este bar,
envidiando el valor de los enamorados,
que nos sucederá,
jugaremos un juego de amores cruzados,
o no se encontrarán
y habrá sido de idiotas perderse en la libertad.

Si, seria de idiotas, sería un final fatal,
que dos enamorados prefieran la libertad."

16 de julio de 2008

Cambio de registro

Llevo ya cuatro intentos fracasados de escribir sobre mí. Y este quinto probablemente acabe sin ver la luz. Tengo un nombre compuesto; un apellido que mi dificultad para pronunciar la "r" me hace vivir una estampa frustrante cada vez que lo tengo que usar y un trastorno de personalidad histriónico como vía de escape a un eterno complejo de inferioridad. Aún así, como dijo mi psicólogo una vez, soy tan autodidacta emocionalmente que acabo curándome a base de flagelación ( una vez que acabé la carrera, discrepé totalmente de él. Sólo me pongo parches que con el tiempo se acaban yendo ).

Me crié en un barrio de gente humilde, que con el tiempo pasó a convertirse en marginal. Mis mejores amigos aún los guardo allí. Alguno que otro ha pisado la cárcel. Tuve acceso a todo tipo de drogas, y nunca probé alguna por miedo más que por otra cosa. No comprendí la influencia materna que tengo hasta que no comencé a fregar toda mi casa con amoniaco día sí y otro también. De hecho, creo que la hipocondria que padezco viene en parte "aprendida". Y eso me asusta. Asímismo tengo un pánico terrible a los Hospitales, sobre todo a los de la Seguridad Social donde te ingresan con un cólico y te ponen de partener de habitación a una persona recién operada de un tumor abdominal y al cual hacía 8 horas al que debían de haber cambiado la sonda.

Terminé una licenciatura en Psicología, un curso de experto, un master, varios cursos de formación y aprobé unas oposiciones. Siempre me dijeron que no valía para llevar cargas, pero en todos los trabajos que he tenido siempre he tenido puestos de responsabilidad. Lo que no quita que el estrés que me produce haga que esté de mal humor gran parte del día, sobre todo cuando se hacen las cosas saliéndose del manual. Hablo dos idiomas; domino el Inglés bastante bien y chapurreo francés de una forma penosa. Crucé el charco sólo para encontrarme a mí mismo. Y me sirvió. Actualmente disfruto de las ventajas e inconvenientes de ser funcionario; y cada día estoy más convencido del acierto de haber elegido este trabajo. En cierto modo siempre quise, desde pequeño, tener la oportunidad de ayudar a la gente; lo que se llama vocación de "servicio público". De hecho siempre lo intento, aunque unos no te lo agradezcan, y otros intenten quitarte las ganas.

Mi espina fue, es y será el amor. Y a día de hoy sé que daría la vuelta a mi vida por ese sentimiento. Y eso también me asusta. He conocido mujeres de toda clase, y disfrutado relaciones maravillosas de las que saqué su moraleja. Pero sólo me enamoré de dos de ellas. Una sigue aguantándome, y la otra me dejó por un amigo. Compadezco a la primera, pero también a la segunda. El mayor error de mi vida fue dejarme llevar por la opinión de los demás en el tema del amor. El mayor acierto aún está por ver. Aún así, no lo puedo evitar. Me considero romántico empedernido, y eterno soñador. Aún así, si hay algo claro en este aspecto, es que nunca puedes decir "no" a nada. El amor es incontrolable, y puede generar tanto mal como bien hace.

Soy una persona absolutamente sociable. Me implico demasiado en los problemas de los demás y eso a veces me etiqueta de "pesado". Aún así, me encanta ser útil en el campo emocional, donde me muevo como pez en el agua. La gente que me conoce dice de mí que no tengo término medio. O te caigo muy bien, o te caigo fatal. A pesar de todo, lucho por evitarlo, pero lo tengo tan asumido que por desgracia me vuelco con la gente a la que le caigo bien, y defenestro al otro grupo. He llegado a hacer por otra persona lo que nunca haría por mí mismo. Tanto en lo bueno, como en lo malo.

