23 de diciembre de 2008

Feliz Navidad...

Debería disculparme en primer lugar por tener esto un poco abandonado pero, por mucho que lo intentara, lo único que podría encontrar no serían más que palabras de agradecimiento para los dos mil y pico clicks que habéis hecho en mis pensamientos desde que decidí empezar en esto de los blogs y publicar aquello que antaño perecía en un pequeño rinconcito del cluster más trillado de mi disco duro.


Por ello, y porque si al leer algo de este pobre escritor fracasado habeis sentido, odiado, horrorizado o rememorado, no tengo más que daros una y cien veces las gracias por mantener viva mi ilusión por escribir.


Aquellos que me conocéis sabéis bien porque lo tengo parado, pero prometo retomar el blog con fuerza a partir de la finalización del curso y susurraros que sí; que la "novela" no la tengo olvidada y que va viento en popa; y que espero que os guste.


Sin más; Feliz Navidad a todos. A los que quiero; por hacerme creer aún en lo maravilloso que puede llegar a ser vivir la vida si os tengo al lado y, por qué no, a los que odio; porque sin vosotros no tendría ese ápice que me motiva cada día a seguir siendo yo... y mis consecuencias.


Besos... ¡ Y no dejéis de visitarme!.



23 de noviembre de 2008

La sencillez que me falta

Sé que soy una persona complicada. En parte porque nunca hice nada por simplificarla. Me gusta vivir en el mar de la duda, mientras mi camino se va rubricando a golpe de cincel; quebrando con su reverberación los pocos estigmas de cordura que aún conservo.

Pero llegaste tú; la mujer que nunca pensé fui a enamorar. Cara de muñeca de porcelana revestida de inocentes mariposas de serenidad; ornamento de ojos inocentes, preciosos en su sencillez; escondidos bajo un mar ondulado de rizos simétricos. Tez suave; aún testigos de pequeñas cicatrices de infancia provenientes del País de Nunca Jamás. Eras tú pues; la mujer que nunca creí que fuera a respetar a ese Peter Pan al que nunca dejo ir. La que ha sabido cuando dejarlo salir, y cuando acurrucarlo a tiempo de ser devorado por la cruel madurez que este mundo exige.

Sé que lo hemos pasado bien. Y también sé que lo hemos pasado mal. Pero nada comparado con lo que nos queda por pasar. Por eso te pido que sigas a mi lado; en el ayer, en el hoy, y en el siempre. Porque aún enfadada, has sabido comprender que no soy más que un niño al que siempre le ha faltado algo. Porque aún fuera de sí; has llegado a comprender que mi complejidad patológica me acompañará por siempre y, que a pesar de esas tempestades que reinan en mi cabeza, has seguido a mi lado. En los buenos momentos y en los malos. Y aún despreciándola a veces, siempre he encontrado tu mano como tabla salvadora de mis arrestos.

También sé que tus defectos son múltiples. Y que en esa inocencia que siempre mostraste se esconde quizás un mundo más complejo que el mío. Pero aún así aquí estamos, ocho años atrás y un largo camino recorrido. Ocho años llenos de cosas bonitas y alguna que otra mala. Testigo y apoyo de mi éxito profesional y mi continua mediocridad personal; agradezco los ocho años y subo la apuesta a un día más cada mañana que al levantarme, lo primero que veo es tu dulce rostro durmiendo a mi lado.

Quizás por todo eso sea que Te quiero. Y aunque el año que viene nos casemos, venga lo que venga, sea para siempre o hasta que los abogados digan lo contrario nunca podré olvidarte. Porque te quiero. Ayer, hoy,... y seguramente mañana.

Gracias por regalarme la sencillez que me falta. Gracias por haberme dicho "sí" aquel 28 de Noviembre.
Te quiero.

3 de octubre de 2008

Mi primera vez

La primera vez que lo hice me sentí extraño. Recuerdo que fue en la parte trasera de su coche. Ya de por sí iba incómodo. Mi padre; puro ejemplo del déspota que hizo del "fascies lictorae" su vara de adoctrinamiento, ya me golpeó varias veces por el hecho de ser recogido por ella. Y aunque conseguía esconderme, una vez montado en su vehículo y ser recepcionado por aquellos besos cálidos, seguía pensando en esa mirada firme de mi progenitor; cinturón en mano, esperándome despierto.


Pero aquella noche era especial. Llevábamos ya varios días pensándolo. Los dos teníamos apenas veinte años, y si bien habíamos tenido ya nuestros roces y calentones juveniles sobre ropa, ambos queríamos más. Había llegado el momento de hacerlo y no sentirnos esos bichos raros que traspasada la veintena no habían sucumbido aún a los placeres de la carne. Debía ser aquella noche, y con aquella intención íbamos.


Recuerdo que llegamos a aquel lugar apartado sobre la medianoche. En la radio sonaban canciones melódicas, lentas, románticas, todo provocado por la absurda manía de ella en convertir aquel momento en algo especial e inolvidable. Aunque para mí, a pesar de ser la primera vez, no sería más que el polvo iniciático de una deseable larga carrera de aventuras sexuales. Ningún coche nos rodeaba. Su condición para estar más tranquilos. No valía estar rodeado de otros amantes ocasionales. El vaho comenzaba a inundar los cristales y permaneciendo cada uno en su asiento, comenzamos a tocarnos. Como siempre, en apenas dos minutos me encontraba completamente excitado. Era de gatillo fácil. Una vez que me sentía en disposición, era díficil pararme a pesar de los intentos de ella por decelerar la situación. Seguía devorándola a besos por el cuello, por la boca, bajando por el escote e introduciendo mi lengua suavemente por la zona que la ropa dejaba a la vista de su escote. Al mismo tiempo, sus manos me acariciaban todo el cuerpo, recogiéndolas para dirigirlas al miembro. No en vano, era lo único que me interesaba. Que directamente me sobreexcitase.


Entonces ella abandonó su puesto de conducción para subirse sobre mí y dejar que la falda se recogiese sobre sus muslos. Ahora podía sentir el calor de su entrepierna sobre la mía, cosa que me hacía perder aún más la cabeza. Lentamente bajó la cremallera de mi pantalón y la sacó, rozándola contra sí al tiempo que la sacudía lentamente. Sin embargo seguía sin sentir placer. Aparté un poco su ropa interior a un lado y dejé que siguiera rozándose, esta vez piel con piel. Podía notarla completamente mojada. Entre sus labios se escapaban suspiros que se intercalaban entre los dientes y sus párpados cerrados. Su gesto era pura lujuria y placer. Pero seguía sin poder sentir lo mismo que ella. Y comenzaba a ponerme nervioso.


Cuando ella quiso, introdujo mi miembro en su cuerpo e inició su montar. No sabía por qué, pero me encontraba cada vez más nervioso. No podía disfrutar de aquel momento. Pero ella sí. Ella gozaba cada vez más. Parecía que en estos meses me había engañado porque su forma de moverse sobre mí, su forma de disfrutar de mi pene, no podían ser de una asustada primeriza. Sí. Probablemente había sido engañado. De forma vil. No se me bajaba, pero tampoco disfrutaba. Me sentía mal. Maldita zorra. Sus manos se echaron sobre mis hombros para hacer más presión y cabalgar más fuerte, mirándome de forma lasciva; disfrutando enormemente, intentando engañarme para parecer que éramos uno. No tuve más remedio que llevar mis manos a su rostro, acariciarla, intentando ella morder mis dedos e introducirlos en su boca. Noté mi semblante cambiar bruscamente, y mis manos se fueron hacia su terso cuello. Lo rodee con ambas y comencé a apretar suavemente. Parecía gustarle. Y aquello me enfureció. Apreté más fuerte, hasta que su gesto cambió. El placer se tornó angustia y miedo. Y aquello empezó a excitarme.


Su cabalgar se hizo más lento, y sus manos me arañaban donde podían, apretando yo cada vez más fuerte. Sus golpes me sabían a puro sexo. Cuando dejó de moverse, sentí la necesidad de empezar a hacerlo yo, al unísono del estrangulamiento. Sentía que el orgasmo estaba cada vez más cerca. Sin soltar el cuello la lancé de lado a su asiento y sin sacarla de su vagina, seguía moviéndome sobre ella. Podía ver como sus ojos eran víctimas de la presión sanguinea, como su rostro cambiaba ligeramente de color y apenas podía aguantarme. Qué sensación más indescriptible... Puro vicio.


Recuerdo que mi orgasmo coincidió con su último aliento. Y aquello para mí fue el culmen. Jamás volví a tener sexo de esa manera. Sentir el dominio sobre la vida, la humillación hasta el punto de expulsar la simiente vital sobre la tierra yerma de su reciente cadáver se había convertido en un Aria a la excelencia del placer. Tardaron bastante en cogerme. No lo hice bien y no quemé el coche lo suficiente... Pero eso es otra historia que no tengo ganas de contaros.

1 de octubre de 2008

Ruido de Sables

Hoy no debe ser un gran día. El cielo amanece gris, y aunque las huestes de cúmulos se batieran en retirada ante las hordas del Ra más vengativo, para mí seguiría siendo otra muesca que apuntar en el óxido de la bayoneta donde ahogo mis días. Y quince muescas más me delatan que no calculé suficientes mudas para una operación que algún lumbreras calificó de sencilla. No lo es. Nadie puede decir que algo sea sencillo cuando recoges a un compañero desmembrado por una mina. Nadie puede asumir la sencillez cuando apuntas en plena oscuridad a una persona y te conviertes en juez y ejecutor de su vida. Nadie puede pasear con la facilidad de la ignorancia, cuando asumes que igual que ejecutas a alguien por un mandato; tú puedes estar siendo apuntado por alguien como tú.

Pronto volveré a tu lado cariño. Pero no sé cómo. No sé si podré enjugar mis lágrimas sobre tu pelo fundidos en un abrazo sobre el que depositar el olvido de esta vida tan injusta, o si bien áquel Oficial cargado de estrellas que firmó la operación sencilla te entregará una simple medalla enjuta en rojigualda sábana. Pero volveré. Porque no hay más misión que la de estar a tu lado por siempre, ni mayor honor que defender con integridad tu recuerdo en mi memoria.

Por eso, si estas lineas te llegan, quiero que sepas que a pesar de todo, el día que el ruido de sables en lontananza hagan temblar mis piernas y razón, siempre tendré el reconforte de mi fusil a la derecha, el machete a la izquierda,... y tu foto en mi corazón.

Te quiero.


27 de agosto de 2008

El criterio de Normalidad ( Parte I )

Al fondo de la calle podía ver las luces de varios coches de policía encendidas, al tiempo que las ventanas parecían panales de una colmena donde se agolpaban las abejas dispuestas a libar la miel del macabro espectáculo. Se había corrido la voz, aquello no le gustaba nada. Demasiado ambiente para su debut. Paró su auto antes de llegar al cordón policial, siendo reconocido por los Agentes que le conminaban a seguir en el mismo conduciendo hasta el lugar. Con gesto afable y despreocupado desistió de la sugerencia y estacionó al otro lado del cordón policial. Quería ser lo menos protagonista posible. No quería que viera medio barrio su entrada en el lugar, siendo saludado reglamentariamente por sus compañeros de rango inferior, señalado como el responsable de la correcta solución de un hecho terrible. Intentó agachar la cabeza lo máximo posible, dirigiéndose hacia el portal del lugar del suceso esquivando coches, haciendo absurdos zigzags entre los mismos evitando así saludar al resto de integrantes allí presentes. Mientras miraba con el rabillo del ojo hacia arriba. Seguro que todo el mundo le estaba observando. Aceleró sus pasos hasta entrar en el portal. La furgoneta del anatómico forense se encontraba en el lugar, al tiempo que un ostentoso Audi de gran cilindrada; propiedad del Juez de Instrucción. Debía ser algo importante al no haber delegado en el forense...- pensó. Se paró por unos instantes frente a una furgoneta blanca usando su espejo retrovisor a modo de improvisado tocador. Pelo desaliñado, ojeras recalcitrantes, dientes amarilleados por la nicotina y el café... Perfecto. Al menos, le pilló con el traje de los Domingos, pensó para sí esbozando una ligera carcajada.

