26 de junio de 2008

Adios tristeza, Hola liberación

En la vida podía haber pensado que una amplia habitación fuera cárcel, y a la vez pasaporte a la gloria. Son apenas 10 metros cuadrados casi perfectos; insultados por un pilar desastroso; engarzado en una de las esquinas. Dicho saliente desafía a la perfección del habitáculo; sabedor de su importancia como sustento de toda la estructura. Aunque rompa la armonía. Armonía que que tiempo ya abandoné. Porque quise. La puerta se encuentra cerrada. Y contra el pomo, una vetusta silla de madera hace de contrapeso sobre la misma, cruel carcelero y confidente de mi momento de soledad. Esa silla me asegura la intimidad que necesito, y a la vez me condena a ser consciente de la planificación que he realizado. Las lágrimas apenas me dejan ver, inundan mis ojos ahogando cualquier chispa de vida que quedara en ellos y el corazón; hecho completamente un nudo, apenas me deja respirar. Tampoco puedo articular palabra alguna, aún no siendo necesario. Desearía poder hablar conmigo mismo, e inundarme de razones para no llevarlo a cabo, pero no puedo. El dolor es tan grande que considero muerta mi alma hace tiempo, y no quiero seguir siendo un cadáver andante. Miro la pistola. Pequeña, temblorosa entre mis manos, pavonado reluciente... Unica llave hacia la salvación. Cojo aire, y entre sollozos, entremezclo el ahogado sonido de mi plañir con el seco chasquido de la corredera. Un pequeño movimiento ha alojado mi único soplo de libertad en la recámara. Ya sólo quedaría apuntar hacia mi y terminar con todo. Apretar el gatillo. Notar el primer tiempo del mismo accionar todo el mecanismo, y que en décimas de segundo la aguja percutora prendiera la pólvora del proyectil; iniciando su último camino a través del cañón del arma. Probablemente el dolor sea insufrible, y no termine con esta agonía de golpe. Pero la liberación posterior seguro merecerá la pena. Otra vez pensamientos disfrazados de alegría intentan evitar este desenlace. Pero no les hago caso. Sé que son mentira; una treta de esta masa orgánica viva que no hace más que abocar a su instinto de supervivencia. Os odio; recuerdos. Odio el primer beso de amor. Odio el nacimiento de mi primer hijo. Odio el día de mi separación. Odio el día en que conocí a todos y cada uno de los que me han hecho amar esta vida que no vale para nada. Cierro los ojos y respiro profundamente. Introduzco el cañón del arma en mi boca. Las lágrimas desbordan mi rostro. Noto el sabor alcalino de los restos de pólvora alojados en el cañón. Arcadas. No puedo hacerlo. Mi cuerpo se resiste. Apenas tengo fuerzas para seguir. Lo intentaré en la sien. Tapono el cañón contra la misma. Noto la saliva depositada en el mismo. Lo siento. Lo siento por todos los que en su momento signifiqué algo para ellos. Lo siento; porque ya no seré una carga para ellos. Deslizo mi dedo suavemente sobre el disparador. No podía dispararse con sólo el roce, no. Hay que presionar fuerte. Con decisión. Cierro los ojos, y mis últimas fuerzas se concentran en ese índice de la mano derecha; ejecutor de mi sentencia absolutoria. Adiós, tristeza. Hola, liberación.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Hubo un tiempo en el que pensé hacer eso que describes de esa forma tan cruel. Te he leído, y ya no me mola la idea. Gracias por aberme abierto los ojos.

Anónimo dijo...

Excelente relato sobre la consecuencia más extrema de la angustia del alma; muy bien narrados esos instantes finales y la sensación de dolor y soledad. Esa delgada línea es lamentablemente más cercana de lo que parece en mucha gente, aunque espero que ningun@ la terminemos pasando

by JUAN CH. (bucanolo@hotmail.com)

Miry Pro. dijo...

Las lagrimas en los ojos, la sensación de pesadez que el hecho de planear tu propia muerte te provoca, el constante temblar de manos que quisieran ser aprovechadas en algo menos destructivo, la espectativa de que nadie se presente y te provoque abortar tu misión pero a la vez con ganas de que algo pase y te cambie la vida instantaneamente, ohh si, yo vivi eso, y fue una misión fallida.
A veces pienso ¿que fue peor?, el hecho de no haber muerto o el infierno que vivi en manos de psicologos. Afortunadamente es pasado.
Y vaya que este escrito tan fuerte te ha quedado asombroso, me senti parte de él, con todos sus detalles y perspectivas.

Felicitaciones Alexander!:D

Anónimo dijo...

Por desgracia (digamoslo así) yo tmb me he sentido parte de él, y creo que mucha gente más... son episodios de la vida que nos hacen más fuertes o más vulnerables... en mi caso procuro que sea más fuerte... aunque a veces las fuerzas se resisten y abandonan...
Y por qué no se sentiran así las personas que realmente no dichas de vivir?? cómo asesinos, maltratadores, pederastas... un sin fin de personas (por llamarlo de alguna manera) que no hacen nada bueno en este mundo...
Gracias una vez más por regalarnos tus relatos!!!
Elisa.

Anónimo dijo...

Magnífica reconstrucción de un sentimiento tan común, que la gente se empeña en asociar con el amor... y es que ser amado por quien te desprecia es lo más reforzador que existe, el cariño más preciado...
Recomendaré el blog a muchos que se verán reflejados, y quizá ayude a liberar las cadenas que ellos se forjan. El amor no es eso. Pero quizá sea mejor incluso que el amor, jeje

Anónimo dijo...

En referencia al comentario de Elisa, no creo que ese sentimiento se lo debamos desear a nadie, ni tan siquiera a los asesinos y terroristas, que son quienes causan los mayores males en nuestra sociedad a día de hoy. Acabar con su vida o con sus ganas de vivir no es en absoluto la solución. ¿Por qué no luchar, o al menos soñar, con que podemos hacerles ver cuán equivocados llegan a estar? ¿Por qué no intentar enseñarles que la vida de las personas prevalece sobre cualquier ideal? Resulta mucho más complicado, sí, pero jamás imposible.

Es en la adversidad cuando debemos ayudar a los demás, cuando tendríamos que mostrar nuestro lado más humano. Servir al que se siente feliz, al que no lo necesita, es un esfuerzo totalmente en vano. Nosotros, como seres humanos, deberíamos luchar para que este tipo de situaciones jamás se produjesen. La vida es demasiado bonita como para perderla de esta forma. A menudo nos vemos sumisos en un mundo dominado por las guerras y sus consecuencias, por el miedo que genera la avaricia, el consumo, el exceso de ganancias, o por los problemas económicos cotidianos, pero el rayo de luz siempre existe, mucho más cerca de lo que imaginamos. Está en nosotros mismos y a cada instante nos invita a seguir viviendo. Un simple amanecer o la sonrisa de alguien especial bastarían para desear continuar en este juego al que llamamos vida. Lástima que nos resulte más placentera nuestra propia satisfacción que el aprecio por la vida del prójimo. Peculiaridades de la civilización, me imagino.

Y tú, _V_, sigue deleitándonos con la magnificencia de tus palabras.

Un saludo de una flor(era)

Alexander Moody dijo...

Me encantó leerte, flor(era). Y me hizo un poco más feliz.
Buena disertación.