Sé que por herencia acabaré enganchado a los ansiolíticos. Mientras llega la hora del lexatín, Orfidal o cualquier otro benzodiacepínico de amplio espectro seguiré escribiendo. Es lo único que calma mis impulsos. Y perdonadme el cambio de registro.

11 de julio de 2008

Ya vendrán otros

" Tranquila niña. No sufrás. Ya vendrán otros... "


Paso a paso. Solo. Manos enjutas en los bolsillos de una chaqueta barata, mirada perdida en el horizonte. Víctima de la desolación. Sin más rumbo que el alejarse de sí mismo. Sin más compañía que el Sol ocultándose entre filas de barcos amarrados. Con cada paso, se van cayendo por entre los bajos del pantalón cada ilusión, cada momento, cada recuerdo. Víctima de una desintoxación paulatina; su caminar iba trazando un esbozo triste y desgarbado parecido al que se dibuja en los trozos de papel que acaban en el fondo de la basura. Se acababa de dar cuenta que lo suyo no fue más que una enfermedad. Una enfermedad contraída por una infección de miradas cálidas, empeorada con casi dos años de momentos en común; y que se curó con virulencia a base de rutina, de confusión y unas dosis de terceras personas. Y tras ese periodo de convalecencia, no quedaba más que soledad. Una soledad que empezó con un archivo de palabras tristes y un " será mejor dejarlo aquí ". Y a partir de ahí, un lento caminar que comenzó hace ya un mes; no sin varios intentos desesperados de volver a enfermar, aunque sólo fuera por una efímera noche y con otras personas. Egoísta pensamiento torturador. El caminando sólo en busca de una Cenicienta temporal sobre la que derramar tanta bilis contenida. Ella enfermando con áquel simpático amigo del que un día ella comenzó a hablar más de lo usual. Y mientras él lloraba su pérdida y su propia autodestrucción, ella borraba de un plumazo sus recuerdos con el sudor del sexo novedoso. Cosas de la vida. Una vida cruel, incapaz de enseñarnos con buenos momentos, donde todos llevamos una máscara y en la que nuestra búsqueda de la libertad nos lleva a repudiarla cuando la tenemos, y añorarla cuando nos falta.

Avanzó con su pie izquierdo y, poniendo el derecho a la misma altura, frenó su deambular. Se encontraba bastante lejos, mas no lo suficiente. Nadie a su alrededor. Sacó la mano izquierda de su bolsillo; dejando ver un folio doblado en cuadrados perfectos. Secó ambas manos frías de sudor en la chaqueta y desdobló el folio; aguantando el nudo que afloraba en su garganta. En dicho trozo de papel; una carta de ella. No sin antes armarse de un suspiro profundo, releyó los párrafos lentamente, dejando caer sus lágrimas sobre la hipócrita epístola:

" Y ojalá no me dejes nunca amor, que seas la luz que guíe mis pasos en esta vida y que cada noche sean tus brazos los que me arropen. Porque te quiero más que a mi vida, sé el guardián de mis sueños. Siempre... "

Cruel ironía. Aquello que antaño llenó su corazón de alegría, hoy lo partía en varios pedazos. Sin dilación, y con una parsimonia intencionada, fue doblando aquella carta de amor hasta hacer un simpático barco de papel. La tinta de las velas; corrida por las lágrimas, le daban un aspecto bucólico y triste. Se tumbó sobre el frío suelo del puerto y, alargando su brazo, colocó suavemente dicho barco en el agua. La suave brisa marina que corría en áquel lánguido amanecer lo hizo alejarse puerto adentro; con suaves movimientos interrumpidos por la curiosidad de los peces carroñeros. Quedó absorto mirándolo, observando cómo se perdía en la inmensidad del mar.