" Primer piso, Inspector"; pudo oir. Haciendo un gesto de agradecimiento con la cabeza, subió los peldaños de la escalera hasta dicha vivienda. En la puerta se encontraba el responsable del turno. Seguramente habría sido él quien le llamó. Se paró ante él y le extendió la mano diciendo su nombre y cargo. Aquel Agente dudó por un segundo entre saludarle reglamentariamente o cogerle la mano. Cuando optó por lo primero, a Alfonso no le gustó nada y retiró la mano con desdén. A partir de ahí decidió no volverle a mirar a la cara.

- " Inspector; lo tenemos. El Juez aún no lo sabe. Por lo visto se ha entregado en una comisaría local a 10 kilómetros de aquí " - exclamó el Agente. El Inspector Alfonso levantó su mano en señal de silencio y le preguntó por lo sucedido. Aquella persona quedó muda, y dirigió su vista hacia el salón. Alfonso hizo lo propio y dirigió sus pasos hacia el mismo. En el pasillo se agolpaban varios Agentes de Criminalística, ataviados con su traje de plástico impermeable y mascarillas. Al frente, el Juez de Instrucción yacía ya en el salón, taponando el acceso al mismo. A su lado; una chica joven, la Forense, permanecía en idéntica posición. Ambos parecían absortos por la imagen. Cuando el Inspector se colocó a su altura, apenas pudo articular palabra. Sólo mirar...

Una familia de tres miembros. Supuestamente padre, madre e hijo. Todos sentados en el sofá viendo la televisión un programa que por lo que podía oír se trataba uno de esos concursos de madrugada en los que se llama para adivinar una palabra de cuatro letras. Aún así, era imposible de atisbar el canal ya que sobre la pantalla de la misma habían dibujado a base de sangre, probablemente con los dedos, una serie de ondas horizontales que copaban todo el espectro del proyector. El padre yacía sentado en la mitad del mueble; con un corte longitudinal de carótida a carótida, dejando la cabeza ligeramente descolgada de su tronco hacia atrás. Sus manos agarraban sus entrañas, las cuales se habían escurrido entre sus rígidos brazos provocando un macabro reptar hasta el suelo. Asímismo, su cara se encontraba pintarrajeada con su propia sangre. La madre, completamente desnuda, tenía varias puñaladas en el abdomen y las manos; atadas, agarraban con fuerza lo que parecía ser un Rosario. En la boca tenía una especie de tela que parecía haber sido introducida en la cavidad bucal a modo de mordaza.

Apenas pudo reprimir el vómito cuando observó aquella escena. Al hijo; un pequeño que bien podía llegar a los diez años de edad, tenía la cara desfigurada a golpes con un objeto contundente, así como dos secciones profundas en ambas muñecas rodeando todo su contorno. Su cuerpo yacía recostado sobre el hombro del padre. Asímismo, en una de sus manos tenía atado un coche de juguete.

- Su... Señoría... Soy el Inspector Martín. Me acaban de comunicar que el sospechoso del asesinato se ha entregado en una comisaría cercana. Si no me necesita aquí... - soltó incrédulo, ante todo lo que estaba viendo. El Juez, sin mirarle, y acusando igual petrificación que el Inspector, le contesto:

- Vaya Inspector a leerle los derechos a ese Hijo de la Gran Puta, y llevénmelo al Juzgado en menos de dos horas... Ahora.

Alfonso se volvió y salió corriendo ante la atónita mirada de todos los presentes. Tenía una sensación nauseabunda, horrorosa. Se sentía fatal al considerar la idea de poder compartir especie con el autor de aquello. Bajó las escaleras y sin despedirse se dirigió al coche haciendo idéntico recorrido que al llegar. Necesitaba llegar cuanto antes. Tenía que ver a la persona que había hecho aquello. Tenía que saber cómo era la cara de un enfermo después de asesinar y realizar aquel cuadro de horror para ellos....

16 de agosto de 2008

El Criterio de Normalidad ( Parte II )

Las puertas de la comisaría se abrieron de par en par. En la entrada sólo se encontraba un Agente. Al verle, levantóse de la silla como un resorte. " A la orden, Inspector. Buenas noches... "- expelió con sonora voz. Alfonso únicamente le contestó con un no menos enérgico " Dónde está ", obteniendo como respuesta una señal con el dedo índice. La sala común. Recorridos unos escasos tres metros por un pasillo inmaculado lleno de cárteles haciendo alusiones a la policía y fotos de personas buscadas abrió la puerta de dicha sala. En ella se encontraban dos Agentes más, ambos de pie, que le tapaban la visión. Los mismos al verle se apartaron inmediatamente. Alfonso hizo un gesto para que abandonaran la habitación, quedándose a solas con el presunto sospechoso. Una vez se cerró la puerta, se hizo el silencio. Aquella persona yacía envuelta en una manta ignífuga de calabozo, y su pelo largo; mecido hacia delante, le tapaba todo el rostro. Se encontraba absolutamente calado, y no hacía más tiritar destruyendo toda imagen de deshumanización que la mente de Alfonso le había atribuido durante los largos veinte minutos de camino hacia la comisaría. Se sentó frente a él, al otro lado de la mesa. No llevaba grilletes, pudiéndose observar dicho detalle al poner ambas manos sobre la mesa. Unas manos finas, sin ningún tipo de anillo o joya. Alfonso tomo aire y le dijo:

- Buenas noches... ¿ Tienes nombre?.

El silencio se apoderó aún más de la sala. Aquella persona alzó un poco la cabeza, y sin poder aún divisarle el rostro, pudo atisbar una ligera carcajada que le aterró. Se trataba de una mujer. Nadie se lo había dicho. Aquella mujer recogió su pelo suavemente y se lo colocó tras la oreja derecha, dejando aún caer el lado izquierdo de su melena. Lo miró profundamente y, con gesto desenfadado, le contestó:

- ¿ Y qué importa mi nombre?. Si de todos modos me vais a encerrar... Además, no pienso hablar con un machista como tú... ¡ Mírate la cara que has puesto al ver lo que soy! - bajando y subiendo el tono de voz continuamente, jugando con las palabras como si de un monólogo psicopático se tratase -. ¿ Qué pasa, que una mujer como yo no puede hacer eso que, por la cara que traes, seguro que has visto?...

Alfonso tomó aire entre las risas de aquella mujer. Estaba como una puta cabra. Miró hacia el espejo bidireccional de la sala con la intención de avisar a alguno de los Agentes para que entraran a esposarla. Nuevamente, aquella mujer se adelantó:

- No te tomes la molestia. Llevan un rato conmigo y probablemente estén charlando con el de la puerta. Y sí, sé que es bidireccional. Antes puse el dedo sobre él y podía tocar mi reflejo... De todos modos no me tengas miedo. Ténlo a ti mismo...

Aquellas palabras le sacaron de sus casillas. Alfonso le alzó como un muelle de la silla, siendo la misma expelida hacia atrás y golpeó con ambas manos la mesa. Ya sólo debía decirle que tenía derecho a guardar silencio, a no confesarse culpable, a un abogado y al médico; dónde la iban a llevar sí o sí y para el Juzgado de Guardia. No quería ver a ese puto monstruo más. Y no necesitaba pruebas. Sus manos tenían la sangre sedimentada, la ropa que se podía entreverse tambien yacía manchada de sangre y poco menos que había confesado su crimen a los Agentes. Sin embargo, la curiosidad le mataba. Era su primer crimen, y quería saber más. Por ello, agudizó aún más su semblante serio y exclamó:

- ¿ Pero... vienes aquí a explicarme tus trucos sacados de internet para hacerte la interesante ?, ¿ Sabes que vas a ir a la cárcel muchos años, señorita anónima ? , ¿ Sabes lo que has hecho ?.

- ... - volvió a hacer un ligera pausa y, volviendo a sonreirse, le contestó -. Bueno... Inspector Martín. Yo sí le conozco, yo sí me informo. Si no estuviera tan nervioso no habría entrado aquí directamente y le habría preguntado a los Agentes por mis pertenencias... donde está mi identificación... También sabría que me han cacheado sus hombres... No han llamado a una mujer, por lo que mi abogado tendrá algo que decir sobre eso y... bueno. Pequeños detalles que hacen ver que aquí no soy yo la "nerviosa" precisamente... Y eso de lo que he hecho... Mmmmmm... No se pregunte el qué he hecho; Inspector. Preguntése por qué lo he hecho. Preguntése por qué he entrado a esa casa, pidiendo ayuda al habérseme quedado el coche estancado y no tener teléfono para realizar una llamada... Pregúntese por qué en la cocina golpeé a la mujer en la cabeza dejándola inconsciente. Pregúntese por qué clavé el cuchillo más grande y afilado de toda esa casa al marido en el vientre y tiré hacia abajo mientras le tapaba la boca... Pregúntese por qué lo arrastré desde la cocina, limpiando el reguero de sangre posteriormente, claro, y lo senté en el sofá del salón, conminándole a que se agarrara el estómago si no quería ver perder sus tripas por la inercia... Pregúntese por qué al no hacerme caso tuve que optar por degollarlo... O imagínese los gritos de la mujer, cuando se despertó sentada al lado de su marido eviscerado... la cantidad de puñaladas que tuve que darle hasta que se calmó... Y el hijo... Una lástima que bajara las escaleras... Una lástima que ya se me acabaran las ideas y tuviera que matarlo a golpes...

Alfonso volvió a golpear la mesa con ambas manos gritando que se callara. Definitivamente había perdido los nervios. Recogió la silla y la conminó nuevamente a que se callara, a pesar de haber obedecido a la primera. La miró fijamente y le dijo " No es normal "; como si con aquella sentencia quisiera finiquitar aquel monólogo del que se sentía apoderado. Ella volvió a sonreir.


- ¿ Normal?... No me haga reir. Defíname lo que es normal... Inspector... Usted se ha levantado a las 4 de la mañana y sin arreglarse está trabajando cuando casi todo el mundo está durmiendo, o... no sé. Hay gente peor que yo. Hay gente que asesina más que yo. Hay gobiernos que hacen matanzas indiscriminadas... Matan sin motivo... ¡ Como yo!. Entonces, si hay más gente que hace lo que yo he hecho,... ¿ Ellos tampoco son normales?. Igual es usted el que no es normal... - sonrióse y echando un poco hacia atrás su cuerpo sobre la silla continuó con su discurso -. La normalidad es un criterio meramente estadístico... No me hable de normalidad. Yo, me considero normal. Normal, a pesar de lo que haya hecho queee... por cierto... aún deben demostrarlo. ¿ Verdad?.


Alfonso se irguió y, ofreciéndole una última mirada furtiva, abandonó la sala de interrogatorio, conminando a los Agentes que esperaban fuera que siguieran con la custodia. No era psicólogo, pero tampoco era necesario saber mucho sobre la psique humana para atisbar el grado de locura de aquella persona. Se tomaría un ligero respiro, leería sus derechos, llamaría al abogado para que se personara en el Juzgado y a pasar página. Si bien no podría olvidar las caras desencajadas de los tres cadáveres, ni mucho menos la tez suave, cándida e inocente de aquella chica que decía haberlos matado. Poco a poco todo volvería a la normalidad, o al menos a la normalidad que él entendía como tal.

5 de agosto de 2008

Ayer...

Ayer fue cuando te conocí. Ayer.



Ayer fue cuando en mis sueños tus labios rozaron los míos, y convertiste mi vida en un perenne insomnio. Y fue ayer cuando, inmerso en el delirio de ser tuyo, me di cuenta que no era más que otra víctima con la que jugaste, abusaste, y ganaste.



