27 de junio de 2008

Faltan huevos.

Esta mañana he ido al Supermercado. Barba de tres días, ropa desaliñada de haberme acostado con la misma puesta y un incipiente dolor de cabeza. Tampoco me he podido peinar, y ni siquiera creo que me haga falta. Total... cada vez tengo menos pelo, y cada vez menos ganas de cuidar lo que queda. O sea, un desastre ante cualquier espejo que logré maquillar con unas gafas de sol y unas gotas de colonia por encima, devolviéndome así un ligero atisbo de humanidad.

Sólo voy con un objetivo. Huevos. Una docena de oscuros, ovoides y grandes huevos. Sin importarme marca, fecha de puesta o envase. Simplemente me faltan. Me faltan huevos para afrontar el mundo, y huevos en la nevera. Y por mucho que me depile ciertas partes nobles; en un intento desesperado de recuperar grado de autoerotismo, sigo sin vérmelos. Igual que en la nevera. El envoltorio está ahí, pero vacío. Y lo peor de todo es que voy con una sonrisa sociópata impropia del que va a hacer tal sagrada compra. Si es que mi psicólogo ya me lo dijo: No tienes que temerle a nadie más que a ti mismo. Pero, ¿ quién va a temer a alguien que lo primero que hace nada más sufrir su enésimo episodio de insomnio es ir a comprar una docena de huevos?.Y no le quito la razón a mi terapeuta, aunque durante todo ese tiempo se comportase como un ladrón de mis pensamientos. Viendo lo que escribo, cualquier día descuartizaré a alguien por el mero placer de evocar mis tiempos jóvenes cuando me consideraba un experto jugando al Tetris. Y hasta no me faltará una sonrisilla al hacerlo.

Llego a la zona. No veo los huevos. Estos gabachos... Siempre cambiando las cosas de sitio. Me acerco a una chica para preguntarle y, tras echar un vistazo alrededor, se sonríe a sí misma y me dice " ¿ No podías haberte buscado otra excusa menos tonta para hablar conmigo ? ". Silencio. Me quito las gafas y me sonrío. A mi derecha cientos de hordas ovoides me esperan para devorarme. Sigo callado. Sólo la observo. Pechos turgentes, mayor que yo, mirada lasciva y anillo de compromiso en su mano izquierda. Probablemente anoche su partener no acabara cumpliendo con sus obligaciones. O quizás el rollo éste de tipo duro que se echa encima colonia para enmascarar su pasotismo en la higiene personal la hacía imaginar con interminables horas de sexo y sumisión mirando hacia la Meca. El caso es que yo también lo imagino, me sonrío y simplemente señalo el estante con los huevos y digo " Bien... Ya los he visto. Gracias. ".

Cruzamos sonrisas y voy a por mi docena. Me sigue mirando. Yo la miro a ella. Y cojo mis huevos y me voy. Su anillo de compromiso es toda una invitación a orar a golpe de cadera, pero a la vez una señal inequívoca de convertirse en todo un problema. Un juego bonito; tipo chat, en el que se ponen pensamientos a hervir sin llegar a quemarse. Lo único que me queda claro es que mi nevera volverá a tener huevos. Mientras, tendré que seguir buscando los míos por otro lado.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Pensamientos a hervir sin llegar a quemarse... y tanto que sí...
Una noche más aquí estoy visitando tu página...
Elisa.

laflordelmal dijo...

Bukowskiano costumbrista. Sí, creo que me gusta.

Alexander Moody dijo...

Qué alegría verte por aquí, laflordelmal. Eres una de mis bloggers favoritas.

Sigue haciéndome feliz. Sigue escribiendo.