En aquel barco se fue de pasajera su última lágrima. Al menos por ella. Un ritual personal en el que evocó al olvido como único escape a la decepción y a la tristeza. Rumbo a la nada. Sus lágrimas. Sus recuerdos. Aquellos paseos por el parque con las manos entrelazadas. Aquellos besos bajo el portal de su casa. Todo se fue de su mente con aquel barco de papel. Todo menos ella. Aún seguiría un tiempo por su cabeza. Alegre, jovial, enamorada,...tal y como él quería que fuera recordada. Porque, a pesar de todo, fue su primer amor; el verdadero. Ya vendrán otros amores para olvidar.





Audio - Pastora - Desolado.

10 de julio de 2008

Un Diciembre cualquiera.

( Estas lineas, me fueron contadas en Villalba hace un par de años en una cafetería. Y desde entonces le debo un recuerdo ).


Un Diciembre cualquiera. Apenas me ha dado tiempo a comer y ponerme el uniforme físicamente, porque en mí lo llevo ya dentro desde hace años. Ya me gustaría alguna vez poder quitármelo, pero no puedo. Es lo que tiene trabajar un día hasta las 22, el día siguiente a las 6; y acostarme ocho horas para después volver al tajo de nuevo a las 10... Me llevo el beso de mi mujer y mis hijos; y la lista de reyes en la cabeza. Un año más tengo que esperar a la paga extra para poder comprarle al benjamín el Scalextrix. Por ellos lo que sea. Aunque la hipoteca me prive de un buen jamón.

Cae una fina lluvia, como casi siempre, sobre Villalba. Una bonita ciudad que espero pronto abandonar para volver a mi Tierra; Toledo. Me aseguro que llevo las luces del puente encendidas. A ver si entre punto y punto me acuerdo y voy a comprar unas cosillas que me hacen falta para hacer una chapuza de fontanería. De momento nada interesante en la emisora. El teléfono tampoco suena, así que supongo que será una buena tarde. Mi compañero está mirando por la ventana, absorto. Sé que tiene problemas con la novia; la cual vive a 500 kilómetros y no pudo venirse con él. No me gusta verlo así, pero tampoco puedo consolarlo. A mí me pasó lo mismo. Perdí a mi pareja, conocí a otra y ahora tengo dos niños, una hipoteca y la próstata del tamaño de un melón... Ley de vida. Subo un poco la música. Es 17 de Diciembre. Dentro de poco Navidad. Qué alegría. Una época en la que todos deberíamos estar felices. Todos, menos mi compañero.
La emisora de repente se vuelve loca. " Aquí Central Eco30 tiene parte urgente para todas las unidades, en especial primera compañía. Ha habido tiroteo en la A-6 sentido M. Kilómetro 38. Hay heridos. Diríjanse todas las unidades al lugar ". Nos miramos. Estamos a poca distancia del lugar. Sin decirnos nada, mi compañero pone las sirenas. Yo piso el acelerador. No sin miedo.

Conforme vamos llegando al lugar, pueden observarse las luces de los vehículos de emergencia. En cuanto veo la matrícula se me hiela la sangre... Molina y Aguilar. No puede ser. Mi compañero se queda petrificado. Afloran lágrimas en nuestros ojos. Dejamos el vehículo en el arcén y ambos salimos corriendo hacia el lugar. El cuerpo de Molina yacía junto un Ford Escort azul, y a escasos metros su pistola ensangrentada. Los médicos intentaban reanimarlo. Mis rodillas flojearon. Acabé yendo al suelo. 27 años. Una vida por delante. Una vida que se iba en aquel reguero de sangre que bañaba el asfalto de aquel fatídico punto kilométrico.