Ayer seguí enrollado entre sábanas; hendido entre las costuras de mi colchón, mirando a Norte, Este, Oeste y Sur. Y no te encontré a mi lado, aunque fuera ayer.



Ayer fue cuando decidí seguir mi cansina obsesión de inventarte; sólo por el mero hecho de ser tuyo en mí, despreciando cualquier atisbo de dignidad que pudiera quedarme. Por ti.



Ayer fue cuando te soñé a mi lado, compartiendo lujuria en interminables jirones de indecencia que empapar en el sudor de un sexo sin más pretexto que el devorarse en despersonalización.



Hoy desperté. Y no sin decepcionarme me percaté. Lo nuestro formaba parte de un Ayer.



3 de agosto de 2008

Marzo

Marzo. Una mañana fría. El minutero del reloj acababa de alcanzar el punto más álgido de su esfera para comenzar su lento caminar por una hora más en mi vida. Pero hoy no es un día cualquiera. Hoy hace un año que conocí a mi Sol, a la mujer que me devolvió la sonrisa y por la que hipotecaría todo lo que tengo por verla sonreir un sólo minuto. Si es que tendríais que conocerla... Pelo largo, liso; el cual se ondula en suaves pliegues sobre sus hombros, cortina de fino cuello realizando suaves claros y sombras entre su tez blanquecina y el azabache de sus cabellos; por los cuales perdí infinitas horas enredando con mis dedos tumbado sobre el césped del Retiro. Ojos claros; iris azul marino donde cada mañana nado mar adentro hasta sus pensamientos y busco en ellos un pequeño resquicio donde poder acuñar el sueño de una vida juntos, que entre risas y tonterías, imaginamos paseando por el Campus de Ciudad Universitaria. Y qué decir de su forma de ser... Un ángel que vino a mí y desde entonces me dio alas para poder acompañarla en su revolotear por la felicidad. Un ángel.


Y como cada día, a las 7 de la mañana, cojo el tren para ir a verla; deseando llegar a Atocha donde me espera en el andén y, tras un beso, entrelazamos nuestras manos para seguir los pasos el uno del otro hasta la Facultad. Así todos los días, durante un año. Un año lleno de emociones, de ilusión, de pasión,... Un año en el que su sonrisa me trajo a la vida, y donde cada momento con ella es un eterno resquicio de felicidad. Pero hoy es un día tan especial que me he levantado nervioso. Espero que no se me haya olvidado nada. Una carta preciosa de mi puño y letra en mi bolsillo derecho y un estuche joyero encerrado en mi puño con una pequeña alianza que tuve que recoger el día anterior a última hora, nada más dejarla en su casa. Le he tenido que mandar un sms diciéndole que llegaré más tarde, ya que perdí el de las 7 de la mañana, y me toca coger el siguiente. "Llegaré a las menos cuarto. Tengo una sorpresa para ti. Feliz Aniversario, amor". No necesito más palabras. Estoy deseando llegar para besarla en sus finos labios, abrazarla con todo mi ser y entregarle la carta. Que la lea y darle la alianza allí, en medio de la algarabía de la estación, sin importar que perdamos la linea 3 del metro o que lleguemos tarde a la primera clase. Como si tengo que gritar que la quiero a los cuatro vientos. La quiero, y que lo sepa todo el mundo es algo que me llena de orgullo.


Laura es su nombre. Como una melodía se desliza por entre mis labios cada vez que lo pronuncio. Y es que no puedo negar que estoy enamorado de ella. Si es que tendríais que verla. No podeis imaginaros lo feliz que soy. Gano la pelea por un asiento que se acaba de quedar libre en el vagón. Me quito la mochila de la espalda y la coloco sobre mí. Abro el estuche. Una alianza de oro; con dibujos entrelazados en trenza de espiga. Lo saco un poco, y observándolo detenidamente, le quito un poco de polvo que aún tenía del grabado... " 11-03-03" es la inscripción... La fecha en la que nos conocimos. Y por mí, que vengan más uno tras otro. No puedo evitar derramar alguna lágrima. Y por ella, siempre serán merecidas. Porque ni en toda la vida podré devolverle todo lo que ella me da cada vez que me mira.

Suena mi móvil. Lo saco de la mochila y veo un mensaje. Es de Laura. " Tkm. Nunca olvidaré aquel 11 de Marzo en el que te conocí ". Ni yo tampoco, amor. Guardo el móvil y cierro el estuche guardando la alianza en mi mano. Entonces me abrazo a la mochila. Ya queda poco para llegar a Atocha. Las 7:38. Cierro los ojos. Te quiero amor. Ya sólo queda un túnel. Ya llego...



A los que nunca olvidaréis...

24 de julio de 2008

Gracias.

Cuando la escalerilla del barco bajó, comenzaron a desfilar personas, una detrás de otra en parsimoniosa fila como única salida posible al estrecho desfiladero ofrecido por tan vetusto acceso. Alex siguió esperando pacientemente, observando cómo bajaban todos los pasajeros del barco. En su mano, fuerte asido contra su pecho, un arrugado trozo de papel el cual comenzaba a sentir los efectos del calor corporal. De vez en cuando lo dejaba de presionar levemente contra sí, como si aquello fuera a secarlo y preservar lo que en sus líneas encerraba. Fue poco a poco enervándose, al percatarse que el motivo de su espera era cada vez más infructuoso. Llevaba allí algo así como treinta minutos antes del amarre esperando en la zona de desembarque y, habiendo hecho lo propio medio pasaje, aún no la había visto. No sabía su nombre. Sólo sabía que en aquella noche llevaba un vestido blanco y que su mirada era tan profunda como el Océano que acababan de cruzar. Miraba a los ojos de todas las señoras, por si era capaz de reconocer a la mujer que le había robado sentido y razón bajo una luna llena radiante y sin más murmullo que el del mar chocando contra el casco de la nave, justo horas después en que su mujer le había comunicado que se divorciaba de él y que, cuando bajara del barco, tendría que irse a vivir a una triste habitación de hotel junto a su Soledad.


Su moral fue minando lentamente la paciencia, lo que le hizo mirar el mar desde la cubierta del barco. Agarró su pequeña maleta con la mano que le quedaba libre y encaminó su deambular hacia la popa del barco sin perderle la vista al mar; cabizbajo, triste, desolado. Pasados 25 metros aquel trozo de papel se uniría al mar para posteriormente bajar del barco y olvidar todo lo que en él había plasmado. Una vez que llegó a proa, todo cambió. Frente a él se encontraba ella, observando el horizonte con ambas manos apoyadas en la barandilla de popa. Su cabello castaño era suavemente mecido por la brisa marina; osando ocultar cuan eclipse medio rostro hasta enredarse en sus blancos pendientes de formas marinas. Llevaba el mismo vestido blanco que aquella noche; el cual quedaba ceñido por el mismo efecto a una parte de su cuerpo, elevando su vuelo suavemente a antojo de un caprichoso Eolo. No tenía palabras para describir la magnificencia de su cuerpo esbelto; esculpido con el cincel de la perfección, diseñado por el mismísimo diablo para ejemplificar a su pléyade el significado de la palabra lujuria. Y es que por no tener, no tenía ni su nombre. Aunque sí sabía milímetro a milímetro los rincones prohibidos de su cuerpo, porque, a pesar de haber caído lunas desde que sus destinos se cruzaron, aún guardaba en sí el olor de su pelo, el tacto de nácar de sus manos y la cruel picadura de sus labios.
Se acercó a ella suavemente y, sin esperar a que se diera la vuelta, agarró aún más fuerte su papel. Respiró hondo y se colocó a su lado. Musitó un triste “hola”, que no obtuvo respuesta. Aquello casi le derrotaba. Seguro que no se acordaba de él, y que para ella no sería más que una muesca en la espada con las que ajusticiaba sus conquistas. Sin embargo, no podía concebir que a pesar de todo el alcohol que les acompañó a aquel error divino, no hubiera recuerdo alguno. Volvió a coger aire y le dijo suavemente:


- Ni siquiera sé tu nombre. Pero sólo quería darte las gracias. Gracias por una noche maravillosa. Una noche en la que para mí hacer el amor contigo me devolvió la ilusión por encontrar aún a alguien que merezca la pena en la vida. Nunca olvidaré tales caricias que acababan en lugares prohibidos, ni tampoco olvidaré esos besos de los que aún conservo marcas por todo el cuerpo, y por toda el alma. Hacer el amor contigo fue disfrutar de cada segundo en los que nuestros cuerpos permanecieron unidos, gozar de cada milímetro que tu piel rozaba con mi piel y desear que esa unión no acabara nunca. Hacer el amor contigo no fue perseguir un minuto de gloria en un simple orgasmo que quizás fue hasta fingido, sino fue una llave que abrió todas las puertas que en mí hace tiempo quedaron cerradas. Y aunque no pienses igual que yo, y para ti no fuera más que otro más, me alegro que ese más fuese conmigo. Gracias.-




Y dicho esto, alargó su mano y puso frente a ella el papel. Atusó su cabellera y, haciéndola descansar tras su oreja, dejó al descubierto los ojos más preciosos que jamás nadie hubiera podido contemplar. Sin tener un color espectacular, eran profundos cuales simas del averno, llenos de paz y a la vez de pasión contenida en un claro marrón vívido. Sin decirle nada esbozó una sonrisa y recogió el papel de su mano suavemente. Una vez que ella lo tenía en su poder; Alex se dio media vuelta y prosiguió su caminar hacia la salida. Ella recogió el papel y, nada más verlo, salió tras él para darle alcance.


Cuando Alex sintió la mano de ella sobre su hombro, su corazón dejó de latir para fusionarse con el de ella. Tragó saliva y, dándose la vuelta, volvió a poder disfrutar de su mirada. Ambos se fusionaron en un beso apasionado. Alex plantó sus manos en la cintura de ella mientras su cabeza era rodeada por sus cálidos brazos. Sus dedos podían notar la ausencia de cualquier tipo de ropa interior, hollando con sus dedos en la perfección de sus caderas. Sin despegarse, fueron caminando milímetro a milímetro hasta la zona de camarotes, hasta situarse en un descansillo rodeado de hamacas recogidas. Fue arañando poco a poco metros de tela hasta lograr subir su vestido, mientras ella ya había hecho lo propio con su cinturón. La apretó contra la pared y, entrelazando su mano derecha con la de ella, mordisqueaba lentamente su oreja para ir bajando por el cuello bajo la banda sonora de su interrumpido jadear. Ella volvía a repetir la misma frase de aquella noche. Ámame. Sin nombre. Sin condiciones. Tan sólo ámame. Y así lo haría siempre si ella lo permitiese.


La mano que él le dejó libre pronto bajó y, agarrando su miembro, lo dejó deslizar suavemente hasta unirse ambos cuerpos en carnal frenesí. No había tiempo para dilaciones. Alex recogió una de sus piernas suavemente y la alzó con el fin de poder llegar lo más lejos posible, mientras intentaba besar sus suaves pechos. Aquello se convirtió en un frenético cabalgar hacia el horizonte del placer , cada vez más rápido, cada vez más apasionado, cada vez más vacío de preguntas y de incógnitas. Simplemente pasión desbocada contra la pared metálica de aquel crucero. Un malévolo caminar por las rutas de la perdición que finalizó en un sonoro gemido conjunto, proseguido de un abrazo interminable sobre el que descansar unos interminables veinte minutos donde parar el reloj por siempre en el recuerdo de ambos.


Aún tras el orgasmo siguieron abrazados por tiempo indefinido, oyendo como la tripulación daba los últimos avisos de abandono del barco. Alex se separó de ella y, acicalándose el desaguisado producido, volvió a coger su maleta y la besó. En sus ojos podían verse el aflorar de sus lágrimas, las cuales ella no llegó a ver caer. Acariciando su mejilla se despidió y salió rumbo a la cubierta; maleta en mano, tal y como había llegado.