Con la muerte de aquella persona, se evitaron cientos de cadáveres en una masacre que iba a tener lugar en Madrid a lo largo de diversos centros comerciales. Varios policías que intervinieron en la operación fueron condecorados. El Guardia Molina recibió dos metros de Tierra sobre él. Los auténticos héroes siempre tienen un triste final.

http://http://www.guardiacivil.org/terrorismo/acciones/detalle.jsp?id=39

8 de julio de 2008

Ella

" Podía tener una visión más o menos apocalíptica de la realidad, mas pensándolo bien, ésta podía ser una de mis ideas principales para recibir el fin del mundo con los brazos abiertos, y una sonrisa en la boca. Y el paisaje no era del todo idílico. Una habitación de pensión sucia; la cual hacía años que no recibía la visita de un pintor, un triste mueble aparador sobre el que dejar la botella de Ron con la que empezó nuestro asesinato a la razón, y un espejo sobre el que apenas poder vislumbrar el rostro de ella. Hace ya dos largos minutos que yace apoyada sobre el mismo, cabeza baja, dándome la espalda. Tan sólo puedo observar sus infinitas piernas abiertas, dando entrada a las curvas de sus caderas; tímidamente arropadas por una especie de camisón transparente, el cual deja entrever maliciosamente un poco de su trasero. Ya en el espejo puedo atisbar sus pechos; suaves, aterciopelados, con un tacto similar al de el melocotón recién cogido. Más abajo, un pequeño fulgor resplandece con la poca luz del ambiente. Sin más vestido que lo puesto; una cadena de oro en el tobillo y un gracioso piercing en el ombligo. Un fulgor parecido al de una estrella en mitad de tanta oscuridad.

Ella se da la vuelta, dejando tan sólo una de las manos apoyadas en dicho aparador. Su pelo; liso y suave, provoca un caprichoso efecto dejando medio rostro oculto tras su media melena. Desde esta silla casi puedo notar el olor que despide a champú caro y colonia dulce. Deja oculto medio iris en su mirada profunda; sin pestañear, al tiempo que sus labios se despegan suavemente unos milímetros. No sé si echarme a temblar, o acabar de perder la cabeza. Tan sólo dos pasos nos separan. Ella avanza uno. No puedo moverme. Ante mí, se abre un paraíso donde no me importaría vivir para siempre. Me encantaría poder cogerla y decirle que sobre su cuerpo sería capaz de escribir a golpe de esperma las mil y una razones de por qué con ella sí, y no con otra cualquiera. Desearía por encima de todo hacer del milímetro la máxima distancia permitida entre nuestros cuerpos y que mientras diésemos rienda suelta a nuestra pasión no apartar un segundo la mirada de la sima de sus ojos. Dios... Es imposible que pudieses hacer cosa más hermosa sin más intención que darme una razón más por la que vivir. Seguro que tiene truco, y acabaré ardiendo en el infierno... Da un segundo paso. Se sienta sobre mí, y sonríe. Intento abrir la boca y su dedo índice me la cierra suavemente con hilos de miel. Mejor no decir nada. Cualquier gesto podría malinterpretarse, y acabar con algo tan maravilloso que no necesita palabras. Ella apoya sus piernas en el suelo, se sienta sobre mí haciendo interminable el momento en el que unimos nuestros cuerpos. No sé qué me gusta más... Si sentir que estoy dentro de ella, o ver el gesto de liberación de su cara al sentirme. Quedan sus pechos a la altura de mi faz; dejando rienda suelta a mis instintos de señalar interminables caminos entre ellos con la punta de mi lengua; acabando siempre en sus cálidos pezones. Sus manos me reclaman un beso apasionado. Siento sus dedos arar mi pelo. Alzo la mirada, viéndola allí; ejecutando lentos movimientos acompasados, con la misma sonrisa cautivadora que me conquistó aquella tarde de primavera y con igual fuego en su mirar al que ardía entre nosotros en aquel momento. Mis manos ya están enraizadas en su cadera en un fútil intento por mantenerla allí siempre. Acabo conformándome con el aumento del ritmo de sus movimientos, al tiempo que su cuello me ofrecía kilómetros de orografía por besar... Ella quiere más. Y yo no sé si puedo llegar a su nivel.