Ella también salió a la cubierta, y mirando al horizonte; donde el Sol había comenzado a morir allende el mar termina, volvió a echar un vistazo al papel que no había soltado en ningún momento. En él tan sólo había dibujado un rostro sonriente y la palabra “gracias”. Ni un número de teléfono, ni una dirección, ni una seña. Sólo las gracias. Volvió a sonreírse y, guardándolo en su generoso escote, encaminó sus pasos hacia la salida del barco pensando en aquella noche que se conocieron en la cubierta, donde segundos antes había tomado la decisión de suicidarse mediante una ingesta de barbitúricos. Y conocerle, le devolvió ganas de vivir. Por ello pensó que realmente, ella debía darle las gracias a él, por siempre.






21 de julio de 2008

Lo normal

" Un testimonio real que, al que le pueda interesar, tuvo final feliz "

Las cuatro de la tarde. Pleno mes de Agosto. Las persianas bajadas en toda la habitación refrescaban el mal orientado piso de Eva; donde podían llegarse a registrar iguales temperaturas que las que asolaban la Málaga de plena época Estival. Yacía tumbada en la cama; enguatada en su ropa interior poco ajustada debido a los cambios de peso que llevaba sufriendo desde que se casó. En tal caso cumplían la misión de tapar lo importante, aún dejando pequeñas rendijas donde poder ver el surco de sus senos; turgentes, aún deseables para cualquier hombre que necesitase a una mujer de apenas treinta años de edad; aún aparentando diez más. El efecto de un embarazo, dos entierros y seis años de matrimonio. Apoyada la cabeza en la almohada; dejaba resbalar las lágrimas hasta que se perdieran en la misma; intentando que todo su dolor se quedara ahí. Podía hacerlo más fuerte; gemir de dolor y sollozar hasta que le faltasen fuerzas... pero estaba tan acostumbrada que parecía hasta gozar con su lagrimeo vespertino de todos los días desde hace ya incontables meses. Al menos así restaba infelicidad al día.

Martina; su hija, yacía inerte en el quicio de la puerta, observándola. Era su juego favorito. Ver a su madre llorar sin decir nada; aún con el babero rosa del centro escolar, alguna que otra mancha de comida en el mismo y un pequeño osito de peluche de igual tonalidad rosada; tuerto y descosido por su pata derecha víctima de los mordiscos de sus dientes de leche. Eva sabía que se encontraba allí, pero no quería hacerla partícipe de su penar. No en vano era una niña; una niña que nunca debería conocer el significado de la palabra "tristeza" salvo por experiencia propia. Pero hoy Martina se adelantó varios pasos y, sentándose sobre el precipicio del colchón, colocó suavemente a su oso entre ambas. Miró a su madre con inocentes y cándidos ojos y le dijo suavemente un " Mamá, por qué lloras " que se clavó cual estilete en el corazón de Eva. Se hizo un silencio entre ambas y, recostándose, le contestó:

" Lloro de felicidad Martina. Porque soy la mujer más feliz del mundo. Tengo una casa, una hija preciosa y un papá que nos quiere. Sé que no puedo llevar la vida que llevaba antes, pero si hoy soy lo que soy se lo debo a la suerte que tuve; Martina. Tuve suerte de conocer a tu papá; la persona más maravillosa del mundo y que me dio a mi Sol de seis añitos... ¿ Crees que puedo estar triste con todo eso; amor ? "

Volvió a hacerse el silencio. Martina asió su peluche y, bajándose de la cama, le contestó a su madre:

" ¿ Y por qué papá te pega ? "

Sentencia final. Una niña de seis años había desmoronado su argumento. Aún así, ella nunca lo comprendería. Si Alberto; el amor de su vida, le pegaba alguna vez que otra, era por amor y no por otra cosa. El mismo amor por el que ella dejó los estudios, y por el que él se negó a que los continuara una vez que dio a luz a Martina. El mismo amor por el que él le decía qué ropa tenía que ponerse y cual no para ir lo más guapa a la calle. El mismo amor que le alejó de todas sus amigas porque no eran más que una mala influencia, y debía dedicarse en cuerpo y alma a su marido y a su hija. Inentendible para una pequeña de seis años. Porque eran muestras de cariño y, aunque a veces lo han pasado mal como el día que forcejeando sin querer acabó cayendo por las escaleras, el amor acababa triunfando. El le pedía perdón, y ella lo aceptaba sin más premisa que vivir el hoy. Hasta que la muerte los separase. Y aunque le doliera la frase de su hija, seguramente con el tiempo acabaría comprendiendo que cuando alguien se enamora, es para siempre. Los pequeños hematomas acabarían curando, pero si él la dejara eso sería para siempre; y ¿qué haría esa hija sin su padre?, ¿ qué haría ella sin él?. Sólo era una de esas relaciones felices en las que su marido de vez en cuando le pegaba. O sea, le pegaba lo normal.


Si conoces o sufres algún caso, denúncialo. Cambia tu vida.

18 de julio de 2008

La última mirada

Dos miradas unidas. Petrificadas. Impasibles. Una representaba la incredulidad, la otra; la desolación. Entre el enrarecido ambiente del quirófano; aquel cruce de miradas vació la estancia de cualquier otra cosa, dejando en suspenso aquel sombrío ambiente, excepto ese interminable discurso de palabras en silencio. No hubo tiempo para más. Quedó por siempre grabado en la mente de él aquellas pupilas contraídas; de tímido temblor representativo de un por qué ahogado sin respuesta en el claro mar de su iris. No tuvo tiempo ni para soltar palabra o lágrima alguna. Fue fuerte hasta el último momento, y empleó todo su aliento en el sagrado cometido de la vida. Sus manos; durante varios minutos entrelazadas con vehemencia, iban perdiendo poco a poco fuerza dejando resbalar entre sus dedos mil recuerdos. Y no importaba que dos enfermeros le apartaran violentamente de ella. A pesar de la lejanía, aún podía rozar con la punta de sus dedos los suyos, y ver cómo aún, en esa mirada perdida y moribunda, ella le seguía viendo.



Podía sentirlo todo a cámara lenta. El constante sonido del electrocardiograma plano; interrumpido por los falsos latidos provocados por la electricidad de las palas de reanimación. Sentir cómo los médicos hablaban entre ellos apresuradamente, cómo preguntándose qué había podido pasar y sin más opción que ver cómo los auxiliares intentaban sin éxito la vuelta a la vida. Poco a poco, y desde la pétrea posición que adoptó desde el fondo de la sala, se percató de su mirada. Vacía. Hueca. Muerta... Tal y como él se encontraba. Su mujer se había ido, y con ella una parte de él. Fue en ese momento cuando, presa de la lentitud con la que circulaba la sangre por sus venas, apartóse a los celadores y corrió los interminables tres metros que le separaban de ella. Volvió a coger su mano, asiéndola con fuerza; haciendo rozar las alianzas en un desesperado intento de obtener una respuesta. En vano. Ella ya no se encontraba en aquel cuerpo yermo. Entrelazó su mano con la de ella y dejó aflorar su pena. Nadie se atrevió a separarle. Cerró sus párpados y musitó un vacuo "no" desafinado por el nudo en el que se tornó su garganta. Levantó la vista, pudiendo percibir la mirada de todos los que le rodeaban; impasibles, incapaces de decirle nada. No en vano nadie podía ponerse en su lugar. Habían sido los nueve meses más felices de su vida, terminando con un triste entierro de todos los sueños de futuro depositados en ella. Y de igual forma lo lloraba tambien la hija que minutos antes de morir consiguió dar a luz. La hija que pacientemente atendía una matrona en el fondo; también indiferente ante el fugaz paso de la caprichosa parca. Sería, desde aquel momento; padre y madre de una hija que tuvo como pecado original el peor ideado por Dios. No conocer a su madre.



Los doctores cubrieron su rostro con la sábana del quirófano. Y allí quedó su cuerpo; con las piernas entreabiertas sobre aquel macabro caballete. A él lo sacaron casi a rastras. Todos le decían cosas. Cosas que él no entendía, que no escuchaba o simplemente que no quería oír. Las puertas del paritorio se cerraron, dejando de oirse el llanto de su hija, y el silencio de su madre; retratado en esa última mirada que nunca sería silenciada en su cabeza.

Audio: André Rieu - Romeo & Juliet OST







17 de julio de 2008

Viva la libertad

Y a pesar del tiempo, me sigue encantando... Cruel letra.

Audio: La Libertad. Marco Masini.

" Con mi ropa sucia en una silla
y mi cama con muy mal aspecto,
con tu foto que me humilla,
vivo en un desorden imperfecto.

Con la barba ya de siete días,
la colada se va amontonando,
no tengo camisas,
seguiré engordando,
un desastre en el espejo, mas...

Viva la libertad,
de tomarte la vida así, tal como viene,
dejándote llevar,
porque un hombre sin nadie mejor se defiende.
viva la libertad,
las mujeres te absorben mas pronto o mas tarde,
todo esta visto ya,
he aprendido a emplear como escudo, la libertad.

Tras la tempestad viene la calma,
la ventana esta llena de idilios,
siento ganas de cruzarla,
ver una película de niños.

Mira, dictador cariño mío,
yo sin ti continuare lo mismo,
seguiré viviendo
aun sin tu permiso
hoy, mañana y siempre se verá.

Viva la libertad,
yo quisiera ser mas egoísta que un gato,
pero con la humildad
de aceptarme tal cual, porque nadie es perfecto,
viva la libertad,
cada día que pasa se vuelve más dura,
y si no te la dan se convierte en locura,
pero esto es la libertad.

Un domingo más, que mal, por estar sin ti,
demasiada libertad para estar aquí,
es tu amor el último, pero no el final,
es un simple accidente que rompe mi libertad.

Nada que comentar,
acabado el verano de nuestros pecados,
solos en este bar,
envidiando el valor de los enamorados,
que nos sucederá,
jugaremos un juego de amores cruzados,
o no se encontrarán
y habrá sido de idiotas perderse en la libertad.

Si, seria de idiotas, sería un final fatal,
que dos enamorados prefieran la libertad."

16 de julio de 2008

Cambio de registro

Llevo ya cuatro intentos fracasados de escribir sobre mí. Y este quinto probablemente acabe sin ver la luz. Tengo un nombre compuesto; un apellido que mi dificultad para pronunciar la "r" me hace vivir una estampa frustrante cada vez que lo tengo que usar y un trastorno de personalidad histriónico como vía de escape a un eterno complejo de inferioridad. Aún así, como dijo mi psicólogo una vez, soy tan autodidacta emocionalmente que acabo curándome a base de flagelación ( una vez que acabé la carrera, discrepé totalmente de él. Sólo me pongo parches que con el tiempo se acaban yendo ).

Me crié en un barrio de gente humilde, que con el tiempo pasó a convertirse en marginal. Mis mejores amigos aún los guardo allí. Alguno que otro ha pisado la cárcel. Tuve acceso a todo tipo de drogas, y nunca probé alguna por miedo más que por otra cosa. No comprendí la influencia materna que tengo hasta que no comencé a fregar toda mi casa con amoniaco día sí y otro también. De hecho, creo que la hipocondria que padezco viene en parte "aprendida". Y eso me asusta. Asímismo tengo un pánico terrible a los Hospitales, sobre todo a los de la Seguridad Social donde te ingresan con un cólico y te ponen de partener de habitación a una persona recién operada de un tumor abdominal y al cual hacía 8 horas al que debían de haber cambiado la sonda.

Terminé una licenciatura en Psicología, un curso de experto, un master, varios cursos de formación y aprobé unas oposiciones. Siempre me dijeron que no valía para llevar cargas, pero en todos los trabajos que he tenido siempre he tenido puestos de responsabilidad. Lo que no quita que el estrés que me produce haga que esté de mal humor gran parte del día, sobre todo cuando se hacen las cosas saliéndose del manual. Hablo dos idiomas; domino el Inglés bastante bien y chapurreo francés de una forma penosa. Crucé el charco sólo para encontrarme a mí mismo. Y me sirvió. Actualmente disfruto de las ventajas e inconvenientes de ser funcionario; y cada día estoy más convencido del acierto de haber elegido este trabajo. En cierto modo siempre quise, desde pequeño, tener la oportunidad de ayudar a la gente; lo que se llama vocación de "servicio público". De hecho siempre lo intento, aunque unos no te lo agradezcan, y otros intenten quitarte las ganas.

Mi espina fue, es y será el amor. Y a día de hoy sé que daría la vuelta a mi vida por ese sentimiento. Y eso también me asusta. He conocido mujeres de toda clase, y disfrutado relaciones maravillosas de las que saqué su moraleja. Pero sólo me enamoré de dos de ellas. Una sigue aguantándome, y la otra me dejó por un amigo. Compadezco a la primera, pero también a la segunda. El mayor error de mi vida fue dejarme llevar por la opinión de los demás en el tema del amor. El mayor acierto aún está por ver. Aún así, no lo puedo evitar. Me considero romántico empedernido, y eterno soñador. Aún así, si hay algo claro en este aspecto, es que nunca puedes decir "no" a nada. El amor es incontrolable, y puede generar tanto mal como bien hace.

Soy una persona absolutamente sociable. Me implico demasiado en los problemas de los demás y eso a veces me etiqueta de "pesado". Aún así, me encanta ser útil en el campo emocional, donde me muevo como pez en el agua. La gente que me conoce dice de mí que no tengo término medio. O te caigo muy bien, o te caigo fatal. A pesar de todo, lucho por evitarlo, pero lo tengo tan asumido que por desgracia me vuelco con la gente a la que le caigo bien, y defenestro al otro grupo. He llegado a hacer por otra persona lo que nunca haría por mí mismo. Tanto en lo bueno, como en lo malo.

Sé que por herencia acabaré enganchado a los ansiolíticos. Mientras llega la hora del lexatín, Orfidal o cualquier otro benzodiacepínico de amplio espectro seguiré escribiendo. Es lo único que calma mis impulsos. Y perdonadme el cambio de registro.

11 de julio de 2008

Ya vendrán otros

" Tranquila niña. No sufrás. Ya vendrán otros... "


Paso a paso. Solo. Manos enjutas en los bolsillos de una chaqueta barata, mirada perdida en el horizonte. Víctima de la desolación. Sin más rumbo que el alejarse de sí mismo. Sin más compañía que el Sol ocultándose entre filas de barcos amarrados. Con cada paso, se van cayendo por entre los bajos del pantalón cada ilusión, cada momento, cada recuerdo. Víctima de una desintoxación paulatina; su caminar iba trazando un esbozo triste y desgarbado parecido al que se dibuja en los trozos de papel que acaban en el fondo de la basura. Se acababa de dar cuenta que lo suyo no fue más que una enfermedad. Una enfermedad contraída por una infección de miradas cálidas, empeorada con casi dos años de momentos en común; y que se curó con virulencia a base de rutina, de confusión y unas dosis de terceras personas. Y tras ese periodo de convalecencia, no quedaba más que soledad. Una soledad que empezó con un archivo de palabras tristes y un " será mejor dejarlo aquí ". Y a partir de ahí, un lento caminar que comenzó hace ya un mes; no sin varios intentos desesperados de volver a enfermar, aunque sólo fuera por una efímera noche y con otras personas. Egoísta pensamiento torturador. El caminando sólo en busca de una Cenicienta temporal sobre la que derramar tanta bilis contenida. Ella enfermando con áquel simpático amigo del que un día ella comenzó a hablar más de lo usual. Y mientras él lloraba su pérdida y su propia autodestrucción, ella borraba de un plumazo sus recuerdos con el sudor del sexo novedoso. Cosas de la vida. Una vida cruel, incapaz de enseñarnos con buenos momentos, donde todos llevamos una máscara y en la que nuestra búsqueda de la libertad nos lleva a repudiarla cuando la tenemos, y añorarla cuando nos falta.

Avanzó con su pie izquierdo y, poniendo el derecho a la misma altura, frenó su deambular. Se encontraba bastante lejos, mas no lo suficiente. Nadie a su alrededor. Sacó la mano izquierda de su bolsillo; dejando ver un folio doblado en cuadrados perfectos. Secó ambas manos frías de sudor en la chaqueta y desdobló el folio; aguantando el nudo que afloraba en su garganta. En dicho trozo de papel; una carta de ella. No sin antes armarse de un suspiro profundo, releyó los párrafos lentamente, dejando caer sus lágrimas sobre la hipócrita epístola:

" Y ojalá no me dejes nunca amor, que seas la luz que guíe mis pasos en esta vida y que cada noche sean tus brazos los que me arropen. Porque te quiero más que a mi vida, sé el guardián de mis sueños. Siempre... "

Cruel ironía. Aquello que antaño llenó su corazón de alegría, hoy lo partía en varios pedazos. Sin dilación, y con una parsimonia intencionada, fue doblando aquella carta de amor hasta hacer un simpático barco de papel. La tinta de las velas; corrida por las lágrimas, le daban un aspecto bucólico y triste. Se tumbó sobre el frío suelo del puerto y, alargando su brazo, colocó suavemente dicho barco en el agua. La suave brisa marina que corría en áquel lánguido amanecer lo hizo alejarse puerto adentro; con suaves movimientos interrumpidos por la curiosidad de los peces carroñeros. Quedó absorto mirándolo, observando cómo se perdía en la inmensidad del mar.

En aquel barco se fue de pasajera su última lágrima. Al menos por ella. Un ritual personal en el que evocó al olvido como único escape a la decepción y a la tristeza. Rumbo a la nada. Sus lágrimas. Sus recuerdos. Aquellos paseos por el parque con las manos entrelazadas. Aquellos besos bajo el portal de su casa. Todo se fue de su mente con aquel barco de papel. Todo menos ella. Aún seguiría un tiempo por su cabeza. Alegre, jovial, enamorada,...tal y como él quería que fuera recordada. Porque, a pesar de todo, fue su primer amor; el verdadero. Ya vendrán otros amores para olvidar.





Audio - Pastora - Desolado.

10 de julio de 2008

Un Diciembre cualquiera.

( Estas lineas, me fueron contadas en Villalba hace un par de años en una cafetería. Y desde entonces le debo un recuerdo ).


Un Diciembre cualquiera. Apenas me ha dado tiempo a comer y ponerme el uniforme físicamente, porque en mí lo llevo ya dentro desde hace años. Ya me gustaría alguna vez poder quitármelo, pero no puedo. Es lo que tiene trabajar un día hasta las 22, el día siguiente a las 6; y acostarme ocho horas para después volver al tajo de nuevo a las 10... Me llevo el beso de mi mujer y mis hijos; y la lista de reyes en la cabeza. Un año más tengo que esperar a la paga extra para poder comprarle al benjamín el Scalextrix. Por ellos lo que sea. Aunque la hipoteca me prive de un buen jamón.

Cae una fina lluvia, como casi siempre, sobre Villalba. Una bonita ciudad que espero pronto abandonar para volver a mi Tierra; Toledo. Me aseguro que llevo las luces del puente encendidas. A ver si entre punto y punto me acuerdo y voy a comprar unas cosillas que me hacen falta para hacer una chapuza de fontanería. De momento nada interesante en la emisora. El teléfono tampoco suena, así que supongo que será una buena tarde. Mi compañero está mirando por la ventana, absorto. Sé que tiene problemas con la novia; la cual vive a 500 kilómetros y no pudo venirse con él. No me gusta verlo así, pero tampoco puedo consolarlo. A mí me pasó lo mismo. Perdí a mi pareja, conocí a otra y ahora tengo dos niños, una hipoteca y la próstata del tamaño de un melón... Ley de vida. Subo un poco la música. Es 17 de Diciembre. Dentro de poco Navidad. Qué alegría. Una época en la que todos deberíamos estar felices. Todos, menos mi compañero.
La emisora de repente se vuelve loca. " Aquí Central Eco30 tiene parte urgente para todas las unidades, en especial primera compañía. Ha habido tiroteo en la A-6 sentido M. Kilómetro 38. Hay heridos. Diríjanse todas las unidades al lugar ". Nos miramos. Estamos a poca distancia del lugar. Sin decirnos nada, mi compañero pone las sirenas. Yo piso el acelerador. No sin miedo.

Conforme vamos llegando al lugar, pueden observarse las luces de los vehículos de emergencia. En cuanto veo la matrícula se me hiela la sangre... Molina y Aguilar. No puede ser. Mi compañero se queda petrificado. Afloran lágrimas en nuestros ojos. Dejamos el vehículo en el arcén y ambos salimos corriendo hacia el lugar. El cuerpo de Molina yacía junto un Ford Escort azul, y a escasos metros su pistola ensangrentada. Los médicos intentaban reanimarlo. Mis rodillas flojearon. Acabé yendo al suelo. 27 años. Una vida por delante. Una vida que se iba en aquel reguero de sangre que bañaba el asfalto de aquel fatídico punto kilométrico.

Con la muerte de aquella persona, se evitaron cientos de cadáveres en una masacre que iba a tener lugar en Madrid a lo largo de diversos centros comerciales. Varios policías que intervinieron en la operación fueron condecorados. El Guardia Molina recibió dos metros de Tierra sobre él. Los auténticos héroes siempre tienen un triste final.

http://http://www.guardiacivil.org/terrorismo/acciones/detalle.jsp?id=39

8 de julio de 2008

Ella

" Podía tener una visión más o menos apocalíptica de la realidad, mas pensándolo bien, ésta podía ser una de mis ideas principales para recibir el fin del mundo con los brazos abiertos, y una sonrisa en la boca. Y el paisaje no era del todo idílico. Una habitación de pensión sucia; la cual hacía años que no recibía la visita de un pintor, un triste mueble aparador sobre el que dejar la botella de Ron con la que empezó nuestro asesinato a la razón, y un espejo sobre el que apenas poder vislumbrar el rostro de ella. Hace ya dos largos minutos que yace apoyada sobre el mismo, cabeza baja, dándome la espalda. Tan sólo puedo observar sus infinitas piernas abiertas, dando entrada a las curvas de sus caderas; tímidamente arropadas por una especie de camisón transparente, el cual deja entrever maliciosamente un poco de su trasero. Ya en el espejo puedo atisbar sus pechos; suaves, aterciopelados, con un tacto similar al de el melocotón recién cogido. Más abajo, un pequeño fulgor resplandece con la poca luz del ambiente. Sin más vestido que lo puesto; una cadena de oro en el tobillo y un gracioso piercing en el ombligo. Un fulgor parecido al de una estrella en mitad de tanta oscuridad.