Finalmente alcanzamos el cielo juntos. O al menos eso me hizo creer. Sin exteriorizarlo con gemidos o gritos cinematográficos. Sólo el ritmo de nuestra respiración, el latir de dos corazones extenuados y la fuerte contracción continua de su zona pélvica. Aún así, no la dejo que se separe de mí. Eso sí, sin decir una palabra. Ella tampoco. Mejor. ".


5 de julio de 2008

Como nunca volverá a ser...

Allende el tiempo, justo cuando en pleamar la costa se rinde a la constancia del oleaje, me vienen recuerdos de ti. Recuerdo cuando caminábamos juntos por la orilla, cogidos de la mano, sin apenas decir nada. Y es que para qué se quieren las palabras cuando las miradas lo dicen todo... Solos; tú, yo, y el mar. Un mar inmenso, profundo, el cual hoy me atenaza ahora que me dejaste cual perro vagabundo. Deseo parar las olas, sólo con el fin de poder vernos otra vez reflejados en su difuso espejo. Y casi hasta puedo sentir cada milímetro de tu piel cuando mis manos la hollaban suavemente en un apasionado intercambio de besos a la luz fulgente del atardecer costero, sin importarnos que la marea acabase mojándonos los pies.

Recuerdo cuando el Sol se rendía al horizonte del mar, apagándose en su interior, al tiempo que nuestra pasión se encendía cada vez más con ese mar de testigo. Un testigo que hoy llora por tu ausencia. Vuelve conmigo. No puedo vivir sin ti. Que este mismo mar que antaño vivió nuestro amor borre las huellas del infiel pasado y nos permita volver a caminar por un presente sin condiciones. Solos. Tú y yo. Aunque tenga la certeza de que nunca volveré a disfrutar de un amor como el tuyo. Y me duele. Por eso mis lágrimas son más saladas que nunca. Porque quiero llorarte un mar, y crear así un lugar donde siempre caminemos juntos tú y yo. Como antes. Como debería ser siempre. Como nunca volverá a ser.


( Si algún día me ves morir, llévame al mar. Quizás ella en ese momento lo esté contemplando tambien... )

Mi día libre

Las gotas de lluvia resbalaban suavemente sobre el cristal del vehículo; disfrutando de haber finalizado iniciático viaje desde la pléyade de cúmulos, nimbos y cirros que en el día de hoy ganaban la batalla al Astro Rey. Parecían disfrutar su victoria resbalando suavemente por la pulimentada superficie, hasta ser aniquilados por el virulento vaivén del limpiaparabrisas. El semáforo; de prohibitivo color, hacía interminable la espera. En el fondo; una canción desesperada de Marco Massini hacía llevadero el tránsito urbano. No tuve más remedio que ponerme a cantar. Era mi espacio, mi momento, mi concierto en el que miles de gotitas aplaudían a rabiar mis agudos y menos graves con su cadente repiqueteo.

Suena el móvil. Es mi mujer. Un triste Short Message System en el que me recuerda que no se me olvide de recoger un impreso en Correos. Como si no me lo hubiera dicho veces. Que no se te vaya a olvidar, que luego la tenemos - era su sentencia; firme y sin posibilidad de absolución. Como si no hubiere otra cosa más importante en el mundo. Toda la mañana de papeleo, y con la premisa de dejar el coche en el parking más céntrico a todos los recados que debía de hacer por aquello de que uno es hombre; y como hombre que es suele olvidar el paraguas. Vaya día libre. Ni hecho a posta. No podía estar en la casa que mi sueldo mantiene; disfrutando del internet que yo pago y viendo la tele que años atrás compré. No. Debía de recoger un maldito impreso de correos, recoger las gafas del crío y comprar el último número de la revista psychologies. Y eso sí, antes de las 12 que aún hay que ir al Carrefour a comprar las cuatro cosas que se olvidaron el día anterior, y no pudieron ser apuntadas en el genial invento de la lista de la compra.