Ella se da la vuelta, dejando tan sólo una de las manos apoyadas en dicho aparador. Su pelo; liso y suave, provoca un caprichoso efecto dejando medio rostro oculto tras su media melena. Desde esta silla casi puedo notar el olor que despide a champú caro y colonia dulce. Deja oculto medio iris en su mirada profunda; sin pestañear, al tiempo que sus labios se despegan suavemente unos milímetros. No sé si echarme a temblar, o acabar de perder la cabeza. Tan sólo dos pasos nos separan. Ella avanza uno. No puedo moverme. Ante mí, se abre un paraíso donde no me importaría vivir para siempre. Me encantaría poder cogerla y decirle que sobre su cuerpo sería capaz de escribir a golpe de esperma las mil y una razones de por qué con ella sí, y no con otra cualquiera. Desearía por encima de todo hacer del milímetro la máxima distancia permitida entre nuestros cuerpos y que mientras diésemos rienda suelta a nuestra pasión no apartar un segundo la mirada de la sima de sus ojos. Dios... Es imposible que pudieses hacer cosa más hermosa sin más intención que darme una razón más por la que vivir. Seguro que tiene truco, y acabaré ardiendo en el infierno... Da un segundo paso. Se sienta sobre mí, y sonríe. Intento abrir la boca y su dedo índice me la cierra suavemente con hilos de miel. Mejor no decir nada. Cualquier gesto podría malinterpretarse, y acabar con algo tan maravilloso que no necesita palabras. Ella apoya sus piernas en el suelo, se sienta sobre mí haciendo interminable el momento en el que unimos nuestros cuerpos. No sé qué me gusta más... Si sentir que estoy dentro de ella, o ver el gesto de liberación de su cara al sentirme. Quedan sus pechos a la altura de mi faz; dejando rienda suelta a mis instintos de señalar interminables caminos entre ellos con la punta de mi lengua; acabando siempre en sus cálidos pezones. Sus manos me reclaman un beso apasionado. Siento sus dedos arar mi pelo. Alzo la mirada, viéndola allí; ejecutando lentos movimientos acompasados, con la misma sonrisa cautivadora que me conquistó aquella tarde de primavera y con igual fuego en su mirar al que ardía entre nosotros en aquel momento. Mis manos ya están enraizadas en su cadera en un fútil intento por mantenerla allí siempre. Acabo conformándome con el aumento del ritmo de sus movimientos, al tiempo que su cuello me ofrecía kilómetros de orografía por besar... Ella quiere más. Y yo no sé si puedo llegar a su nivel.

Finalmente alcanzamos el cielo juntos. O al menos eso me hizo creer. Sin exteriorizarlo con gemidos o gritos cinematográficos. Sólo el ritmo de nuestra respiración, el latir de dos corazones extenuados y la fuerte contracción continua de su zona pélvica. Aún así, no la dejo que se separe de mí. Eso sí, sin decir una palabra. Ella tampoco. Mejor. ".


5 de julio de 2008

Como nunca volverá a ser...

Allende el tiempo, justo cuando en pleamar la costa se rinde a la constancia del oleaje, me vienen recuerdos de ti. Recuerdo cuando caminábamos juntos por la orilla, cogidos de la mano, sin apenas decir nada. Y es que para qué se quieren las palabras cuando las miradas lo dicen todo... Solos; tú, yo, y el mar. Un mar inmenso, profundo, el cual hoy me atenaza ahora que me dejaste cual perro vagabundo. Deseo parar las olas, sólo con el fin de poder vernos otra vez reflejados en su difuso espejo. Y casi hasta puedo sentir cada milímetro de tu piel cuando mis manos la hollaban suavemente en un apasionado intercambio de besos a la luz fulgente del atardecer costero, sin importarnos que la marea acabase mojándonos los pies.

Recuerdo cuando el Sol se rendía al horizonte del mar, apagándose en su interior, al tiempo que nuestra pasión se encendía cada vez más con ese mar de testigo. Un testigo que hoy llora por tu ausencia. Vuelve conmigo. No puedo vivir sin ti. Que este mismo mar que antaño vivió nuestro amor borre las huellas del infiel pasado y nos permita volver a caminar por un presente sin condiciones. Solos. Tú y yo. Aunque tenga la certeza de que nunca volveré a disfrutar de un amor como el tuyo. Y me duele. Por eso mis lágrimas son más saladas que nunca. Porque quiero llorarte un mar, y crear así un lugar donde siempre caminemos juntos tú y yo. Como antes. Como debería ser siempre. Como nunca volverá a ser.


( Si algún día me ves morir, llévame al mar. Quizás ella en ese momento lo esté contemplando tambien... )

Mi día libre

Las gotas de lluvia resbalaban suavemente sobre el cristal del vehículo; disfrutando de haber finalizado iniciático viaje desde la pléyade de cúmulos, nimbos y cirros que en el día de hoy ganaban la batalla al Astro Rey. Parecían disfrutar su victoria resbalando suavemente por la pulimentada superficie, hasta ser aniquilados por el virulento vaivén del limpiaparabrisas. El semáforo; de prohibitivo color, hacía interminable la espera. En el fondo; una canción desesperada de Marco Massini hacía llevadero el tránsito urbano. No tuve más remedio que ponerme a cantar. Era mi espacio, mi momento, mi concierto en el que miles de gotitas aplaudían a rabiar mis agudos y menos graves con su cadente repiqueteo.

Suena el móvil. Es mi mujer. Un triste Short Message System en el que me recuerda que no se me olvide de recoger un impreso en Correos. Como si no me lo hubiera dicho veces. Que no se te vaya a olvidar, que luego la tenemos - era su sentencia; firme y sin posibilidad de absolución. Como si no hubiere otra cosa más importante en el mundo. Toda la mañana de papeleo, y con la premisa de dejar el coche en el parking más céntrico a todos los recados que debía de hacer por aquello de que uno es hombre; y como hombre que es suele olvidar el paraguas. Vaya día libre. Ni hecho a posta. No podía estar en la casa que mi sueldo mantiene; disfrutando del internet que yo pago y viendo la tele que años atrás compré. No. Debía de recoger un maldito impreso de correos, recoger las gafas del crío y comprar el último número de la revista psychologies. Y eso sí, antes de las 12 que aún hay que ir al Carrefour a comprar las cuatro cosas que se olvidaron el día anterior, y no pudieron ser apuntadas en el genial invento de la lista de la compra.

Tengo que cantar más fuerte. Es mi momento. No tengo críos en la parte de atrás del coche dando la vara, no tengo a mi mujer cambiando constantemente de cadena y repudiando mis cd´s y ni siquiera tengo al amigo pelma que señala a toda chica que pasa por el paso de cebra mientras murmura guarradas. Estoy solo. Y es mi momento. Por eso abogo mi canto con el de tan genial cantante, invocando un "acelero por la vida, yo nunca piso el freno". Vuelve a sonar el móvil. Esta vez es mi desliz. Una compañera de trabajo con la que volví a sentir amor por mi mujer. Ni siquiera lo leo. Hoy no quiero sexo dificil. Tampoco fácil. Es mi día libre, y lo quiero para mí.

Semáforo en verde. Sigo cantando. Voy soltando el embrague. Una chica que llegó tarde al paso se me queda mirando. Lleva un precioso chubasquero marrón, y bajo el paraguas un precioso rostro Escandinavo. Me sonríe. Yo también la sonrío. Y se pierde por el espejo retrovisor. Creo que el parking de la Alameda de Colón me viene genial. En cuanto llego, cojo el móvil. Tengo ganas de romperlo por hoy y que nadie me moleste. Porque pienso disfrutar de este día como si fuera el último. Porque en bastante tiempo es de estos días en los que por fin puedo estar conmigo mismo. Mando otro mensaje a mi mujer. Cariño, que no se te olvide el pan - a ver si así coge la indirecta, o piensa que también lo voy a traer de paso. Mando otro mensaje a mi desliz: Hoy no puedo. Gracias por acordarte de mí.

Al salir del parking, la lluvia ha parado. Un bendito amaine que dará tregua a mi gabardina recién sacada de la tintorería. Recupero aire. Esos cinco kilos de más se me notan hasta para subir cuatro peldaños. Las gafas, el pan, la revista,... ¿ Se me olvida algo?. Qué más da. Hoy es mi día libre, y nadie me lo va a reventar.

1 de julio de 2008

Carta de Amor

( Amor no es más que algo pasajero. Recuerdos de mi juventud )

Aún no sé cómo ni por qué, pero aquí estoy. O mejor dicho aquí estás tú, leyendo estas líneas desde quién sabe dónde. Probablemente cuando hayas visto el remite estarás regocijándote en el orgullo de haber recibido esta misiva, o también sea posible que lo estés leyendo junto a esa amiga rubia de la que nunca te separas en pleno disfrute y sorna de mis palabras. Me da igual. Estés lo que estés haciendo, quiero que sepas que esta carta es para ti. De un corazón que parece latir al compás de tu mirada; cruel y a la vez dulce que parece jugar conmigo continuamente, dándome tanta esperanza como quita la certeza de saber tu corazón ocupado por otra persona. Una persona a la que no creo merecedor de esos dos luceros que son tus ojos, una persona que probablemente no esté a la altura de amar un cuerpo como el que Dios te regaló, una persona que seguramente no sea capaz de amarte cada noche como la primera vez.

Y quizás yo tampoco te merezca. Y aunque sabes por mi gesto que la vida entregaría por pasar veinte interminables minutos a tu lado, sólo quiero que sepas que no me estoy declarando en estas lineas. Que lo único que deseo es que seas feliz con otra persona distinta de este pobre iluso que un día soñó con rozar tus labios, y ya no volvió a despertar.

Quiero que seas feliz con alguien que pueda quererte la mitad de lo que yo te he querido en silencio, porque eso sería más de lo que alguien pudiera dar en toda una existencia por ti. Quiero que puedas sentir con otra persona lo que tantas noches he imaginado contigo, y que por un minuto puedas tocar el cielo junto a él; de la misma forma que tantas noches lo he tocado en mis pensamientos y que esa persona cada vez que coja tu mano piense en tenerla por siempre asida como bastón de apoyo para el resto de la vida; como tantas veces he pensado.

Por eso sé feliz con quién quieras, pero que te quiera de verdad. Como yo, sabiendo que nunca te tendré, te quiero.

29 de junio de 2008

Debió ser amor.

Debió ser amor aquello que por ti sentí en aquel momento. Lo sé porque hoy día no soy el hombre que fui, y cualquier pequeño resquicio que quedara de él fue pisoteado por tu recuerdo. Cambié tu amor por el placentero cielo del ansiolítico, el calor de tu lado de la cama por los hipnóticos de vida media y el olor de tu pelo húmedo sobre mi cara por una continua resaca de mujeres a saldo y alcohol. Y es que sólo así puedo seguir a tu lado. Drogado. Drogado para olvidar que una vez fuiste mía, y que ahora andas cabalgando sobre las piernas de otro, sintiendo sobre tus pechos el aliento de otra persona, llevando al cielo a cualquiera que caiga en la trampa de tu monte de Venus. A cualquiera, menos a mí. Porque a mí tú ya no me quieres.

Pero yo sí te sigo queriendo. Sigo recordando cuando, sentada sobre mí,envenenabas mi ser con cada movimiento de tu pelvis. Recuerdo el cadente vaivén de tu sexo sobre el mío, mientras mis manos hacían raíces en tus senos y mi boca hacía de tu cuello campo donde sembrar escalofríos de placer. Recuerdo tu cara; ojos cerrados y boca entreabierta mordiéndote suavemente los labios. Recuerdo tus arrebatos de pasión horadando suavemente todos y cada uno de mis rincones más profundos. Recuerdo el cruel orgasmo que tras una noche de pasión me dejaba exhausto, incapaz de concebir un futuro sin ti. Pero también recuerdo que nunca me dejarías, que era yo tu único hombre en la vida y que en la cama no había nadie como yo. Recuerdos que hoy son dagas en mi corazón, polvo en mi camino y nada en mi horizonte.

Hoy ya sé que nunca volverás a mi lado. Aunque siempre tuve la esperanza de volver. Hoy sé que debió ser amor; resultando ser sexo sólo, y qué solo me dejó.

28 de junio de 2008

F

( En recuerdo a mi primer relato original )

El cursor de la pantalla seguía pardadeando con brutal intensidad. Sobre aquel fondo blanco, parecía desafiar al escritor con aquella insidiosa cadencia ininterrumpible. Josh seguía frente a la pantalla; pétreo, inmóvil, mudo. No comprendía cómo había llegado a ese punto. Su bloqueo mental era tan brutal, que no era capaz de seguir una linea más. Su mente no daba más que para una "f" que allí seguía; tras el maldito cursor del procesador de texto. Y no era capaz de terminar la palabra. Sólo aquella consonante labial fricativa sorda. F. Y no más. Sus dedos; amarillentos de infinidad de cigarros consumidos entre los mismos, se encontraban fijados al teclado, sobre ellos, desafiando a un cerebro vacío de inspiración, mudo de iniciativa, vacuo de pensamiento. Sólo importaba la "f". No recordaba las más de cien páginas anteriores, ni tampoco quería hacerlo. Seguro que estaba bien. Y aquella "f" se pulsó por alguna razón; motivo suficiente como para no avanzar hasta deshacer el entuerto. "F" de desolación. "F" de vacuidad. "F" de bloqueo. Consiguió despegar una de sus manos del teclado para recolocarse sus gafas, y así dar tregua a las precoces llagas que le estaban apareciendo en la nariz de tener puestas las mismas tanto tiempo. Tras aliviar aquel dolor nasal, pasó la mano por su faz; enjuta en una barba deforme, con varios claros y desaliñada. Era un esperpento. Levantó la vista del monitor por unos segundos y miró hacia su cama. Completamente deshecha. Parecía el apocalipsis de una cruenta batalla. En la mesita de noche; un simple despertador analógico y un periódico de varios días que se encontraba adherido al mueble tras haber sido depositado hace varias semanas sobre café derramado. Junto al periódico, varios kleenex de intentos fallidos de masturbación inspiradora. No podía ser. Notaba cómo su bloqueo se transformaba en frustración. Cómo desde el más recóndito escondrijo de sus vénulas comenzaba a fluir odio; directamente al corazón. Mordió su labio inferior. Lo hizo con rabia hasta notar el sabor de su propia sangre. No podía seguir así. No sabía cuánto tiempo llevaba con aquella novela, pero sí sabía que debía terminarla. Y no podía.

Sintió deseos de llamar a su ex mujer, de llamar a su hija, de llamar a su editor, de llamar en definitiva a alguien que en una burda conversación le diera pie a otorgarle el significado justo a aquella "f" amenazante. Pero no podía. Apretó su lengua contra la parte interna del labio herido. Así cortaría la hemorragia. Observó por última vez a su enemiga consonante y apagó el monitor, dejando como única banda sonora de la habitación el inconstante ruido de la refrigeración del microprocesador. Tras levantarse, se dejó caer en el desvencijado colchón de la cama, mirando hacia el techo. Arriba, sólo suciedad, humo de tabaco reconcentrado y una triste y desnuda bombilla de 60 watios. Hoy había perdido la batalla. Retiró el periódico de la mesa, no sin comprobar antes cómo las páginas iniciales habían pasado a formar parte del barnizado de la misma. Abrió por la página de sucesos. Un famoso escritor había aparecido ahorcado en el cuarto de baño de su triste estudio de 30 metros cuadrados. Como el de él. No pudo evitar esbozar una ligera sonrisa. Menudo imbécil. El libro más importante de su vida y no lo había terminado. Volvió a dejar el periódico sobre la mesa y se puso boca abajo. Su musa inspiradora se estaba retrasando, pero mañana seguro que estaría en su mente. Y podría terminar su novela.

En el silencio de la noche, el ruido del ordenador se entremezclaba con el vaivén de la soga yacente en el cuarto de baño como último vestigio de lo que Josh hizo. Su alma, condenada por siempre, sufriría con la eterna búsqueda; día sí y otro también, de la dos letras que le faltaban a su novela; relato de vida que decidió terminar por su mano sin ponerle el broche que sólo Dios sabe poner. Porque una novela jamás debe terminar sin un simple y escueto "f..in". Y nadie es quién para decidir cuándo ponerlo.

27 de junio de 2008

Faltan huevos.

Esta mañana he ido al Supermercado. Barba de tres días, ropa desaliñada de haberme acostado con la misma puesta y un incipiente dolor de cabeza. Tampoco me he podido peinar, y ni siquiera creo que me haga falta. Total... cada vez tengo menos pelo, y cada vez menos ganas de cuidar lo que queda. O sea, un desastre ante cualquier espejo que logré maquillar con unas gafas de sol y unas gotas de colonia por encima, devolviéndome así un ligero atisbo de humanidad.

Sólo voy con un objetivo. Huevos. Una docena de oscuros, ovoides y grandes huevos. Sin importarme marca, fecha de puesta o envase. Simplemente me faltan. Me faltan huevos para afrontar el mundo, y huevos en la nevera. Y por mucho que me depile ciertas partes nobles; en un intento desesperado de recuperar grado de autoerotismo, sigo sin vérmelos. Igual que en la nevera. El envoltorio está ahí, pero vacío. Y lo peor de todo es que voy con una sonrisa sociópata impropia del que va a hacer tal sagrada compra. Si es que mi psicólogo ya me lo dijo: No tienes que temerle a nadie más que a ti mismo. Pero, ¿ quién va a temer a alguien que lo primero que hace nada más sufrir su enésimo episodio de insomnio es ir a comprar una docena de huevos?.Y no le quito la razón a mi terapeuta, aunque durante todo ese tiempo se comportase como un ladrón de mis pensamientos. Viendo lo que escribo, cualquier día descuartizaré a alguien por el mero placer de evocar mis tiempos jóvenes cuando me consideraba un experto jugando al Tetris. Y hasta no me faltará una sonrisilla al hacerlo.

Llego a la zona. No veo los huevos. Estos gabachos... Siempre cambiando las cosas de sitio. Me acerco a una chica para preguntarle y, tras echar un vistazo alrededor, se sonríe a sí misma y me dice " ¿ No podías haberte buscado otra excusa menos tonta para hablar conmigo ? ". Silencio. Me quito las gafas y me sonrío. A mi derecha cientos de hordas ovoides me esperan para devorarme. Sigo callado. Sólo la observo. Pechos turgentes, mayor que yo, mirada lasciva y anillo de compromiso en su mano izquierda. Probablemente anoche su partener no acabara cumpliendo con sus obligaciones. O quizás el rollo éste de tipo duro que se echa encima colonia para enmascarar su pasotismo en la higiene personal la hacía imaginar con interminables horas de sexo y sumisión mirando hacia la Meca. El caso es que yo también lo imagino, me sonrío y simplemente señalo el estante con los huevos y digo " Bien... Ya los he visto. Gracias. ".

Cruzamos sonrisas y voy a por mi docena. Me sigue mirando. Yo la miro a ella. Y cojo mis huevos y me voy. Su anillo de compromiso es toda una invitación a orar a golpe de cadera, pero a la vez una señal inequívoca de convertirse en todo un problema. Un juego bonito; tipo chat, en el que se ponen pensamientos a hervir sin llegar a quemarse. Lo único que me queda claro es que mi nevera volverá a tener huevos. Mientras, tendré que seguir buscando los míos por otro lado.

¿ Por qué ?


¿ Por qué hoy siento odio ?

¿ Por qué lo siento hacia mí mismo ?

¿ Tengo yo la culpa de todo ello ?

No. Aunque siempre intentes hacerme pensar lo contrario.

26 de junio de 2008

No me importa.

Dos palabras son las únicas te mereces. Dos palabras que puedan resumir el ansia que me corroe por no poder olvidar tu nombre. Ojalá pudiera olvidar dicha combinación silábica, llena de melodía que incita a la lujuria. Ojalá pudiera quitar de un plumazo el sabor de tus besos, y desterrar de esta pobre cabeza el contoneo de tu cintura a escasos milímetros de mi cuerpo. Ojalá pudiera borrar el día que el destino nos cruzó en el camino de la vida y así no ser nunca el esclavo en el que me convertiste. Pero no puedo. No puedo olvidar tu nombre, ni tus besos, ni tu cintura, ni el día que te conocí. No puedo porque quiero seguir sintiéndome esclavo de tus deseos y conformarme cual perro con las sobras; triste, herido, pero feliz de poder seguir comiendo a tu lado.

Por eso ámame, y que no te importe cuánto sufra. Que nuestro amor se resuma a un larguísimo minuto de violencia, que pueda escribirse en el vaho que inunda los cristales de la parte trasera de un coche y que tenga el final más humillante que pueda tener. No me importa. Quiero sentirme tuyo; golpeado y vilipendiado por tu indecisión. Humillado por mi indefensión. Preso de una pasión vulgar y efímera; dónde sólo importe el hoy, sin pensar en un mañana. Que nuestra historia se escriba en arrebatos de pasión sin sentido, en momentos de obcecación destinados a devorarnos mutuamente sin ningún tipo de pensamiento y que el día que desees puedas abandonarme a mi suerte sin ningún tipo de complejo. Porque no me importa, mientras así pueda tenerte cerca.

Por ello odiame. Vejame. Maltratame. Porque así al menos podré tenerte tan cerca como siempre quise. Rompe mi corazón, hazlo trizas y guárdalo como un trofeo más en tu extensa vitrina de conquistas. Que no me importa.

El dolor que me provoques pasará. Y llegará el día en que te enamorarás. No de mí. Pero lo harás. Te enamorarás del primer bastardo al que hipotecarás con un retraso de seis días, y yo estaré allí para verlo. Para verlo y decirte esas dos palabras que nunca creí poder decirte. Te odio. Suerte en tu vida. Y sigue amándome. Que no me importa.

Adios tristeza, Hola liberación

En la vida podía haber pensado que una amplia habitación fuera cárcel, y a la vez pasaporte a la gloria. Son apenas 10 metros cuadrados casi perfectos; insultados por un pilar desastroso; engarzado en una de las esquinas. Dicho saliente desafía a la perfección del habitáculo; sabedor de su importancia como sustento de toda la estructura. Aunque rompa la armonía. Armonía que que tiempo ya abandoné. Porque quise. La puerta se encuentra cerrada. Y contra el pomo, una vetusta silla de madera hace de contrapeso sobre la misma, cruel carcelero y confidente de mi momento de soledad. Esa silla me asegura la intimidad que necesito, y a la vez me condena a ser consciente de la planificación que he realizado. Las lágrimas apenas me dejan ver, inundan mis ojos ahogando cualquier chispa de vida que quedara en ellos y el corazón; hecho completamente un nudo, apenas me deja respirar. Tampoco puedo articular palabra alguna, aún no siendo necesario. Desearía poder hablar conmigo mismo, e inundarme de razones para no llevarlo a cabo, pero no puedo. El dolor es tan grande que considero muerta mi alma hace tiempo, y no quiero seguir siendo un cadáver andante. Miro la pistola. Pequeña, temblorosa entre mis manos, pavonado reluciente... Unica llave hacia la salvación. Cojo aire, y entre sollozos, entremezclo el ahogado sonido de mi plañir con el seco chasquido de la corredera. Un pequeño movimiento ha alojado mi único soplo de libertad en la recámara. Ya sólo quedaría apuntar hacia mi y terminar con todo. Apretar el gatillo. Notar el primer tiempo del mismo accionar todo el mecanismo, y que en décimas de segundo la aguja percutora prendiera la pólvora del proyectil; iniciando su último camino a través del cañón del arma. Probablemente el dolor sea insufrible, y no termine con esta agonía de golpe. Pero la liberación posterior seguro merecerá la pena. Otra vez pensamientos disfrazados de alegría intentan evitar este desenlace. Pero no les hago caso. Sé que son mentira; una treta de esta masa orgánica viva que no hace más que abocar a su instinto de supervivencia. Os odio; recuerdos. Odio el primer beso de amor. Odio el nacimiento de mi primer hijo. Odio el día de mi separación. Odio el día en que conocí a todos y cada uno de los que me han hecho amar esta vida que no vale para nada. Cierro los ojos y respiro profundamente. Introduzco el cañón del arma en mi boca. Las lágrimas desbordan mi rostro. Noto el sabor alcalino de los restos de pólvora alojados en el cañón. Arcadas. No puedo hacerlo. Mi cuerpo se resiste. Apenas tengo fuerzas para seguir. Lo intentaré en la sien. Tapono el cañón contra la misma. Noto la saliva depositada en el mismo. Lo siento. Lo siento por todos los que en su momento signifiqué algo para ellos. Lo siento; porque ya no seré una carga para ellos. Deslizo mi dedo suavemente sobre el disparador. No podía dispararse con sólo el roce, no. Hay que presionar fuerte. Con decisión. Cierro los ojos, y mis últimas fuerzas se concentran en ese índice de la mano derecha; ejecutor de mi sentencia absolutoria. Adiós, tristeza. Hola, liberación.