Tengo que cantar más fuerte. Es mi momento. No tengo críos en la parte de atrás del coche dando la vara, no tengo a mi mujer cambiando constantemente de cadena y repudiando mis cd´s y ni siquiera tengo al amigo pelma que señala a toda chica que pasa por el paso de cebra mientras murmura guarradas. Estoy solo. Y es mi momento. Por eso abogo mi canto con el de tan genial cantante, invocando un "acelero por la vida, yo nunca piso el freno". Vuelve a sonar el móvil. Esta vez es mi desliz. Una compañera de trabajo con la que volví a sentir amor por mi mujer. Ni siquiera lo leo. Hoy no quiero sexo dificil. Tampoco fácil. Es mi día libre, y lo quiero para mí.

Semáforo en verde. Sigo cantando. Voy soltando el embrague. Una chica que llegó tarde al paso se me queda mirando. Lleva un precioso chubasquero marrón, y bajo el paraguas un precioso rostro Escandinavo. Me sonríe. Yo también la sonrío. Y se pierde por el espejo retrovisor. Creo que el parking de la Alameda de Colón me viene genial. En cuanto llego, cojo el móvil. Tengo ganas de romperlo por hoy y que nadie me moleste. Porque pienso disfrutar de este día como si fuera el último. Porque en bastante tiempo es de estos días en los que por fin puedo estar conmigo mismo. Mando otro mensaje a mi mujer. Cariño, que no se te olvide el pan - a ver si así coge la indirecta, o piensa que también lo voy a traer de paso. Mando otro mensaje a mi desliz: Hoy no puedo. Gracias por acordarte de mí.

Al salir del parking, la lluvia ha parado. Un bendito amaine que dará tregua a mi gabardina recién sacada de la tintorería. Recupero aire. Esos cinco kilos de más se me notan hasta para subir cuatro peldaños. Las gafas, el pan, la revista,... ¿ Se me olvida algo?. Qué más da. Hoy es mi día libre, y nadie me lo va a reventar.

1 de julio de 2008

Carta de Amor

( Amor no es más que algo pasajero. Recuerdos de mi juventud )

Aún no sé cómo ni por qué, pero aquí estoy. O mejor dicho aquí estás tú, leyendo estas líneas desde quién sabe dónde. Probablemente cuando hayas visto el remite estarás regocijándote en el orgullo de haber recibido esta misiva, o también sea posible que lo estés leyendo junto a esa amiga rubia de la que nunca te separas en pleno disfrute y sorna de mis palabras. Me da igual. Estés lo que estés haciendo, quiero que sepas que esta carta es para ti. De un corazón que parece latir al compás de tu mirada; cruel y a la vez dulce que parece jugar conmigo continuamente, dándome tanta esperanza como quita la certeza de saber tu corazón ocupado por otra persona. Una persona a la que no creo merecedor de esos dos luceros que son tus ojos, una persona que probablemente no esté a la altura de amar un cuerpo como el que Dios te regaló, una persona que seguramente no sea capaz de amarte cada noche como la primera vez.

Y quizás yo tampoco te merezca. Y aunque sabes por mi gesto que la vida entregaría por pasar veinte interminables minutos a tu lado, sólo quiero que sepas que no me estoy declarando en estas lineas. Que lo único que deseo es que seas feliz con otra persona distinta de este pobre iluso que un día soñó con rozar tus labios, y ya no volvió a despertar.

Quiero que seas feliz con alguien que pueda quererte la mitad de lo que yo te he querido en silencio, porque eso sería más de lo que alguien pudiera dar en toda una existencia por ti. Quiero que puedas sentir con otra persona lo que tantas noches he imaginado contigo, y que por un minuto puedas tocar el cielo junto a él; de la misma forma que tantas noches lo he tocado en mis pensamientos y que esa persona cada vez que coja tu mano piense en tenerla por siempre asida como bastón de apoyo para el resto de la vida; como tantas veces he pensado.

Por eso sé feliz con quién quieras, pero que te quiera de verdad. Como yo, sabiendo que nunca te tendré, te quiero.