Por qué nunca escribiré algo decente.

Las 08:30 de la mañana. Ha sido una noche larga. Llena de ilusiones y de decepciones, de alegrías y de tristezas; de sentimientos que provocan amor y a la vez odio, pero que de un modo u otro, siempre me llevan a la encrucijada de la felicidad. Ese cruce de caminos que todos buscan; algunos encuentran y bastantes creen haberla encontrado. Hay gente que me dice que es feliz; ajena a que el precio de la leche duplica la gasolina. Los hay que son felices teniendo su casa, sin tener en cuenta que dentro de un tiempo quizás no puedan ni pagarla; viendo como el objeto de su felicidad es subastado a irrisorio precio por un banco cualquiera. Los hay que son felices teniendo pareja; cuando buscan el consuelo de un largo minuto de violencia entre las piernas de otra persona. Los hay que son felices porque así son; sin percatarse que más que un estado sea una anomalía patólogica de una personalidad vendada a la realidad. ¿ Por qué sois felices, entonces ?, ¿ No os dais cuenta que de la poca vida que nos dan la mitad es mentira, y la otra mitad es sueño ?.

Mi experiencia es esa. Y ahora lo sé. Podré ser más o menos feliz, pero nunca lo estaré completamente. Porque la felicidad plena no existe. Y en mi caso, se puede decir que lo tengo prácticamente todo, excepto lo más sencillo. Soy yo, yo y mis consecuencias, yo y mis deseos, yo y mis miedos, yo y mi soledad. Y por ello jamás seré capaz de escribir algo decente. La gente quiere felicidad, quiere historias bonitas, y para mí eso no es la realidad. Es un mundo más complejo donde la mayor de las alegrías esconde una terrible pena, y donde muchas veces para intentar ser feliz, dilapidamos la alegría de otras personas. Nos gusta vivir felices, aunque sea con un muro de mentiras. Mentiras y más mentiras, hasta que de nada sirva decir la verdad.



Os dejo un video que encontré buceando en mi búsqueda de la verdad. Espero que os haga pensar tal y como a mí me hizo.

25 de junio de 2008

Querida enemiga

Querida enemiga:

No sé qué nombre puedo darte, puesto que la historia te ha dado muchos, y, ni siquiera sé si tu aspecto es agradable o todo lo contrario. Sólo sé que nos observas, nos miras, y esperas pacientemente el encuentro con todos y cada uno de nosotros.

Te escribo porque ya te he visto demasiadas veces en este año. Sé que es tu trabajo, y que el mío es tanto o más desagradable que el tuyo, pero... te tengo miedo sin tener por qué tenértelo y te respeto porque eres condición marcada a fuego como castigo por nuestro pecado Capital desde el primer momento en que abrimos los ojos a esta existencia.

Sinceramente, cuando ya he cumplido más del cuarto de Siglo en este mundo, soy incapaz de girar la cabeza y echar la vista atrás. Todo ese tiempo, hubiese estado bien aprovechado o no, es tiempo perdido; no recuperable. Ni recuperable son aquellos momentos con 15 años en los que se viven los primeros amores, o aquellos inolvidables momentos en los que correteaba golpeando los timbres de las casas para que el más gordito del grupo se llevara las broncas del vecindario. Nada es recuperable. Y sé perfectamente que el modo de verlo es cuestión química, recordándome de manera triste y efímera que un estado emocional no es más que un proceso; el mismo que nos lleva a ti. Y por eso, con la botella medio llena o medio vacía, sólo quiero decirte que mi respeto hacia ti sólo es igualable por el miedo que produces, puesto que no el futuro es un libro del que no se saben cuántas páginas te quedan por leer...

¿ Recuerdas cuando te llevaste a aquel chico que decidió lanzarse por un Puente de madrugada ? , ¿ O aquella noche en la que tuviste a una chica cerca de 20 minutos en coma ?... Seguro que no... Al fin y al cabo es tu trabajo. Pero para mí se quedaron grabados... Tanto sus cuerpos como la sensación de que la vida se abre paso a pesar de todo ello. Tú cumples, te vas, acompañas en ese viaje al elegido y dejas más vida alrededor. ¿ Acaso eres un mecanismo natural que nos protege de nosotros mismos ? , ¿ Eres la ruleta que maneja el destino de todos nosotros ?... No lo sé.

Hace tiempo tuve la oportunidad de verte, y casi creí reconocerte. Eras tú; cruel y a la vez hermosa. Inoportuna y esperada. Siempre la misma forma de aparecer... Sin esperarlo. Tiendes la mano, de forma amable y dulce, pero como la visita incómoda e inesperada nunca eres bien recibida. Y con ello has dado la clave para sobrevivirte. No importa cuándo, cómo, ni dónde aparezcas... Simplemente para ser inmortal vale con ser recordado por siempre. Da igual que sea por un gol, por una buena acción, o por hechos abominables... El secreto de la inmortalidad está en dejar en los demás la semilla del recuerdo, ese recuerdo que te haga revivir en la mente de los demás cada vez que se pronuncie tu nombre.

Por eso, querida enemiga y a la vez inevitable compañera. Te temo y te respeto, porque de ti nadie se libra. Y mientras llega nuestra hora, sigamos forjando nuestra inmortalidad a base de cariño y hechos que perduren; porque esa será la única forma de ser recordados por siempre.

Lo siento mi amor, pero te tengo que dejar...

Me habría gustado empezar esta carta de otra forma mi amor, pero veo que, por muchas vueltas que le de, se me hace imposible. Sé que esto es más fuerte para mí que para ti, ya que seguro que con lo bonita que eres, y con toda la gente que te ama no te faltará tiempo para encontrar alguien que pueda dedicarte toda la vida, como yo siempre quise hacerlo desde el día en que mis ojos vieron la luz.

Pero tú sabes que la vida es así, y nuestros caminos deben separarse. Yo sé que siempre estarás ahí, y me da verguenza no poder decir lo mismo de mí. Por eso nuestra relación está condenada al fracaso, y sólo espero que con el tiempo me perdones.

Ya no podré pasear contigo por la Alameda, mochila a cuestas, disfrutando de la entrada al Parque y saboreando poco a poco el agradable olor a brisa marina que nuestra querida Malagueta nos va otorgando a medida que nos acercamos a sus arenas.

Ya no podré disfrutar de tu presencia cuando en las noches que necesitaba pensar juntos paseábamos por el pulmón del Morlaco, hasta que un banco nos ofrecía un sitio donde detener el tiempo respirando entre sus frondosos árboles.

Ya no podré amarte de igual manera, porque en la distancia todo se hace más complicado, y no dudes que si bien al principio lloraré por nuestra separación, luego me dedicaré a hacer bueno el dicho que el amor verdadero es el primero, y los demás para olvidar.

Te quiero, te quiero y te quiero... Me encantaría volver a oler junto a ti el incienso de la semana santa por la Calle Carretería, tomarnos unas copas frente al obelisco de la plaza de la Merced o simplemente pasear un par de libros alrededor de las bibliotecas de la Universidad donde tan buenos años hemos pasado.

Espero que cuando leas esto no te enfades conmigo, y el tiempo que aún me quede puedas seguir mirándome a la cara como amigos, prometiéndote que a tu regazo vendré a morir, y que mi último deseo será que antes de cerrar los ojos pueda verte por última vez e imaginarme que de tu mano, hago el camino más dificil que nos espera en esta vida, porque seguro que sabrás perdonarme.

Por si antes no te lo he dicho, lo siento. Pero te tengo que dejar, no sin antes decirte lo muchísimo que te amo MI MALAGA.

24 de junio de 2008

Te puede pasar a ti !

" ¿ Acaso no te ves distinto... ?. Te levantas; y da igual que sea tarde o temprano, hayas dormido o no,... estás preciosa. Se nota que estás enamorada... de la misma forma que yo lo estoy de ti". Y lo piensas, sin tener que decirlo, porque cuando se está enamorado es imposible esconderlo. Por mucho que quieras, acabas por decirlo. Porque te mueres por contarlo. Porque te mueres porque lo sepa. Porque sí... ¿ Y acaso no hay nada más bello que estar enamorado?. Los ojos brillan, el corazón late al compás de la persona amada y tus sueños te colocan más allá de un presente infame donde la vida no nos deja pensar más allá de los próximos cinco minutos de vida.

O quizás me leas, y estés desenamorado. No eres correspondido, o simplemente el amor te ha dejado alguna de las cicatrices que siempre deja... A ti, que un día sentiste como el corazón te daba un pequeño vuelco, y puede que incluso dejarás sobre tu cara ríos plateados tras cualquier esquina que te ofreciera la suficiente intimidad te digo que mires hacia abajo... Porque quizás ya hayas tocado fondo, y esa es la mejor noticia que puedo darte. Estira tus pies, toca ese fondo en el que te acomodaste e impúlsate hacia la superficie del sentir... Porque quizá esta no era la persona de tu vida, y allá fuera te espera impaciente la que está dispuesta a morir por ti. Nada hacia la luz, comienza a esbozar una sonrisa de oreja y quédate con lo bueno de todo el que hayas conocido, porque de cada relación de amor tienes que llevarte un pedacito que te enseñe a a amar mejor a la que te merezca. No llores por nadie, lo sé, tu amor está cerca. Y tu corazón, hoy henchido de dolor, volverá a recuperarse para dar ese amor.

Por eso, para qué pierdes el tiempo con juegos y escondites... Si estás enamorado, da igual que no seas correspondido. Porque al menos sabes, que si el amor invade tu alma, estás vivo.

Y eso es lo más bonito que puede sentirse, tal y como está el mundo.

Viva el amor, demuéstralo sin miedo y grítale a tu amor un te quiero. Y si no te quiere, QUE LE DEN y quédate todo el amor para ti mismo !.

23 de junio de 2008

Algo en que creer

Recuerdo que corría el final de Verano de un año cualquiera. Un año con 12 meses que por circunstancias de la vida se me hicieron tan eternos que gasté la mitad de las fuerzas reservadas para mi existencia en poder superarlos. Y de éstas, hice lo que todo buen cristiano hace: Ir a la iglesia cuando no encuentras otra solución. Pero no a implorar perdón, no. Tenía la intención de entrar por la puerta; semblante serio, y decirle al grandullón ese que lleva tanto tiempo colgado de dos palos que no era más que un cabrón; que no tenía consideración alguna y que no quería volver a verlo más en mi puta vida... Y cuando entré, se complicó la trama. Iba con la idea de poder verlo allí, sentado, jugando a la ruleta con varios angelitos regordetes esperando a ver el número que salía y seguir así una orgía de desgracias personales con la que partirse ellos de risa. Iba con esa idea, pero no. No encontré nada. Sólo silencio y paz. El mismo silencio que tenía en mí, y que hasta entonces no había logrado escuchar. Dios seguía siendo el mismo trozo de madera tallada con sentimiento y arte, recogida sobre dos palos entrelazados que para muchos, incluso antes para mí, significaban algo en lo que creer. Así que, en aquel silencio, comprendí los pilares básicos de la fe. En mí mismo y en los demás. Así solo podría decirse que no necesitaría de esa ayuda divina; a la cual recurrimos cuando las cosas son imposibles.

Y por ello no tengo más remedio que darle las gracias a Dios. O como coño quiera que se llame. Ir allí sólo me sirvió para darme cuenta de lo estúpido que soy, o de lo estúpidos que somos todos. Dios no está para nuestros problemas personales, sino para darnos consuelo sobre los mismos. Para arreglarlos, mejor uno mismo.